#metoo vs #notmetoo

Tengo una amiga funcionaria, grupo A, bien posicionada y respetada en su departamento. Hace unos años tuvo que aguantar a un jefe baboso. No era jefe suyo directo, pero él tenía que dar el visto bueno en determinados documentos que salían del departamento de mi amiga, lo que la obligaba a tratar mucho con él. El tipo era un baboso de libro. De esos que solo te miran las tetas y hace chistecitos (sin gracias alguna) sobre lo guapa que estás, chistes que no te hacen sentir mejor en absoluto porque no tienen gracia, y porque no te apetece que un viejo desagradable te haga patente que se está imaginando cómo sería montárselo contigo. Que lo piense si quiere, pero que no lo comparta, leñe. Pero al baboso, mi amiga le gustaba más aún que al resto, o simplemente la vio más accesible, cualquiera sabe. El caso es que el tipo la acariciaba en los brazos, o incluso en las piernas si estaba sentados, a la menos ocasión, y con cualquier excusa. Le echaba miradas super desagradables. Hacía comentarios sobre su ropa: si iba algo “destapada”, pues nada, a celebrarlo con las “gracias” de siempre. Si iba tapada hasta el cuello, en la ingenua creencia de que eso la salvaría, al contrario, el tipo se pasaba media reunión lloriqueando por lo tapada que iba. Que el tipo era un baboso lo sabía todo el mundo. Pero con respecto al tratamiento especial que daba a mi amiga, ésta había optado por no contarlo a nadie excepto a nosotras, sus compañeras de café y amigas. A su marido prefería no contarle nada. Pero era tan evidente que su jefe directo y sus compañeros acabaron notándolo. Así que lo que hacían era evitarle ir a esas reuniones. O permitirle entregar telemáticamente los informes. O incluso, si no había otra que ir a una reunión con el baboso, ellos se colocaban físicamente rodeando a mi amiga para que el tipo no pudiera ni rozarla. Eran buenos tipos. Pero lo curioso es que a ninguno se le ocurrió decirle nunca, oye, por qué no denuncias a este impresentable. Tampoco hablaron con el tipo directamente, o informaron a superiores comunes. Tampoco lo hicimos ninguna de sus amigas. Sabíamos que al final la cosa se volvería en contra de mi amiga, que se montaría un escándalo, que todo el mundo la señalaría, que tendría detractores, que todo el mundo opinaría, muchas veces criticándola, y que habría quienes defenderían al tipo desde lo alto porque era un jefe con muchos contactos…ella lo sabía, así que lo fue llevando como pudo y, eso sí, cuando el tipo se jubiló y le dieron una copa de despedida, ni ella ni otras muchas fuimos, en señal de solidaridad. Hubo quien nos lo afeó: como sois, si el tipo es así, no puede evitarlo, si ya se jubilaba…

 

Tengo otra amiga. Aprobó unas oposiciones dificilísimas. De esas que los abuelos ponen de ejemplo cuando quieren hablar de alguien muy listo o trabajador. Las aprobó. En su promoción apenas había mujeres, eran todo tíos. Un día salieron de marcha todos, y uno de ellos, que era conocido por ser “rarito”, se tomó dos copas de más y se puso super pesado con ella. Baboso. Pesado. Nada de flirteo inocente. Cuando un tío se te pone pesado en un bar y no hay manera de quitártelo de encima. Al final se fue a su casa porque no podía aguantarlo más. Compartió taxi con otros dos compañeros que estuvieron de acuerdo con ella en que el tipo se había pasado varios pueblos. Al día siguiente, mi amiga fue al despacho del tipo, y le hizo ver lo absolutamente desubicado que había estado. Le preguntó si le gustaría que alguien hubiera tratado así a una hermana suya. El tipo se enfureció, negó todo, y empezó a criticarla siempre que podía. Automáticamente, toda la promoción se colocó en una pura y exquisita neutralidad, no queremos meternos, todos, incluidos los que la habían acompañado en el taxi. Pasadas unas semanas, mi amiga se dio cuenta de que ya no la llamaban para quedar, y cuando preguntó, le dijeron que preferían no llamarla, para que no coincidiera con el tipo. Como ahora andáis peleados… Al final, mi amiga tuvo que transigir, arreglar como pudo la situación, ¡cómo si la culpa fuera suya!, porque veía que iba a quedarse sin amigos en el trabajo.

 

Estoy hablando de dos funcionarias de la Administración. En donde hay leyes que nos protegen. Un oasis en el que la igualdad está más que reconocida, en donde se supone que no hay discriminación. Y aún así… son cosas que pasan, a diario, que te pueden pasar a ti, aunque estés en un puesto alto, en una buena situación. Y no se habla del tema porque al final, si la cosa no se desmadra mucho y no pierdes tu puesto, o algo irremediable, pues te aguantas. De hecho, mis dos amigas no existen como tales. Son una mezcla de varias, he distorsionado datos, porque sé que si las protagonistas reales se reconocieran en mi blog se sentirían muy incómodas. Son temas desagradables, cosas que pasan, que no apetece airear. Lo del #metoo no cala aquí.

 

Por eso es tan fantástico lo que estas mujeres de Hollywood han hecho. Porque al decir #metoo aparte de dar voz a las que no tienen poder, ni capacidad alguna, a las débiles, han dejado claro que estas cosas que pasan pueden pasarnos a todas, incluso a las que nos sentimos protegidas por nuestra posición, por nuestra situación económica, por nuestra ubicación social. Si le pasó a Salma Hayek, a Ashley Judd, a las dos actrices que interpretaban a unas brujas buenas que luchaban contra el mal con tacones y minifalda…(y que apenas han vuelto a actuar, por cierto y ahora sabemos por qué), al final te das cuenta que te puede pasar a ti también. Por eso es alucinante lo que hicieron. Y por eso todas nos emocionamos cuando Oprah gritó but their time is up .

 

Bueno, no todas. Las mujeres somos tan diversas como los hombres, y de todo hay en esta viña de Zeus. Es curioso porque en mis años de diplo en el exterior, siempre he sostenido con uñas y dientes que España no es más machista que otros países de Europa. Una especie de leyenda negra actualizada nos señala a veces como tales, y yo defiendo a los hombres (y mujeres) de mi país. No somos los más machistas de Europa. Y muchas veces añado, “en mi opinión, Francia es tanto o más machista”. Es verdad que es el país de Olympe de Gouges, de Flora Tristán y de Simone de Beauvoir. Pero también es el país en el que a Edith Cresson en su discurso de investidura como PM de Mitterrand, le gritaron obscenidades e insultos que nunca escuché en un parlamento español. Es también el país que considera que era super moderno tener a un presidente polígamo manteniendo a sus dos mujeres en la casa oficial pagada con los impuestos de los ciudadanos. El país en el que muchos están seguros de que su presidente actual es gay sencillamente porque está casado con una mujer 24 años mayor. Así que el manifiesto de las 100 intelectuales y artistas contra el #metoo no me ha sorprendido mucho. Me ha cabreado, obviamente también ha habido mujeres en Francia igualmente cabreadas, y realmente, como europea, me hubiera gustado que este movimiento hubiera tenido más mujeres de aquí equivalentes a las de Hollywood. Quizá nadie acosa ahora a Catherine Deneuve (no por ser vieja, sino porque es poderosa). Pero me apuesto la mano derecha a que sí tuvo que aguantar lo suyo cuando era una actriz joven y poco conocida. O no tan conocida. Nadie le pedía que lo contara, pero su cinismo al firmar ese manifiesto retrógrado ha sido decepcionante. Y encima seguro que todas se creen super modernas y valientes.

Pero ya digo que no me ha sorprendido. Porque esto de definir el acoso sexual como flirteo o seducción es algo de toda la vida. Tan viejo como definir la violación como un acto consentido en el que la mujer es demasiado tonta como para darse cuenta de que era consentido, o sencillamente, se ha enfadado y busca vengarse de cualquier forma. Y de la misma actualidad. No hay más que dar un repaso a la vomitiva defensa de los “buenos hijos” de La Manada. 

Pero bueno, estaba claro que no iba a ser fácil. Hay que seguir. Their time is up. Tandis que le votre, chères demoiselles, c’est tout à fait fini. 

 

#metoo

Time Person of the Year

 

La ceremonia de entrega de credenciales

Hoy tenemos cartas credenciales en el Ministerio. Es la ceremonia en la que los embajadores recién destinados en Madrid entregan sus credenciales a SM el Rey. Las cartas credenciales es el documento oficial que los acredita como representantes de sus respectivos países. En todos los países los embajadores entregan las credenciales al Jefe del Estado. Pero no en todos lo hacen con una ceremonia tan bonita y tan antigua como la que tenemos aquí en España.

Puede leerse todo el relato de la ceremonia en la página del Ministerio. También hay un video en la cuenta de YouTube oficial. Destaca el hecho de que el embajador concreto tiene que ir acompañado de un diplo español. A mí me tocó varias veces hace años y fue de las experiencias más bonitas y divertidas de mi vida profesional. Para empezar, tienes que ir a buscar al embajador a su residencia (o a su hotel, si no es residente), y para ello va un coche oficial a tu casa, con policía. Aún recuerdo la primera vez que llegaron a mi casa de alquiler de entonces, en el barrio de la Florida. La reacción del portero fue alucinante: por el automático me anunció que había venido un policía a buscarme. Y en voz baja añadió: “Oye, que no le he dicho que estés y que no creo que sepan que el edificio tiene otra puerta…” Su cara fue un poema cuando me vio salir del ascensor vestida de princesa. Porque sí, esto es lo bonito del día. Que te puedes vestir de princesa, porque vas al Palacio Real. Los diplos se ponen el uniforme, pero como el uniforme de las diplos lo diseñó una mujer fantástica, pero con unos gustos muy masculinos en lo que a moda se refiere, pues al final ninguna se lo pone, y sencillamente, dejamos volar nuestra imaginación con la sola exigencia de llevar los brazos cubiertos y la falda larga hasta el suelo. Princesa total. Yo ya he explicado mi relación con el tema de ser princesa, y asumo que la inmensa mayoría de las mujeres que me leen estarán, pública o secretamente, de acuerdo conmigo. Vestirse de princesa mola un montón.

Lo habitual es que te empolles cosas del país del embajador que vas a buscar, para que no te falte tema de conversación. A mí una vez me tocó embajadora de país exótico con una presidenta entonces cuyo apellido se me atragantaba, así que fui todo el camino repitiéndolo en voz alta… al final, opté por hablar de “su presidenta”, para no correr riesgos… Tras recoger al embajador de turno, te vas con él hasta el Ministerio, en la sede de Santa Cruz. Oí decir que hace tiempo, siglos, para llegar al Ministerio, se hacía un recorrido fijo, que incluía una calle, hoy llamada Calle de Embajadores. Pero ahora se toma el camino más corto que sea. En el Palacio de Santa Cruz esperas en el Salón de Embajadores a que sea tu turno y ya bajas la escalera principal. Tengo una foto maravillosa de una vez en que el vuelo de mi falda se amplió y juro por Zeus que parezco Escarlata O’Hara bajando por la escalinata de Tara. Allí esperas en la puerta. En frente, está la Guardia Real formada, y el oficial al mando saluda al embajador y se pone a sus órdenes. El protocolo dicta que el embajador debe de hacer una inclinación en silencio, pero aquella vez con la Embajadora de país exótico, que llevaba un traje regional ligero, y yo a mi vez vestida de princesa, pero de princesa en primavera veraniega, en un día invernal, y las dos aguantando todo el ritual ateridas de frío;  así que confieso que me pasé todo el momento rogando por lo bajini, “por dios que le pida un caldo caliente, anda, pídele que nos traiga un caldo calentito, que se ha puesto a tus órdenes…”.

A continuación, te subes a la carroza que te lleva al Palacio Real, el otro momento diez de la jornada. No hay nada que mole más que subirse vestida de princesa a una carroza del S.XVIII, escoltada por una guardia a caballo con trajes de época, desafío a cualquiera a mencionar algo más chulo que eso. En ese momento, si el embajador de turno tenía alguna duda de que lo han destinado al país más alucinante del mundo, se le disipan del todo. Una vez fui con uno que suspiró asegurando que era el día más feliz de su vida. Ese fue el mismo que al llegar a la Plaza Mayor, se puso a saludar como un loco a un par de señores que miraban la carroza. Me sorprendió porque era de un país famoso por su contención de gestos, y ahí estaba él, saludando frenético. “Son mis amigos, el Embajador de EEUU y el de Sudáfrica, han venido a verme, ya me avisaron de que me lo iba a pasar muy bien…”. Con otro Embajador, que no era tímido para nada, en cambio al llegar a la Plaza le dio por ponerse a saludar a la gente en plan real. Y yo para no ser menos, claro está, me puse a saludar también. Vivan los novios, gritó algún desubicado incluso.

Y llegas al Palacio Real, en donde la banda toca el himno nacional del país del embajador. Ahí cuando estaba con el Embajador saludador, él me enseñó en un plisplas las palabras del estribillo y entramos los dos cantándolo emocionados. En cambio con el Embajador de país contenido en gestos, me tuve que poner a calmarle los nervios que me había confesado tenía, de pensar que se iba a entrevistar con un rey. Venía, claro está, de una República. Popular.

Te bajas de la carroza (que es muy chula, pero también bastante incómoda, menos mal que el trayecto no es muy largo) y ahí espera un funcionario de Casa Real, que te dirige a la Cámara Oficial, en un camino sólo interrumpido por el oficial de la guardia que vuelve a ponerse a las órdenes del embajador. Y llegas a la Cámara Oficial, y ahí el embajador entrega las cartas credenciales a SM el Rey, acompañado del Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación. Tú te quedas atrás, y no acompañas cuando entran a otra habitación, en la que hablan de los asuntos bilaterales (hay todo un trabajo previo de varios días de los departamentos que llevan la relación con ese país, por cierto, para preparar esa entrevista). Aún recuerdo la sonrisa del Embajador nervioso cuando salió. “Su Majestad es un caballero de los de verdad”, me dijo.

Y ya lo escoltas a su casa, pero esto en el vehículo oficial de al principio, saliendo del Palacio Real mientras suena el himno de España. Con el Embajador saludador lamenté más que nunca que no tengamos letra.

Pero la mejor anécdota de aquellas jornadas de cartas credenciales, llegó semanas después. Telemadrid hizo un programa especial sobre el Palacio Real, e incluyó imágenes de la ceremonia, de un día que acompañaba yo, así que salí vestida de princesa subiendo a la carroza precedida de la Guardia Real, que reitero es lo más alucinante que te puede pasar. Al día siguiente llegué a mi gimnasio de barrio, y uno de los fortachones me recibió a gritos mientras dejaba caer las pesas que sostenía. “¡¡¡¡Tíaaaaaaa, que te he visto en la tele!!!!!”, escuché en medio del estruendo de dos mancuernas de 50 kilos cayendo al suelo. Y a continuación cogió su móvil y me obligó a hablar con su madre para confirmarle que, en efecto, era yo la de la carroza. Porque la buena señora no se creía que aquella princesa fuera al gimnasio de barrio al que iba a su hijo… pero yo tan orgullosa de ser una princesa de barrio, que conste. Del barrio de la Florida, para ser más exactos.

cartas credenciales

Razones para amar Breaking Bad

Vale, tenía a Breaking Bad en el radar de series que debía ver, pero la verdad es que siempre encontraba razones para no empezarla, entre otras cosas porque me habían comentado que era muy violenta y desagradable. Hace unas semanas, ST se empeñó en que viera un capítulo, que no me impresionó mucho. Luego vimos otro. Y otro. Creo que fue al cuarto o al quinto que me empezó a enganchar y caí rendida a lo que ST llama “efecto Breaking Bad”… Y ahora, semanas después, ya terminada, tras una última temporada de infarto en la que me obligué a ver solo un capítulo por noche para aumentar la emoción, me atrevo, modestamente, a enumerar las razones por las que he AMADO Breaking Bad.

(A partir de aquí, spoilers a tutiplén, no sigas leyendo si no quieres que te destripe la serie)

  1. Porque es una serie con coherencia hasta el final. Es una característica de las series de calidad del S.XXI. Antes los guionistas no se planteaban un final, o al menos no desde el principio. Aguantaban la trama mientras había audiencia. Ni siquiera Twin Peaks: la serie siguió, de forma penosa, después de desvelarnos quién había matado a Laura Palmer. Yo creo que esto cambió con Lost, con esa fantástica última temporada en la que se nos remitía a incógnitas de los primeros episodios. Breaking Bad es así: todo tiene sentido al final, y disfrutas el darte cuenta de que el guionista tenía claro desde el primer episodio cómo iba a terminar la historia. La misma coherencia que se disfruta en Como conocí a vuestra madre.
  2. Porque es una historia ética. Vivimos en un mundo cada vez más falto de valores morales laicos, los únicos que siguen dictando lo que está correcto y lo que no, son los religiosos. Pero los que no seguimos una religión concreta estamos cada vez más huérfanos de direcciones éticas. Y películas y series glorifican de forma distinta al pillo, al ladrón, al asesino (y si es caníbal, mejor). Una especie de obsesión por mitificar y dotar de fascinación al Mal, que tuvo su gracia al principio, pero ya agota. Breaking Bad no es así. Aquí todos los que han hecho cosas mal tienen su propio castigo al final, incluso aquellos con los que has podido empatizar con el paso de las temporadas. Porque asesinar a un ser humano y disolver su cuerpo en ácido está mal. Cocinar drogas sintéticas para que mafias criminales hagan dinero fácil a costa de la adicción humana está mal. Defraudar al fisco y lavar dinero negro está mal. Usar tu permiso de abogado para cometer actos ilícitos está mal. Y no es ya porque sea contrario a la ley, es que está mal. Y los que hacen cosas malas, acaban siendo malos, que es definitiva lo que le pasa a Walter White (el título significa, literalmente, “volverse malo”). En Breaking Bad no sale un solo sacerdote, y la existencia del alma se niega en un fantástico diálogo  (“aquí no hay nada más que química”)  y sin embargo es una de las series que más presente tienen en todo momento los clásicos conceptos del Bien y el Mal. Reconfortante, en estos brumosos inicios de S.XXI.
  3. Porque es una serie quijotesca. Walter White, como Alonso Quijano el Bueno, frisa la edad de cincuenta años, y decide reinventarse del todo, e iniciar una vida de aventuras. Se inventa un nuevo nombre, recibe más palos que una estera, y aunque termine siendo malo, no hay que olvidar que al principio es bueno. Y, para mí la similitud más clara, elige como compañero de viaje a un Sancho Panza cómico, simplón, algo bobalicón, dotado de una fortaleza moral básica pero a prueba de balas: Jesse Pinkman termina la historia llorando (literalmente) cada una de sus malas acciones. Como en el Quijote, la dinámica entre Walter y Jesse, entre dos caracteres tan distintos, es uno de los mayores atractivos.
  4. Porque es una serie de hombres… con mujeres cabreadas de vivir en un mundo de hombres. Los hombres copan los personajes principales, es en definitiva la historia patriarcal de un hombre que se empeña en proveer de riqueza a su familia, sin tener en ningún momento en cuenta la opinión de ésta. Skyler es un personaje secundario, pero fascina su empeño en no serlo. No está contenta con su papel de esposa complaciente, y Walter tendrá que pelear con ella a cada momento, porque ella no se resigna. Y eso es lo fantástico: siendo una serie que desde luego no cumple el Test Bechdel no por ello es machista. Refleja un mundo en el que los hombres se comportan como se supone que se tienen que comportar los hombres de acuerdo a los valores patriarcales de toda la vida: son dominantes, temerarios, empecinados, reservados, antes se arrancan la piel a tiras que demostrar sus sentimientos, los que lloran son ridiculizados, defienden sus posturas con agresividad, cuando no con pura violencia, y actúan de acuerdo con sus propios intereses, en el entendimiento de que esos intereses son los que valen. Pero no es un mundo de hombres felices, de hecho todos los dramas se desencadenan siempre por esa actitud machista: las peleas sin sentido entre Walter y Jesse, la tozudez de Hank, el egoísmo de Walter. Jesse nunca sabrá lo importante que llega a ser para Walter, que su empeño en manipularlo es su mayor muestra de cariño porque es así como trata a toda su familia. Walter Jr nunca sabrá que su padre hizo todo lo que pudo por salvar a su tío. Hank muere por su tozudez en querer pillar a Heisenberg en solitario. Skyler nunca sabrá hasta qué punto su marido es un hombre fiel y enamorado. Todo el dolor del machismo se refleja en su última conversación, cuando él, derrotado y sólo, le confiesa, al fin: “todo lo hice por mí”, y no por su familia.

Y bueno, también podríamos añadir que porque es la historia con la que los yanquis adoptan al fin el “cuñadismo” como eje central de una historia. Y porque es una historia bilingüe, de ese bilingüismo natural anglohispano del que tanto podríamos aprender. Todos tenemos nuestras propias razones para AMAR Breaking Bad. ¿Cuál es la tuya?

Breaking Bad

Cómo Walter Quijano White pasa de ser Bueno a Malo

 

 

Dedicado a mi arrendador, Eduardo Cespedes Ayala

Estaba hoy haciendo limpieza de papeles y me encontré con el intercambio reiterado de correos con mi antiguo arrendador chileno a propósito de la devolución de mi fianza… mis lectores lo han adivinado correctamente: NO me devolvió mi fianza, a pesar de que dejé todas los gastos pagados y la casa en perfecto estado. Me dicen mis amigos chilenos que esta es una práctica habitual, pero eso no significa que sea una práctica correcta. Así que este capítulo va dedicado a mi arrendador chileno, Eduardo Cespedes Ayala, de Coml Chamal, y a los actuales inquilinos del departamento situado en la Avenida del Cerro, 1823, número 603, Providencia, Santiago. Queridos, no os conozco, pero tenedlo muy claro: Eduardo Cespedes Ayala NO os va a devolver la fianza.

 

A mí siempre me han fascinado estas personas que viven como millonarios, se comportan como tales, pero que viven siempre pendientes de ahorrarse el más miserable peso, normalmente a tu costa. Aquí el amigo Eduardo Cespedes Ayala vive en un barrio acomodado, su mujer pasa el invierno en Miami, y la corredora inmobiliaria me decía siempre que era un hombre ocupadísimo… demasiado ocupado como para, por ejemplo, contestar mis correos cuando le decía que tenía una gotera sempiterna en el cuarto de baño, o que en la vieja moqueta de la casa se habían desarrollado ya formas de vida propia. Eso sí, su vida ocupada no le impedía pedirme, periódicamente, que le adelantara la renta del departamento. Lo alucinante es que esto no lo hacía personalmente, sino que usaba a una intermediaria (la corredora), que me decía que el buen señor estaba demasiado ocupado como para pedírmelo personalmente. El día que yo le contesté que yo los favores los concedía a petición personal, se rebajó a mandarme un correo electrónico. Accedí a adelantarle la renta un par de veces. A la tercera me harté y le hice ver que pagar la renta con 10 días de antelación era bastante abusivo… y entonces me dijo que tenía grandes problemas de liquidez. Amo esta expresión. Me encanta la gente que tiene problemas de liquidez. Su mujer en Miami, él con casa en La Dehesa, y yo impidiendo que le cortaran la luz por impago adelantándole el alquiler…

 

La mayoría de los chilenos no tiene problemas de liquidez. Qué va, son gente que llega justo a fin de mes, pero aún así son gente honrada, que pagan sus deudas puntualmente. Sin embargo, cuando alguien cataloga a todos los chilenos como a gentecilla como el propietario de mi departamento de Santiago, ellos no protestan, y lo asumen cual condena bíblica.

 

El día que protesten, quizá el país cambie. Porque cuando uno protesta contra las pequeñas injusticias, también se rebela ante las grandes. Por eso desde aquí les digo a mis lectores chilenos: cuando os encontréis un Eduardo Cespedes Ayala (de Coml Chamal) en vuestras vidas, haciendo de las suyas, no os conforméis. No les deis el gusto.

 

PD: Inquilinos de la Avenida del Cerro, 1823, departamento 603, Providencia, Santiago: en serio, que NO os va devolver la fianza. Tras llamar mil veces a la corredora, a la pobre le dio vergüenza y me reconoció que nunca la devolvía…

 

Eduardo Cespedes Ayala

 

Madres

 Madres… He conocido muchas madres, aparte de la mía. Yo no tengo ningún problema con la mía, por cierto. Es verdad que acostumbra a dar su opinión en voz alta, pero ya me acostumbré. No obstante, madres hay como colores, a qué negarlo. Y yo he conocido muchas que me han hecho dudar de si realmente quiero tener hijos. Sobre todo las madres de adolescentes. Aún recuerdo una compañera que entró una vez a mi despacho, tras tener una bronca monumental con su hijo de 17 años. “No tengas hijos, NO TENGAS HIJOS” me gritó. También tenía una amiga, madre de un muchachote que amenazaba con irse de casa con cada pelea. Ella a continuación escribía un mensaje a su marido: “cariño, no me quiero hacer ilusiones, pero algo me dice que esta vez por fin sí que se larga…”

Yo creo que el único momento en que he tenido claro tener hijos fue de niña, jugando con muñecas. Nuestro mundo predetermina a las niñas a tener hijos con los juguetes. Es increíble que los malthusianos no se hayan planteado la posibilidad de restringir el acceso de muñecos a las niñas. Apuesto que la natalidad descendería automáticamente. Ya mayor, me desaparecieron las ganas (que reconozco que la Barbie había puesto ya muy a prueba). Desde entonces, no he oído nunca, ni una sola vez, ese llamado reloj biológico que todas las mujeres tenemos supuestamente.

Mi sordera se mantuvo durante los 4 años que viví en Uruguay, y eso sí que es asombroso. Nunca conocí mujeres con instinto maternal más furioso que las uruguayas. Bueno, miento, conocí a una, que quizá por oposición con el medio, era la más antimaternidad que he conocido. Suspiraba al entonar un sempiterno “la especie humana subsistirá incluso si yo no tengo hijos…”. Alguna vez estuvo por contestarle que, la especie humana en general, sí, pero que la oriental, considerando que sólo había tres millones, capaz que sí que necesitaba el apoyo de todas sus mujeres. En todo caso, el resto con el que me crucé, todas adeptas por la causa. ¿Por qué no te congelás los ovulos?, escuché mucho en aquellos años. El Óscar se lo lleva una amiga con la que comentaba un día lo poco que me parecía iba a durar con un noviete que tenía entonces. En un momento, me interrumpió con un: y ahora que todavía estás de novia, antes de dejarlo, ¿por qué no aprovechás y tenés un nene?

Mi reloj biológico sigue muy controlado actualmente. Y eso que ya por edad debe de estar dándome alaridos. Me encantan los bebés, me derrito al ver su ropita, pero no siento esas punzadas que muchas mujeres me han dicho que sienten. Lo único que me hace dudar es el recuerdo de una figurita de escayola que pinté para mi madre cuando tenía 5 años. Era una paloma dorada, con una vela roja. Una vez mi madre la sacó de un cajón y quedé en shock al ver lo espantosamente horrible que era… en mi memoria, era la figura más hermosa y delicada del mundo. Recuerdo que la víspera del Día de la Madre, cuando debía dársela, yo no podía dormir de puro nervio. Pensaba que iba a entregarle el regalo más bonito que se podía dar a ser humano: el que se merecía, en definitiva. Y ese recuerdo me lleva a ese amor intenso, despiadado, egoísta y ansioso que tienen los niños por sus madres. A veces tengo algo de pena de no experimentar que es sentir ese amor de otro ser vivo.

Y toda esta reflexión me viene por una amiga uruguaya, que acaba de adoptar a un bebé hermoso. Me anunció su intención de adoptar hace años, y reconozco que la apoyé muy poco. En parte porque desconfiaba mucho de los servicios de adopción del país. Pero ahora que es mamá de un niño sano y feliz, quiero enlazar aquí el relato de su proceso de adopción. Creo que define a la perfección el instinto maternal más puro.

Por cierto que mis dos amigas, madres de adolescentes, esta semana pusieron sendas fotos de sus retoños en su perfil de Whatsapp. Y las dos me comentaron lo orgullosísimas que se sentían de sus últimos logros. Algo debe de tener para que a diario decenas de miles de mujeres se decidan a alistarse en el ejército de madres…

Madres

(Dedicado a las “no madres”, porque son las que mejor me van a entender…)

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