Hoy va de zombis

Vale, lo reconozco: me encanta The Walking Dead. Para los no entendidos, es una serie estadounidense que retrata un mundo actual que ha sido arrasado por una plaga endémica de zombis, y que sigue las peripecias de un grupo de supervivientes. No es la única serie que me gusta, soy una seriófila empedernida. Tampoco es la única ficción de zombis que me ha gustado, en realidad, me suelen gustar las películas y comics de zombis. Me reí de lo lindo con la versión zombi de “Orgullo y prejuicio”. Supongo que en esa dicotomía urbana actual entre zombis y vampiros, yo me decanto por los zombis.

Se preguntarán mis lectores por esa afición. Bueno, hay varias razones. La principal, porque me gusta el modo en que suele verse a unos ciudadanos modernos y civilizados perder la urbanidad y las buenas formas en cuestión de días. Creo que se asemeja a la realidad: en Chile, tras el terremoto de 2010, fue cuestión de unas horas sin luz y agua corriente para que la gente se arrojara a las calles a saquear lo que pillaba. Y no eran los pobres, precisamente, luego salieron a relucir fotos de profesionales acomodados que usaban sus todoterreno de lujo para arrancar las verjas de los supermercados… Así somos, nos comportamos bien, como miembros aplicados de un club, pero en cuanto los cimientos de éste tiemblan ligeramente, volvemos a la vieja y cómoda ley del más fuerte, y en seguida somos capaces de hacer las peores atrocidades para asegurarnos una ración de pan… Pero ojo, también somos capaces de lo mejor: y cuántas veces he llorado en The Walking Dead ante los más bellos ejemplos de heroicidad generosa.

(Spoilers de la serie a tutiplén)

Lo primero que se le cae a la civilización contemporánea, es la igualdad de género. Por eso yo defiendo el feminismo hasta la muerte, porque soy consciente de que la igualdad es una cosa que se pierde al primer chasquear de dedos. Que se lo digan a las pobre iraquíes, sirias y afganas que en los años 70 fueron a la universidad en minifalda. Cuando rige la ley del más fuerte, lo que vale es la testosterona, y ahí es donde se nos fastidia el invento a las mujeres. En la primera temporada de The Walking Dead ya veíamos que en la división de tareas del primer campamento de supervivientes, a las mujeres les tocaba cocinar y lavar la ropa. Qué grandioso ese capítulo en el que las mujeres se quedaban solas en la granja de Hershell, y la petarda de Lori, que siempre estaba mangoneando a todas por aquello de que estaba casada con el líder (y que, significativamente, acabará muriendo al dar a luz) se pone a reprocharle a Andrea que no ayude en la limpieza y en la cocina… Pobre Andrea. Yo siempre fui fan de Andrea, era la representante de las “singles”, la Carrie Bradshaw y la Peggy Olsen del apocalipsis zombi. Sufrí con sus ansias de independencia, con su desesperación ante lo poco que contaba en el grupo por no ser madre ni esposa, con sus ganas de aprender a pelear para ser autosuficiente… y con su innata capacidad de elegir al hombre equivocado. Qué hermoso símbolo fue que muriera en brazos de su fiel amiga Michonne, intentando salvar a todos.

Pero mi mujer favorita, la reina de los muertes vivientes, es Carol. Esa ama de casa tímida y maltratada por su marido, que ha acabado convertida en la versión femenina de Rambo, sin perder su maestría en la cocina. Y por supuesto, amo su estilo de pelo corto y canoso, con zapato bajo y rebequitas de lana, nada de minifaldas y de escotes: cuando te pasas la mitad del día matando zombis, el sujetador de encaje se queda en casa. Todas suspiramos por Daryl, pero hasta ahora, la única que lo ha abrazado ha sido ella. Y si no ha habido nada más, tengo claro que es porque, de momento, no ha tenido el más mínimo interés.

Así que he seguido con intensidad las peripecias de Rick y su gente durante los últimos 6 años (que se dice pronto, las series son el mejor ejemplo de lo rápido que pasa el tiempo). Ayer sufrí con ganas con el último capítulo de la temporada 6. Lloré, temblé, sufrí, tomé valerianas y no pude dormir… del enfado. Porque fue de juzgado de guardia.

(A partir de aquí, spoilers de la última temporada a tutiplén)

1. Que Carol haya abandonado a su gente, a su familia, y se haya echado al monte al grito de que no quiere seguir asesinando (porque claro, en el exterior no va a tener que asesinar nada… por eso se carga a 8 tíos cuando no lleva ni 10 kms recorridos), es para matar al guionista. Nuestra Carol no es así. Si querían darle una nueva dimensión ética a su personaje, ok, pero eso se desarrolla con más argumento. Su cara a cara con la pelirroja Paula en el fantástico episodio de mujeres que nos ha regalado esta temporada (“Same boat”), iba en esa dirección, pero no fue suficiente.

2. Hemos aprendido a respetar a Rick junto con el resto del grupo. Todos lo aceptamos como líder. Todos estábamos de acuerdo en que ya era hora de que echara un polvo. Y que haya sido con Michonne, pues mejor aún. Pero está claro que la calma post-coital le ha cercenado un poco el raciocinio: a ver, si uno inicia una guerra contra otra tribu, lo mínimo es conocer un poquito a esos enemigos, saber su capacidad, sus posibilidades, medir sus fuerzas antes que tirarse a muerte contra ellos… No tiene sentido lo poco que analizó el primer ataque, ni lo poco que meditó que la primera batalla, la habían ganado con sorpresa (y alevosía: y reconozco que fue muy bueno ver a nuestros héroes matar a traición… no hay nobleza en las guerras de supervivencia). Su cara de lívido terror al caer de rodillas ante Negan era un claro reconocimiento: ¿¿cómo he podido estar tan tonto??

3. Si aún no se ha matado al guionista con el punto 1, desde luego no hay posibilidad de perdón con el modo chapucero con el que despachan a la única doctora de la comunidad. A ver, regla básica de supervivencia del apocalipsis zombi: si solo tienes un médico, no te la llevas a trotar por unos bosques en donde sabes que hay, aparte de zombis, gente muy mala…

4. Claro que es que si algo hemos aprendido últimamente de nuestros amigos del grupo de Rick, es lo mucho que les gusta echarse al campo a los muy puñeteros. ¿Que estás rodeado de malos, vivos y muertos, y por fin tienes un refugio seguro en el que protegerte? Pues nada, abandonas el refugio, te vas de paseo, y dejas tu casa protegida por un cura con buena intención, pero que hasta hace dos capítulos no lograba ni sostener un hacha… Que Daryl se fuera con su moto y su ballesta (parece que estaba deseando que se las quitaran de nuevo) fue de tontos. Que se fueran a buscarlo prácticamente los mejores guerreros del grupo, fue de idiotas. Que a continuación se separaran, fue de subnormales. Y que, finalmente, los pocos guerreros que quedaban para defender Alexandria se fueran de camping en una caravana que no puede superar los 70 por hora (¡y porque habían dejado que les mataran a su único médico!!), nos hizo preguntarnos si no sería que los zombis ya les habían comido el cerebro…

Durante los últimos espantosos 10 minutos de capítulo, lo único que me pedía el cuerpo era gritarle a la pantalla “¡¡¡eso es pasa por tontos del culo!!!!”… qué mal lo pasé. Y que nos quedemos sin saber quién es la víctima de Lucille es un recurso facilón, indigno de los que creemos que esta una serie sobre seres humanos empujados a límites insospechados, y no una mera ruleta de qué personaje se van a cargar en cada temporada…

Pero aún así, reconozco que me sigue gustando la serie, y espero con ansias la séptima temporada. Es lo que tenemos los seguidores de los zombis… nuestra pasión es eterna, aunque huela a podrido.

 

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Forever 21…?

Al fin lo conseguí. Mis lectores que me conocen bien, saben el miedo pavoroso que me inspira cualquier peluquera, así que entenderán muy bien la felicidad que me embarga estos días de cumpleaños.

Esta semana me planté en mi peluquería actual, que ya ha tomado posesión de mí y hace conmigo lo que quiere, ante mi completa y absoluta pasividad. Fue en ese espíritu que a principios de año, con el verano austral, decidieron que mi color era muy “fome” (aburrido en terminología chilena) y me hicieron unas mechas rubias.  Me cobraron una pasta, pero nuevamente, tuve que reconocer que habían acertado, me gustaban a mí cómo quedaban mis rizos bicolores con destellos rubios al sol. Así que esta semana me planté para que me repasaran las raíces, y mi grito de saludo fue lo muchísimo que me gustaba mi nueva tonalidad…

Empiezo a sospechar que hay un punto sádico dentro de toda peluquera, y que en el fondo disfrutan torturándonos. Pues esta vez lo que hicieron fue ponerme un baño de color que me oscureció automáticamente las mechas. Cuando me secaba, le comenté (tímida y temerosa, claro), “¿no está muy oscuro el pelo?” Por dios, para nada, me habían dado un tono de refuerzo, en cuanto se secara al sol, lo vería igual, y con sonrisa malvada, me despacharon. En casa, frente al espejo, tras esperar largas horas, cuando ya realmente no había duda que el pelo estaba seco, y bajo el foco de distintas y variadas luces, certifiqué el nuevo tono monocolor y oscurecido de mi pelo…

A mi cabeza llegaron todas las veces que he llorado a la salida de una peluquería, todas las veces que he decidido no volver a una concreta; cómo esa decisión la tomaba siempre en secreto, temiendo que me descubrieran, cambiándome de acera para no pasar por delante de la puerta; todas las veces que he dicho que quería una cosa y me han hecho otra, y no me he atrevido a protestar; todas las veces que me han cobrado el sueldo de un mes por tratamientos estúpidos e inútiles, y por supuesto, todas las veces que me han cortado el pelo al grito de recortarme las puntas. Creí que iba a llorar, pero no, no lo hice. Respiré hondo, muy hondo, y al final, sonreí.

Al día siguiente me planté nuevamente en la peluquería y pedí hablar con la encargada de los tintes. Con mucha calma, le dije que no estaba contenta. Iba preparada para todo. Para relatar mi disgusto porque me hubieran cambiado el color del pelo sin consultarme, por actuar en mi cabeza como si yo no tuviera nada que decir al respecto. Estaba dispuesta a llevar testigos. Estaba dispuesta a hacerle el análisis económico que me había producido su decisión. Yo estaba preparada para resistirme a todos sus tratamientos, mascarillas, suavizantes, reconstituyentes con vitaminas, serum vivificadores, y refuerzos varios, contra todo eso venía preparada. Pero no hizo falta: “siéntate, por favor, en un momento te lo arreglamos, el baño no es definitivo, se puede arreglar… ¿te apetece un refresco mientras esperas?” Y luego más tarde, con mis rizos bicolores recuperados, añadió, “no te quedes nunca disconforme, si no te gusta algo, pues vuelves, no hay problema”.

Soy ME, escribo bajo el seudónimo de Bronte, y esta semana fue mi 41 cumpleaños. Hace unos meses el hijo ya casi universitario de un amigo subió a Facebook, una foto mía con él de chico. En seguida llegaron los piropos de los buenos amigos, sigues igual, no has cambiado, el tiempo no pasa por ti. Pero yo me miré detenidamente y sí, si pasa. Había una tersura impoluta en mi piel y un pelo sin cana alguna. También me pareció ver una expresión distinta en mi sonrisa ingenua, ahí tintineaba ese destello tímido e inseguro de la veinteañera que por supuesto no sabe que es imposible ser joven y fea, y busca ocultar los miles de defectos que ve en su cuerpo, en su cabeza, en todo su ser. Sí, estaba distinta: era 20 años más joven. 

Pero a cambio de las líneas de expresión (que no arrugas, claro está) y de las canas, esta nueva década de mi vida en la que entro, me ha traído un regalo increíble. La seguridad para plantarle cara a una peluquera.

Y sólo por eso, a Zeus pongo por testigo que no volvería ni atada a los 21.

Feliz cumpleaños para mí 🙂

Reflexión de cumpleaños

Así era a los 21

El abrazo amplificado (seguimos temblando)

De cómo el terremoto en Chile de 2015 me hizo pasar el miedo más grande de mi vida…

Una consecuencia de vivir en Chile es que la famosa escala sismológica de Richter se simplifica enormemente: hasta 7, la cosa es una simple chorrada, y si te lamentas mucho o exclamas “¡es un terremoto!”, le das una alegría al chileno más cercano, que pasará los siguientes minutos pontificando sobre la resistencia nacional a los movimientos telúricos y riéndose de ti con prepotencia de tintes xenófobos. Pero una vez superado el 7, se te permite usar la palabra “terremoto”, y no está mal visto reconocer que la cosa te ha hecho menos gracia que una peli de Paco Martínez Soria. La diferencia va mucho más allá de la obsesión chilena por el número 7, hay que reconocerles que tienen un país con el mérito de tener la condición sísmica más alta del mundo. Y es algo que tienes que aceptar si vives aquí. Eso y la cueca, no queda otra.

Mis amables lectores saben que llevo padeciendo temblores desde casi mi primer mes aquí, y que alguno llegó a agitarme el alma, pero nada, repito, nada, se acercó a lo que viví el pasado (y malhadado) 16 de septiembre. Estaba yo encarando el finde largo por los festivos patrios chilenos, tan tranquila viendo una de mis series y haciendo punto en el sofá (planazo, desafío a quien se atreva a dudarlo), cuando todo empezó a temblar. Durante los primeros segundos, tuve la duda de siempre, ¿me levanto o paso que esto no va a durar más de 5 segundos?, pero entonces, la mesa  de mi salita empezó a golpear las paredes. No exagero, no es figurado: la mesa tomó vida y empezó a golpear la pared como loca… entonces agarré mi corazón (o lo que es lo mismo, mi teléfono móvil) y salté a abrir la puerta de mi casa. No es que los dinteles sean necesariamente los puntos más seguros de la casa (leyenda urbana que aprendes a desmitificar al vivir en Chile), de hecho uno tiene que correr a un “triángulo de la vida”, que es un punto que todos tenemos que tener localizado en las casas y aprendido a encontrar en minutos; todos menos yo, claro, que siempre me olvido. Yo corrí a abrir la puerta porque sí que me acordaba de que a veces los marcos se desnivelan con el temblor y la gente se queda encerrada en los apartamentos. Y allí me quedé. Durante una hora. Bueno, fue minuto y medio, pero se me hizo una hora. El resto de mi mobiliario también parecía haber cobrado vida, y aquello parecía un poltergeist de librerías, cuadros y estanterías golpeando las paredes, las puertas enloquecidas, sillas desplazándose por el salón, lámparas balanceándose estilo “fantasma de la ópera”… y luego, por supuesto, mi vitrina. Mi puta vitrina.  Desde el dintel la oía rugir como gata en celo, durante esos minutos eternos, yo ya me hice a la idea de pasarme el resto de mi vida recogiendo cachitos de vidrio de la vitrina por el salón. Y al fin, todo paró. Entonces empezó el tintineo del Whatsapp… primero fue el grupo de la Embajada, que es un grupo que el Embajador usa para pasarnos instrucciones (no confidenciales), y el resto para enviarnos memes. El primer mensaje fue del jefe, preguntándonos cómo estábamos. El segundo fue del Ministro Consejero, alertando de que ya en la radio y la tele se confirmaba que habíamos superado con creces la barrera del 7. Y el tercero del Cónsul, avisando de que iniciaba el protocolo de emergencia consular. Y luego ya siguió el resto, con valerosos mensajes tipo “hosti, qué susto mas grande”. Yo al mismo tiempo escribía tranquilizando al grupo de mi familia, porque sé que para la prensa española cualquier cosa por encima del 5 ya es terremoto. También alertaba a mi padre de que lo asesinaría como empezara con su acostumbrado “para terremotos, los de Granada” (nota para chilenos: mi ciudad natal es sísmica, sí, pero de ahí a compararnos con Chile, o Japón, o California, es una nueva muestra de la prepotencia hispana, es lo que tenemos, no os quejéis porque lo habéis heredado) Y entonces volvió a temblar. De nuevo el poltergeist furioso. Paró un rato, y luego otra vez. Y otra vez. En los intermedios, me aventuraba con piernas temblorosas a la salita a ver qué decía la tele, pero luego de nuevo al dintel, casi como un mantra, durante unos cinco minutos que se me hicieron eternos. En medio de uno, entró una llamada de whatsapp de mi hermana a la que le lloré a gritos mientras ella me instaba a buscar un sitio seguro.

Y ahí vamos a la clave del tema: mi miedo era completamente irracional. Es decir, no es que temiera por mi vida (no creo que haya cosa más racional que temer por la vida), porque mi edificio es muy seguro, ni una grieta tuvo al día siguiente. Y como mi edificio, la mayor parte de los edificios de las ciudades chilenas, en un país que lleva ya siglos con esta maldición y sabe cómo lidiar con ella. Lo más peligroso son los maremotos posteriores, pero también en eso están preparados, luego supe de amigos que estaban por la costa, fuera de cobertura, y aún así les llegó un mensaje ruidoso al móvil con la alerta del tsunami. Y sí, hubo víctimas, pero contadas con la mano, y muchas por infartos del susto. Vamos, que tienes que tener muy mala suerte para morirte por un terremoto en Chile (es más factible una avalancha; o un incendio; o un loco descuartizador). Ya digo, era un miedo irracional, el de ver mi casa entera cobrar vida, el de no tener control de nada, la impotencia de no poder escaparme de ninguna manera: yo contra la naturaleza injusta y ciega…

Pobrecita, te pilló sola, me decían luego todos. Pues sí, pero lo cierto es que nunca me sentí más arropada. El internet nunca dejó de funcionar y caudales de mensajes llegaban por Whatsapp, Facebook y Twitter; amigos, familia, los trabajadores del Centro Cultural, mensajes interesándose por la española, o  felicitándome porque ya me había graduado de chilena, incluso algún mensaje recibí de Coquimbo, la ciudad que más sufrió los estragos del terremoto (el puerto en el que tan solo hace unas semanas almorcé tan tranquila quedó barrido por las olas), y aún así desde allí algún amigo me mandó un abrazo. Y luego en las horas siguientes entraron mensajes de Uruguay, de España, de Europa, de Latinoamérica… Estos días estoy siguiendo unas lecciones de cultura digital, y el profesor comenta que nuestro mundo digital permite que nuestra mano, nuestra mirada y nuestra palabra se amplifiquen a través de las posibilidades de la Red. Pues bien, yo sentí una ventaja adicional a este universo virtual: un abrazo enorme, desde todos los rincones, que sentí de forma interrumpida en aquellas horas bajo el dintel de mi casa (no es metáfora, fueron horas, es que al final decidí instalarme allí). Un abrazo amplificado. Y estas palabras son un agradecimiento de corazón a todos los que me abrazaron aquella noche, gracias a todos.

Y por cierto, mi vitrina quedó intacta. Una campeona.

Terremoto en Chile de 2015

(la foto es de la costanera de Coquimbo la mañana del 17 de septiembre, sacada del Facebook de un amigo de allí. ¡Así de fuerte fue el terremoto en Chile de 2015!))

 

Siete razones para amar el final de “Como conocí a vuestra madre”

Vale, aviso a todos los que no hayan visto la última temporada de Como conoci a vuestra madre (HIMYM, How I met your mother): ¡¡SPOILERS a tutiplén!!!

  1. El final consigue que la historia tenga por fin coherencia. Como bien dice la hija de Ted, resultaba absurdo contar una historia de amor a una mujer en la que la mujer en cuestión apenas sale. Pero había una razón: porque la historia en realidad no iba sobre el amor de Ted por la madre de sus hijos, sino sobre el amor de Ted por Robin. Y por eso la serie arranca con Ted conociendo a Robin, no a Marshall, a Lily o a Barney. Y así, la serie cuyo final, todos creíamos conocer desde el primer capítulo, consigue finalmente, sorprendernos.
  2. Se ha dicho que Como conoci a vuestra madre era el equivalente de “Friends” del siglo XXI. Puede ser, porque ambas relatan ese momento idílico de la juventud post-universitaria de las tribus urbanas contemporáneas, el de la primera adultez, cuando se tienen pocos compromisos y obligaciones, cuando todo está por descubrir, y los amigos son la antesala de la propia familia. En ambas, los personajes viven en burbujas irreales, en las que el tiempo parece pertenecerles a voluntad, de forma que pueden estar siempre divirtiéndose con los amigos, sin más preocupación de ir a pedir otro café o cerveza a la barra. En ambas, la ficción hizo que esas burbujas se alargaran más de lo que suelen durar en la vida de las personas. Pero sin embargo, “Friends” no se atrevió a sacar a sus personajes de ese hermoso limbo, y la serie concluye con los seis amigos dirigiéndose a tomar de nuevo café, en el sitio de siempre. Quizá por eso ese último capítulo resultó tan olvidable. En contraste, HIMYM se atreve a llegar mucho más allá, hace estallar la burbuja, y durante todo un capítulo final memorable, vemos a nuestros queridos personajes viviendo… en la Realidad.
  3. Todo es real en ese último capítulo, aunque nos duela, aunque nos chirrie, aunque no nos guste verlo, todo casa con la Realidad. Empezando por el final de la historia de amor de Barney y Robin. No resultaba lógico que un juergas pichabrava y una trabajólica, ambos egocéntricos y obsesionados con sus propios proyectos personales y profesionales, tuvieran una relación amorosa duradera. Duele verlo contado en un par de minutos, porque nos hemos pasado seis temporadas enamorándonos de su historia de amor, pero lo bonito es que, a mí por lo menos, no me quedó la sensación de que su historia de amor es un fracaso… sencillamente es una historia de amor preciosa y divertida, que dura, lo que tenía que durar. Hemos soportado durante décadas la insistencia de los guionistas estadounidenses en hacernos creer que la única historia de amor digna de respeto era la que duraba toda la vida, pero ahora, menos mal, parecen haber descubierto que hay historias de amor, gloriosas y memorables, que no duran tanto. Porque el corazón tiene más cuartos que una casa de putas… Quizá por fin leyeron a García Márquez.
  4. No era justo que Robin acabara con Barney. Porque Barney, en definitiva, era el Chico Malo. Aunque nos cayera bien, porque los Chicos Malos suelen ser encantadores de hecho, y él, más que todos. Pero no dejaba de ser un mujeriego mentiroso, sin un ápice de respeto por el género femenino. Durante siglos, las mujeres hemos oído la cantinela del Don Juan redimido por el amor de un Mujer Buena y Distinta (a las demás, que son unas golfas todas). Nos la están contando hasta hoy, mire usted si no las dichosas “Cincuenta sombras de Grey”, pero cualquier mujer con dos dedos de frente sabe que esa historia es una mentira patriarcal y retrógrada. Veremos si finalmente Barney aprende con su hija a respetar a las mujeres. Pero una serie con los hermosos toques feministas que ha tenido Como conocí a vuestra madre no podía terminar con ese cuento (de brujas, que no de hadas).
  5. Era muy lógico que Robin se enamorara del Chico Malo y se aburriera con el Chico Bueno. Primero porque Barney es uno de los personajes más divertidos y atractivos de la televisión de los últimos años, (un Joey mejorado, mucho más atractivo, además de listo y ocurrente) mientras que Ted, en cambio, nos ha exasperado con su romanticismo infantil y sus dudas eternas. Pero sobre todo, porque Robin tenía ventitantos, treintaytantos. Y las chicas a los esa edad “sólo quieren divertirse…”. Tenían que pasar los años, llegar a los cuarentaytantos (quizá el mayor salto cualitativo en la cabeza de una mujer), madurar, librarse de las inseguridades que la llevan a liarse con un hombre con los mismos defectos que su padre, para acabar rechazando a los Chicos Malos (primero con rabia, luego con condescendiente simpatía); para apreciar las virtudes sencillas pero atemporales de los Chicos Buenos; para, por fin, valorar con justicia a Ted.
  6. No es la única que madura, también tenía que hacerlo Ted, que se pasa toda la serie tratando de convertir a la ultra independiente y moderna Robin en la mujer hogareña y maternal que él buscaba. Otro cuento (de brujas, que no de hadas). Del mismo modo que a Barney no lo iba a convertir el Amor de una Mujer Buena y Distinta, a Robin no iba despertársele un instinto maternal a instancias del Amor de un Hombre Bueno y Distinto. Ted también va aprendiendo con los años, de sus fracasos amorosos (las egoístas Stella y Zoey), de los amores que no pudieron ser más largos (Victoria, la sabia repostera), y comprende finalmente que Robin sólo cambiará, si a ella le da la gana hacerlo.
  7. Pero sobre todo, la serie nos entrega un regalo inmenso: la constatación de que, en la Realidad, aunque existan parejas perfectas como Lily y Marshall, no por ello, ese resulte ser el único camino hacia el Amor (con mayúsculas) y la Felicidad. En la Realidad, hay personas que nunca llegan a conocer el Amor, pero aun así pueden ser felices, y hay otras que llegan al Amor, dos, tres, cuatro, muchas veces, con historias más o menos perfectas, pero todas dignas de respeto por lo que significaron mientras duraron. Vamos, que los guionistas estadounidenses han leído a García Márquez. Y es lo que le pasa a Ted, que tras muchas historias, acaba teniendo un Amor Perfecto, con una chica encantadora con la que funda la familia que tanto anhelaba. Y luego además, tiene un Amor Romántico, con la Chica Soñada, a cuya puerta acaba volviendo a golpear, tras años de paciente espera.

 

Y por todo esto, esa imagen final de Ted bajo la ventana de Robin, con el dichoso cornetín azul, con la sonrisa segura del que sabe que esta vez no va a ser rechazado, es un final redondo, pero también sorprendente. Lógico, pero también novedoso. Real, pero también muy romántico. Y también, por qué no, legen… dario.

como conocí a vuestra madre

Te recorto un poco las puntas, ¿verdad?

Vale, me he cortado el pelo. O me he recortado las puntas, no lo tengo muy claro. Pregunten a mi peluquera.
Dirán que este es un tema bastante insulso sobre el que escribir, pero hay mayor enjundia de la que pueda creerse a primera vista. Se vincula a uno de mis temores más reverenciales, como son las peluqueras. No conocerán a chica más sumisa y asustada que una servidora en una peluquería. No sé qué tienen las peluqueras, yo creo que con el champú y las tijeras se dotan de una furiosa seguridad en sí mismas y de un radar para captar a las clientas débiles (como yo). Yo llego a una peluquería con una idea, y la peluquera me la cambia en un pispas, me silencia sin mayor esfuerzo con un simple deja, deja, que eso te va a quedar fatal, y me impone su propia opción, normalmente mucho más cara, claro está. Me he alisado, rizado, tintado de varios colores, hecho mechas y claritos, permitido que me clavaran horquillas por doquier, que me ahogaran con laca, todo en realidad siempre en contra de mi voluntad, pero con mi voluntad completamente silenciada por el miedo. He gastado fortunas en absurdos como mechas castañas sobre un fondo chocolate (cual personaje de Yasmina Reza), pasé un año sin atreverme a lavarme la cabeza por mi cuenta, porque sólo el champú de la peluquería no tenía fosfatos (ya olvidé qué problema tenían los fosfatos) y, por supuesto, he comprado todos y cada uno de los productos que me ofrecen sin rechistar. Yo soy la clásica que cuando la peluquera te tiene a su merced sobre la pila de lavado y te grita, te pongo un champú suave, ¿verdad?, digo que sí; y luego cuando añade, y te pongo una mascarilla, que lo tienes muy seco, digo que sí; y luego cuando remata, y te pongo un tratamiento anti caída, que se te están cayendo los mechones que da pena, digo que sí. Digo que sí, aunque sé que lo único que diferencia el champú suave del normal es su mayor precio, que no tengo el pelo particularmente seco, y que no se me cae el pelo más de lo normal (un dermatólogo me lo aseguró, por escrito). Pero yo digo siempre que sí. A los tratamientos, a los tintes absurdos, a las mechas, a todo. Y luego doy las gracias. Y dejo propina. Y cuando salgo me echo a llorar porque me veo espantosa o igual que siempre, y me he gastado un pastizal. Lo he intentado todo, me he predispuesto de todas las maneras, he probado peluquerías de barrio, de diseño, de academia, de franquicia, todas están pobladas por chicas gritonas, peinadas y maquilladas impecables, que me miran con asco hasta que digo que sí a todo. Y sólo entonces me reconocen que tengo un pelo lindo, piropo que yo recibo cual niño alabanza de la maestra. Ni con los gays triunfo, en mis pesadillas aún se me aparece uno de Montevideo que empezaba toda sesión echándome una bronca monumental por lo sequísimo que le llevaba el pelo.

No obstante, la única cosa a la que he conseguido rebelarme es a que me corten el pelo. Es mi línea roja, nacida de traumas infantiles, con una madre que intentaba periódicamente que mi hermana y yo nos cortáramos nuestras crespas y tupidas cabelleras, para no tener que sufrir el martirio diario del peinado. Trauma que incluye una sesión de rabieta llorosa una vez en una peluquería, a la que me llevó una tía cariñosa, que quiso ayudar a mi madre convenciéndome de que cortarme el pelo era lo más. Después, mi tía siempre juró que nunca más volvería a meterse entre una chica y su pelo, fue la única vez que la vi perder la sonrisa.
Y el tema es que, como mis lectoras féminas saben perfectamente, no hay cosa que le guste más a una peluquera (o peluquero gay) que cortar el pelo. Es la cota máxima de su trabajo, en cualquier peluquería reservada a las más experimentadas, las tijeras son como el cuchillo del sushi para los cocineros japoneses, es un derecho que se gana tras mucho esfuerzo y dedicación. Y una vez que lo consiguen, que llegue una petarda (como yo) a decirles que no quiere cortarse el pelo, pues nada, yo entiendo que les enfurezca. Y como son taimadas, usan tácticas envolventes, la más habitual la conocemos todas: ¿te recorto las puntas? Es la clásica. Tú dices que sí, y ellas a continuación se aplican con rabia. Pero como digo, esta es mi línea roja, así que conmigo no lo tienen tan fácil.

En Uruguay, el veto fue fácil de mantener, porque en el Río de la Plata, el cabello de una mujer es quizá el principal atributo femenino (tiene un buen pelo, era el comentario que solía escuchar cuando se quería piropear a una mujer), y lo cierto es que conocí a pocas mujeres con el pelo corto. De hecho, estoy convencida de que si policías uruguayos aparecen ante una escena criminal compuesta por un peluquero con unas tijeras en la yugular y una mujer furiosa, ¡me cortó demasiado el pelo!, se van sin pedir mayores explicaciones. En eso, Uruguay fue el paraíso.
Pero en Chile volví a la escena de siempre, como en España, peluqueras taimadas que consideran un derecho legítimo cortarte el pelo a voluntad (suya). Sin embargo, logré encontrar un local simpático y coqueto en Providencia, con estupendas profesionales que se distinguen de otras colegas en que no me regañan si vuelvo de España de vacaciones con otro tinte (ay, las broncas que me he comido sin rechistar porque se me ha ocurrido ir a otro peluquero distinto), y que no me aburren ofreciéndome productos absurdos. Y creí tener domesticada a la jefa, la que corta: un par de veces que accedí a que “me cortara las puntas”, la obligué a enseñarme todos y cada uno de los mechoncitos que iba recortando para que pudiera medirlos. Y accedió sin rechistar, un gustazo.
Pero hace un par de meses, fui muy cansada tras un día horrible de trabajo, y cuando ella me hizo la pregunta consabida, asentí medio dormida. Fue la suya. Me cortó el pelo. Durante varios días me resistí a aceptar la verdad. La gente me decía, anda, qué cambio, te cortaste el pelo, y yo reaccionaba furiosa, ¡no me lo he cortado, me he recortado las puntas nada más! Pero al final tuve que resignarme: la peluquera me había cortado el pelo.

Lo bueno es que todo el mundo lo celebró, no he dejado de recibir piropos y alabanzas, lo que me hizo pensar que quizá mi madre (y mi pobre tía) tenían un poquito de razón cuando me aconsejaban no llevarlo tan largo. Pero sólo un poquito… En fin, que llevada de un efervescente espíritu de renovación, cuando empezaba a crecerme de nuevo, me planté en mi peluquería y exclamé segura de mí misma, sin temor, con una sonrisa condescendiente, vale Vilma (se llama Vilma), te saliste con la tuya, me puedes volver a cortar el pelo.

Y entonces Vilma me miró muy fijamente y con calma me respondió: querida, yo no te corté el pelo, nada más que te recorté las puntas… Las dos nos medimos en silencio durante unos segundos… un duelo tenso, el aire se cortaba con un cuchillo (o unas tijeras, mejor dicho)… Y por supuesto, el duelo lo perdí yo. Me senté con la cabeza gacha y vocecita tímida, vale, de acuerdo, pues eso, que me recortes de nuevo las puntas
Y la cabrona sonrió.

peluquera cruel

 

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