Así, no

Hace un par de años, un dramaturgo catalán (bastante conocido, pero no diré su nombre) me comparó la situación actual de Cataluña con el resto de España, con un matrimonio moderno: si uno de los dos quiere terminarlo, me concluyó, se le debe permitir divorciarse. Yo le respondí que vale, que de acuerdo, pero que los divorcios, para que tengan efectos legales, se deben hacer de acuerdo a determinados procedimientos, acordando los detalles como personas civilizadas: el régimen económico tras la separación de bienes, quién se queda con la casa, el coche, cómo se divide el chalet de la playa, y, lo más importante, la custodia de los hijos. Lo contrario, es de maridos canallas, de esos que se escapan con un “me voy a comprar tabaco, y ahí te quedas tú con los niños y la hipoteca”, y de mujeres malas que dejan una nota pegada al frigorífico, “cari, te dejo por el butanero, me llevo el dinero, las joyas y el rosario de tu madre”. Así, no se divorcia la gente digna de respeto. Así, no.

Últimamente, cuando te topas con un catalán, la duda es cuántos minutos vas a tardar en enfrascarte en la charla sobre “el tema”. Es lo que pasaba antes con los vascos, antes de que ETA nos diera el agur definitivo. Seamos sinceros: a la mayoría, la charla sobre “el tema” nos produce reacción similar a la de cuando tu pareja te espeta un furibundo “tenemos que hablar de lo nuestro”. Un gestor cultural catalán (bastante conocido en su ambiente, pero no diré su nombre), que vino a Chile invitado personalmente por la Presidenta Bachelet a su ceremonia de toma de posesión en 2014, me hizo un resumen magistral de la situación política actual en Cataluña y al final concluyó con un suspiro agotado: “y esta es la última, por dios prometo que la última vez que hablo de este tema…” Los dos sabíamos que no podría cumplir su promesa.  Me dice una amiga granadina que acaba de pasar unos días en Barcelona que “el tema” es sempiterno, a todas horas en la televisión, radio, periódicos… Pobre gente, concordamos las dos. Hace unas semanas conocí a otro dramaturgo catalán (bastante conocido, pero no diré su nombre): habíamos traído una adaptación teatral suya a Santiago y me invitó a cenar junto con su equipo. De manera prodigiosa, evitamos el dichoso “tema” durante la velada, y yo por mi parte me lo pasé muy bien. Pero no se puede bajar nunca la guardia, luego me llevé a tomar una copa a uno de los actores (bastante conocido en la escena catalana actual, pero no diré su nombre) y nada, al primer molt bé, sin darnos cuenta, ya estábamos hablando de Pujol. En cuanto pude, pagué la cuenta y me apresuré a devolverlo a su hotel. Ya llegando, él me dijo que hubiera estado bien hablar más de nosotros. Yo tendría que haberle dicho que sí, que me hubiera interesado escuchar su verdadera opinión, su sentimiento honesto desde el corazón, antes que oír nuevamente el discursito manido inspirado en los requiebros quejumbrosos de Mas. Pero no se lo dije. Y es que últimamente, yo estoy más hipócrita de lo acostumbrado, y en cuanto me acerco a la charla sobre “el tema”, para no liarme a gritos, o no escuchar cosas que me entristecen, sencillamente lo evito. La misma técnica aplicó conmigo una antigua compañera del instituto, catalana y hoy instalada en Luxemburgo, casada con familia con la que quiza se entienda en inglés porque todas las anotaciones en su muro son fotos de todos comentadas en ese idioma. Un día loco me dio por escribirle por Facebook preguntándole su opinión (sobre “el tema”, de qué si no) y sencillamente, no me contestó.

Cuando esta chica y yo compartíamos pupitre en el Liceo Español de París, nos peleábamos de lo lindo: ella era una independentista furiosa, y yo me tomaba como un insulto personal que hablara en catalán en mi presencia. A mí que tanto me gustan  los idiomas, que terminé mi bachillerato con conocimientos de latín y griego clásico, cómo lamento ahora que mi cerrazón adolescente entonces me impidiera aprender un poco más de esa lengua, que también es mía, por cuanto es un idioma que se habla en España. Tenemos un país con un idioma que hablan más de 400 millones de personas , pero que además, tiene otros dos idiomas latinos (uno directamente emparentado con la segunda lengua más hablada en Latinoamérica), y otra lengua más, ésta de raíces prelatinas. Ahí es nada. Esto nos convierte en el país con mayor patrimonio lingüístico de Europa y probablemente del mundo. Pues bien, en nuestra onda habitual de despreciar cuanto ignoramos, no presumimos de nada de esto. Qué va, hemos permitido que la lengua sea el arma arrojadiza favorita de los nacionalistas más incultos, hemos dejado las políticas lingüísticas en manos de paletos chupasubvenciones con cero interés general, que se han lanzado las iniciativas al grito de “y yo quiero más”, sin pensar nunca en una estrategia unificada de educación para todos los españoles. El resultado es que nadie piensa que, si todos nos debemos sentir orgullosos de la Alhambra, las cuevas de Altamira, el flamenco o el silbo gomero, también debiéramos sentir el mismo orgullo de los idiomas que se hablan en nuestro país. En vez de pelearnos por la religión, la ética o la educación para la ciudadanía, podríamos alguna vez haber pensado en incluir una asignatura común a todos los españoles, “lenguas autonómicas”, que hubiera permitido que un niño al terminar su educación básica en cualquier punto de España, hubiera tenido una noción general de catalán, gallego y euskera. ¿Tan grave hubiera sido que en uno de los Estados que más ha trabajado internacionalmente por el reconocimiento y respeto del Patrimonio Inmaterial, sus ciudadanos hubieran conocido más de la diversidad patrimonial propia? Hemos financiado la formación de Felipe VI, que incluyó que manejara los idiomas que se hablan en España. También financiamos la educación pública que recibió la hoy Reina Letizia, que asumo que, como yo, ignora por completo varios de esos idiomas que su marido habla fluidamente.

Quizá ya es hora de que los españoles tengamos la charla sobre “el tema”. Pero si la tenemos, tengámosla todos, no sólo políticos interesados en ganar las próximas elecciones en su circunscripción. Y tengámosla basándonos en nuestras propias emociones y experiencias, no en los datos distorsionados de políticos interesados en que olvidemos que miembros de su partido están encausados por robo. Y escuchémonos atentamente, escuchemos lo que el otro tenga que decir, escuchemos los que piensa sobre nuestra historia común, sobre la guerra y la dictadura que sufrimos todos, sobre nuestras primeras décadas en democracia, sobre nuestros éxitos y sobre nuestros fracasos, sobre todo lo que aún nos queda por hacer. Yo por mi parte, hablaría de mi trabajo diario, de que la primera exposición en el Centro Cultural de España en Santiago este año fue una exposición del Instituto Etxepare y que ahora inauguramos otra del Instituto Aragonés de Arte Contemporáneo; que los gallegos de la colectividad española en Chile usan regularmente nuestras instalaciones para mostrar cosas como que las calabazas de Halloween tienen orígenes gallegos; y que si conozco a tanto dramaturgo catalán, es porque me la paso promocionando el teatro de Cataluña. Contaría que esto lo hago porque tengo instrucciones de mi ministerio para promocionar culturalmente una imagen de España plural y diversa, y que esa instrucción la tuve también cuando nos gobernaba el PSOE. Contaría cómo me siento orgullosa de mostrar nuestra diversidad en el extranjero. Cómo creo, por encima de todo, de que en España cabemos todos. Absolutamente todos.

También reconocería que ser español es muy agotador. Se lo escuché hace unos meses en una comida a un periodista (bastante conocido, pero… bueno, qué narices, era Iñaki Gabilondo). Somos un país intenso, rabioso, amante del melodrama barato, repetitivo y terco. Y además, no nos conformamos con las medias tintas. Como dijo Gabilondo en ese mismo almuerzo, los españoles, si no podemos ser los primeros en algo, “no nos contentamos con menos que ser los últimos”. En el exterior hemos defendido un papel conciliador y moderado, y dentro de casa parecemos incapaces de tener una conversación civilizada.

Pero sí, tengamos la charla de una vez. Pero no agritos, con los argumentos cortoplacistas de líderes que con cada acto demuestran hasta qué punto no merecen ser llamados así. Sin los tremendismos de políticos que lo único que temen es que nos demos cuenta de que la vida seguirá igual, o mejor, en cuanto los echemos del cargo. Pero lo más importante, tengamos la charla a todos los efectos, una vez que hayamos hablado desde el corazón, entremos de lleno en la cuestión legal, sin medias tintas, tratando sin reservas de lo que sería un divorcio, de los efectos de la separación de bienes, con datos reales basados en la legalidad internacional y nacional. Hay que desmontar los argumentos demagogos que aseguran que el cónyuge divorciado se irá a vivir a un ático de lujo con piscina y sin gastos de comunidad ni hipotecas, cuando en la vida real (esa que los griegos han conocido una semana después de su referéndum), lo que suele suceder es que el divorciado acabe yéndose a vivir a casa de sus padres y con un sueldo aún más recortado por la pensión para los hijos.

Hablemos, aunque nos aburra y exaspere, hablemos, antes de que sea demasiado tarde. Porque ahora mismo estamos protagonizando un culebrón, de esos en los que uno de los personajes una noche se levanta y sorprende al marido en mitad de la cocina arramblando con lo que encuentra en la despensa y la calderilla de su monedero, mientras una pelandusca espera en la puerta con el motor del coche encendido. La actriz del culebrón agarraría la escoba y se liaría a golpes, o quizá se arrodillaría humillada suplicando para que se quedara. Pero nosotros debemos sacar el melodrama barato de nuestras vidas, respirar con calma y decir: “así no se divorcia la gente. Comportémonos con dignidad y respeto a nuestra historia común. Si me quieres dejar, déjame. Pero no te vayas así. Así, no

 

Así, no Així, no

Te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica…

… pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso , al escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuándo hablan del mar ganado por las armas…

(Pedro Lemebel, Carta a un niño boliviano que nunca vio el mar)

Que no se me sulfure nadie antes de tiempo. Tengan todos claro que no voy a consignar aquí ni una defensa ni un ataque a la demanda de Bolivia contra Chile frente al TIJ de La Haya. Y no voy a hacerlo, porque no puedo hacerlo, porque los diplos no podemos opinar sobre cuestiones internas de los países en los que trabajamos, y este es un asunto interno entre Bolivia y Chile. Pero que no pueda tener opinión pública, no significa que el tema no me interesa. Muy al contrario: me fascina. Los lectores de esta bitácora conocen de sobra mi obsesión cuasi fetichista con las fronteras, las delimitaciones, y, sobre todo, los pasos de frontera. Deformación profesional, quizá, cualquiera sabe.

Aclarado esto, informo a los no chilenos (los chilenos lo conocen de sobra), que he iniciado esta entrada con un párrafo de un artículo del escritor chileno Pedro Lemebel, fallecido hace unos meses. Elegí esta frase para ilustrar que hay chilenos que defienden que se le dé mar a Bolivia. Pero eso sí, aunque no he visto ninguna encuesta, creo que puedo afirmar que esta es una opción minoritaria dentro del país. Lo que no sé es hasta qué punto es minoritaria, o si queda diseminada dentro de una mayoría indiferente a la que el tema en realidad les trae al pairo. O quizá no, quizá son mayoría los que creen que esa “larga culebra oceánica” es suya y dejémonos de tonterías. Creo que saber esto es tan difícil de saber como el porcentaje real de bolivianos honestamente preocupados por la cuestión, si no habrá muchos que encuentran muy aburrido el tener que participar en la multitudinaria marcha anual por el Día del Mar (multitudinaria, que quede claro, porque la asistencia es obligatoria para  funcionarios, estudiantes, a las empresas públicas, etc). O quizá no, quizá son mayoría los que no se olvidan de que Chile les quitó la costa tras una guerra. En Chile son muchos los que me han dicho que eso demandarte ante La Haya “no son formas”. ¿Lo son acaso arrebatarle a un vecino territorio por la fuerza…? he respondido con cara inocente (falsa como Judas).Y ahí los chilenos normalmente me cambiaban de conversación. Ojo, no todos. Un periodista chileno escribía en el diario digital “Mejor que la televisión” una vez más nos encontramos en este escenario, un vecino que nos pone al día de que vivimos en un barrio en el que, admitámoslo, no queremos vivir… (···) Sí, somos latinoamericanos. Sí, vivimos al lado de Bolivia, Argentina y Perú. Y sí, somos los peores vecinos que se puede tener…”

Pero hay que ser justos con los chilenos. Sí, es cierto, emprendieron sucesivas guerras contra sus vecinos del norte (la primera, para impedir que los dos se unieran para formar una confederación), y se expandieron con el objetivo de ser dueños de las riquezas mineras de la región, no hubo peticiones de anexión por parte de la población local, los tranquilos aymara, que realmente pasaban de ambos países. Pero mientras los chilenos guerreaban al norte, en el sur estaban los argentinos en plan, uy, qué lindo lago, lo vamos a llamar Lago Argentino y es nuestro, uy, qué lindo glaciar, lo vamos a llamar Glaciar Perito Moreno, y es nuestro, y así sucesivamente… y recordemos, de acuerdo con los mapas españoles, en el momento de la emancipación, la Patagonia era TOTALMENTE chilena. Así, tal cual, nada de divisiones, todo era Chile. Y ahora miremos el mapa y veamos como está… En definitiva, sin querer entrar a enjuiciar de forma anacrónica la historia latinoamericana del XIX, lo que está claro es que las nuevas naciones, impulsadas muchas veces por los nunca objetivos ni desinteresados británicos, pasaron de los mapas heredados, y jugaron a la expansión hasta donde los dejaron los vecinos. En ese juego, hubo perdedores claros (Paraguay y Bolivia), pero luego hubo varios que acabaron en tablas, y realmente, si nos ponemos a contar kms ganados al norte, y perdidos al sur, Chile quizá no puede considerarse de los ganadores absolutos.

En todo caso, en estos días de presentación de alegaciones ante el TIJ en La Haya, si uno escuchaba o leía los medios, la impresión era de previa de final de Mundial de fútbol. Algo así como la época del juicio de Argentina contra Uruguay por la planta Botnia ante el mismo tribunal. Y así, el chileno medio ha seguido en directo la presentación de argumentos del equipo chileno, se ha familiarizado con conceptos jurídicos como “acceso soberano al mar”, y me he encontrado con algún taxista que me ha reclamado por el hecho de que el coordinador de los abogados de Bolivia fuera español. Por tanto, no me extrañó nada el día que mi Rosa me contó que había estado viendo por la tele una de las sesiones. Después de 10 minutos se quedó dormida (que nadie la juzgue, yo no hubiera aguantado más de 5), y al abrir los ojos, se encontró con Evo Morales plantado en medio de su salita de estar. “Era un sueño”, me aclaró Rosa (aclaración nada gratuita: con Rosa, nunca se sabe). El Evo Morales del sueño de Rosa era muy callado, no abrió la boca, y de hecho ella se animó a preguntarle si no le prestaría algo de dinero para que ella pudiera ir a visitar La Paz. A modo de respuesta, él se limitó a mirarla con unos ojos cargados de profunda tristeza. “Tendríamos que darles un poquito de mar, tenemos mucho, no hay que ser avariciosos” concluyó. Le he contado este sueño a unos cuantos amigos chilenos, varios de ellos de talante progresista, todos lo encontraron muy divertido, pero cuando quise ahondar en plan, “y tú, estás de acuerdo con Rosa?”, la respuesta fue muy clara, no, imposible, antes quizá, pero ahora que nos han llevado a juicio, nones, que esto no son formas

Abandoné La Paz cuando las taquicardias ya empezaban a disminuir y respiraba mejor. Esperando a mi avión en el aeropuerto de El Alto, pegué la hebra con una pareja, él boliviano, ella chilena, que claramente pertenecían al grupo que en la ciudad cercana al Olimpo, pueden elegir vivir más cerca de la tierra. Con ella me hice super coleguita al segundo de enterarnos que éramos las dos clientes de Iván, el diseñador de alpaca, y estuvimos un buen rato de confidencias. Me contó que llevaba 20 años casada y viviendo en La Paz, pero que aún así, cada vez que volvía de unas vacaciones fuera, nuevamente sufría el mal de altura como si fuera la primera vez. “Hay que haber nacido aquí para no alterarte, no hay otra”. Caminamos juntas al avión, y pronto empezamos a jadear. El acceso era una cuesta de varios metros. Hay que ser un verdadero cabrón para diseñar un acceso en cuesta en un aeropuerto a más de 4000 metros de altura. En un momento, ella giró a ver cómo iba su marido, y él respondió a su preocupación con suficiencia viril (aunque jadeaba un poquito, que conste): “nada, estoy bien, soy boliviano, esto no me afecta…”. Entonces ella se rió, y se colgó de su brazo: “bueno, pues no presumas tanto, que te fuiste a casar con una chilena…”

Y pensando que igual acababa susurrándole un “te regalo el metro marino …”,  me subí al avión y abandoné La Paz.

(Foto de un trozo de pared de un bar en La Paz)

 

te regalo el metro marino

El Altiplano: la coca es sagrada

El Lago Titicaca (o Titikaka, como lo veremos escrito en la mayor parte de los carteles bolivianos), es el lago más grande del continente y el más alto del mundo. El Titicaca abre una brecha en la cordillera de los Andes, que desciende desde el Perú hecha una sola cadena y la divide en varios cordones montañosos. Entre esos cordones, se extiende el Altiplano, una inmensa llanura cuya altitud  alcanza los 5000, y que en Bolivia está enmarcada por las tres ramas andinas que recorren el país. Es un paisaje desolador y agresivo, de clima helado, escasas precipitaciones, y frecuentes salinas y desiertos…

Ilusiona contemplar algo que estudiaste una vez hace mucho tiempo en un libro de geografía, en aquellos tiempos lejanos en los que los niños españoles estudiaban Geografía Universal. Ahora no la estudian, por supuesto, aprenden la geografía de su pueblo y de su comunidad autónoma, algo mucho más útil que estudiar una llanura desolada y lejana, muy lejana. Sin embargo esta lejanía no impidió que un grupo de absurdos antepasados, emigrados al Nuevo Mundo, se plantearan instalar una ciudad. La Paz se supone que se llama así porque se fundó tras años de guerras intestinas de los españoles en el seno del Virreinato del Perú, pero yo pienso que fue más bien que se instalaron en el Altiplano, se quisieron matar tras una semana allí, se bajaron unos metros, dibujaron el mapa básico de la plaza de armas y la catedral, y luego se sentaron jadeando: “¿Bautizar la ciudad? Déjame en paz, yo me voy a dormir… solito, que el corazón ya no me da más, dame que mastique eso que rumian estos indios todo el día, dios mío qué mesecito que llevamos, con lo a gusto que estaba yo cuidando ovejas en Extremadura…que no, que no puedo pensar ningún nombre ahora, ¡que me dejéis en paz!!!”

Por supuesto, no es eso lo que nos cuenta Celso, el conductor que nos alcanza al Titicaca, aprovechando el día libre que aún tenemos antes de empezar las reuniones. Él habla y nosotros escuchamos, porque él es un semidios con glóbulos en las venas, y nosotros unos pobres mortales con taquicardias. Celso se compadece de nosotros y nos compra hojas de coca, que él también toma, después de santiguarse: “la coca es sagrada” nos explica. Vaya si lo es, nunca estuve más de acuerdo con otro ser humano. Primero recorremos El Alto, por una única calle de doble sentido sin asfaltar. Celso se despacha con el alcalde, cercano al gobierno de Evo: nos dice que no ha hecho nada de nada, como el de La Paz, y que la gente está furiosa con ambos (pronto veríamos que tenía razón, en las elecciones municipales que se celebrarían unos días después, la oposición le arrebatará el gobierno de ambas ciudades al oficialismo). Por el camino vemos unas construcciones kitch bastante curiosas, una especie de palacetes recargados, de grandes cristaleras coloridas de clara inspiración indígena. Son los “cholets”, las mansiones que la ya cada vez más empoderada burguesía aymara se construye. Las casas de los “cholos” nuevos ricos, que incluyen salones de baile en la primera planta, de alquiler para bodas y fiestas de 15. La denominación tiene un poso obviamente insultante, pero en un alarde de profundo sentido del humor, muchos se han adueñado del término, y lo usan con orgullo. Se puede encontrar muchos artículos en internet sobre la arquitectura de los “cholets”, cada vez más populares y reconocidas en el extranjero.  Luego nos adentramos en el inmenso y sobrecogedor Altiplano, que es uno de los paisajes más impresionantes que he visto en mi vida. El Titicaca también impresiona, aunque no nos dio tiempo a llegar al punto en que todo el horizonte es agua y solo agua, y tienes realmente la impresión de encontrarte ante el océano, y no ante un lago. Como el Río de la Plata en Montevideo, vamos.

En los días siguientes, ya empezamos las reuniones, pero en los huecos y cenas, aún tuvimos tiempo de observar detalles de una nueva ciudad que empieza a despertar, como los locales y restaurantes de diseño en el bohemio y cuidado barrio de Sopocachi. Vamos encariñándonos con detalles como las “cebras”, funcionarios municipales disfrazados de cebras que cómicamente tratan de regular (un poco) el caótico tráfico diario. Aunque la mayor apuesta para arreglar el tráfico, sin duda es el impresionante Teleférico, diseñado a partir de un estudio financiado por la AECID (momento de promoción institucional, jejeje). No se queda en una simple atracción turística, es un proyecto de metro aéreo, con (por ahora) tres líneas que conectan los principales puntos de la ciudad, y coordinado con la red de buses. Todos recomiendan la línea amarilla, que atraviesa Sopocachi, hasta el sur, en donde están los barrios acomodados. Los ricos se las arreglan siempre para vivir mejor, y en la Ciudad Cercana al Olimpo, se vive mejor lejos de éste, mas pegado a la tierra, a menor altura. Los ricos, por tanto, viven a una media de 3000 metros: puro lujo, se nota nada más bajar del teleférico. Allí me desplacé buscando a Iván, el Artezzano, un diseñador local que logra resultados espectaculares y modernos en la clasiquísima y tradicional alpahaca. Una sugerencia de Clara (las buenas diplos siempre logran este tipo de datos), que se plasmó en una mutua admiración, cuando Iván comprendió que yo estaba más que dispuesta a dejarme seducir por nuevas formas y colores.

Volví a subir, contemplando desde el teleférico el mar de construcciones encaramadas hasta lo más alto de los cerros, como si quisieran llegar hasta el mismísimo Huayna Potosí, el alto cerro que parece vigilar que la ciudad no sobrepase sus 6000 metros… porque más allá, pasado el Altiplano, sólo queda el Olimpo…

Y uso la palabra “mar”, en esta Bolivia mediterránea, porque justamente de eso tratará el tercer y último capítulo de mi periplo en La Paz…

Altiplano

(Nota para españoles: en Latinoamérica, la palabra “mediterráneo” define a los dos países sin mar, Bolivia y Paraguay, y por tanto “en medio de la tierra”… otro conocimiento perdido con la desaparición de la Geografía Universal de nuestros planes de estudio…)

La ciudad cercana al Olimpo

“¿Va a La Paz? Tiene que salir por nacional, no por internacional” Miro al policia de inmigración chileno un tanto escandalizada, caray, córtense un poco, cómo se pasan ustedes de chulos, estoy a punto de decirle, mira que considerar La Paz como un destino nacional… pero nuevamente me traiciona mi disponibilidad a creer cualquier situación surrealista en lo que a pasos de frontera latinoamericanos se refiere. No es que los chilenos consideren La Paz un destino nacional, es que los trámites de inmigración se hacen en Iquique, ciudad en la que el avión hace escala. Cuando compré el billete, pensé que la pésima conexión se debía a las rara vez cordiales relaciones diplomáticas entre ambos países, luego veré que la capital chilena tiene de las mejores conexiones con su equivalente boliviana de la zona: mis colegas de Argentina, Paraguay y Uruguay llegarán tras periplos de horas, mayormente nocturnas, y largas esperas en Santa Cruz de la Sierra.

Viajo a una reunión de directores de Centros Culturales de la zona, y por los escasos vuelos semanales que oferta LAN, que ya digo que luego veré es una oferta comparativamente buena, tengo que ir dos días antes. Es poner un pie en La Paz, y darme cuenta de que dos días de aclimatación igual no es algo tan malo… una oye hablar del mal de altura, del apunamiento, las distintas historias, y luego simplemente aterrizas a más de 4000 metros de altura, que es donde está el aeropuerto de El Alto, y te das cuenta de que el tema es mucho más serio de lo que te habían advertido. Te subes al taxi para bajar a La Paz, que está más abajo que El Alto (suerte de ciudad dormitorio sobre las cumbres de la capital), pero todavía a más de 3500 metros, por lo que el tema apenas remite. Qué narices estaban pensando mis antiguos compatriotas colonizadores para plantar una ciudad allí, es algo que se me escapa. Y de hecho la colocaron aún más alto, en pleno altiplano, se bajaron tras vivir allí una semana, con un frío espantoso y una climatología que impide que crezca absolutamente nada. Un guía me explicará que les interesaba la locación por el oro del río, pero yo no termino de entender la ventaja de encaramarse tan arriba. Porque, sepan mis estimados lectores, que la altura afecta. Y cuando digo que afecta, es que afecta. Durante los siguientes días, caminaré cual viejita asmática, me enfrentaré a las cuestas de la ciudad o a cualquier escalera como si del Everest se tratara, y me quedaré sin aire y con taquicardia a cada poco.

En los primeras horas de trance me acompaña Gastón, el director del Centro en Rosario. Temblorosos y jadeantes llegamos al lindo hotelito de arquitectura colonial en el centro de la ciudad, junto a la iglesia de San Francisco, y con nuestras menguadas fuerzas nos sentamos a tomar el primero de los cientos de mates de coca que tomaremos durante la semana. Algo más respuestos, gatearemos por la empinada vecina calle, llena de tiendas turísticas, y de casas de cambio, para luego bajar (en La Paz no se camina en realidad, se sube o se baja) al hermoso edificio restaurado que ocupa el Centro Cultural de España en La Paz. El recorrido nos mantiene en una permanente sensación de caos ruidoso, lidiando con un tráfico endiablado que nunca remite (cruzar la calle es un ejercicio de alto riesgo), y siempre con miriadas de personas deambulando a todas horas, un día que finalmente logramos trasnochar un poco comprobaremos que la afluencia no baja. Población variopinta, muy joven de media, que combina a encorbatados ejecutivos con “cholas” con mil refajos, trenzas y un absurdo sombrero tipo bombín que sostienen en un admirable equilibrio. Luego me contarán que los refajos fue una imposición de los españoles, que consideraron que el verdadero traje típico, una falda que dejaba las piernas al aire, era poco decoroso; para el bombín hay cientos de teorías, siendo la más curiosa la que afirma que a las costas bolivianas, cuando aún Bolivia tenía costa, llegó una vez un barco cuya mercancía incluía bombines, que se tiraron al descubrir que habían llegado estropeados, para ser recogidos con emoción por las lugareñas.

Llegamos al Centro Cultural en un estado jadeante lamentable, y el equipo hispano-bolivianos nos contempla con la superioridad que otorga una sangre con glóbulos suficientes… aunque acaban reconociendo que aclimatarse del todo, uno no termina de hacerlo, si no has nacido allí: el cuerpo se acostumbra, sí, pero las taquicardias, la mala calidad del sueño, las pesadillas, las dificultades para concentrarse, el quedarse sin aire, es algo que, de alguna manera, se mantiene latente. De nuevo, no sé en qué estaban pensando nuestros antiguos compatriotas colonizadores, con lo listos que estuvieron en Santiago o en Montevideo…

Y sin embargo, en los siguientes días, acabaré encontrándole su aquel a La Paz, esa ciudad cercana al Olimpo, que pareciera hubiera sido planteada para semidioses, y no para simples mortales…

La Paz

 

11 de febrero, 40 años

11 de febrero.

Es una fecha redonda. Es el día que la Virgen de Lourdes eligió para aparecerse a la pastora Bernadette. Es el día en que Pedro Valdivia e Inés Suárez decidieron que el valle del Mapocho era un buen lugar para fundar una ciudad y llamarla Santiago (lo que hicieron en efecto al día siguiente). Es el día en que cayó el Sha de Persia. Es el día en que nació gente muy distinta: Jennifer Anniston y Antonio Machín, Thomas Alba Edison y Sheryl Crow, Sarah Palin y Gabriel Boric Font. Feliz cumpleaños, Jennifer, no te operes más la cara, te vas a estropear con lo linda que eres; feliz cumpleaños, diputado Boric, me toca un pie como vaya vestido al parlamento, pero por favor haga algo para que pavimenten la Carretera Austral.

Y sí, es que una tiende a ver la fecha de su cumpleaños con cierta aureola mágica, yo suelo detenerme en la última media hora de cada 10 de febrero, como si pudiera paladear los últimos minutos de una edad concreta de mi cuerpo, que está a punto de cambiar, y como si el paso del minutero realmente tuviera efectos palpables en mi persona, del minuto 59 al 00, mi cuerpo evoluciona, cambia, madura. No es una transformación simbólica: en un minuto se concentra todo el paso del tiempo, en un minuto soy un año más vieja, en un minuto soy un año más sabia, en un minuto me alejo un año más de la bebé regordeta y rubia (sí, rubia) que llegó en un momento olvidado de la noche. Mis padres pragmáticos no tuvieron el más mínimo interés en memorizar la hora exacta, en abierto desafío a astrólogos, quirománticos y adivinos de cualquier pelaje, pero desde luego fue pasada la cena y antes del desayuno de mi madre, porque nací con hambre, un hambre ruidosa que durante horas las tontas matronas del hospital trataron de acallar con biberones de manzanilla, hasta que finalmente alguien tuvo la inteligencia suficiente de empotrarme un biberón de leche que tragué con furia, furia reivindicativa y suficiente, quiero creer, la suficiencia de la que recibe lo que en justicia cree merecer. No he cambiado, reivindico con ruido mis derechos y los recibo rumiándolos con orgullo, para que quede claro, me lo das porque es mi derecho, no porque sea tu privilegio.

Los 30 me pillaron ya con la oposición aprobada, y recuerdo el alivio con que festejé, trabajo tachado, una cosa menos de la lista, ahora a dedicarme los próximos 10 años al resto de la lista, esa lista que adoptamos todos sin saber muy bien por qué, nadie es consciente, pero todos la tenemos, las mujeres desde luego, así que mi lista supongo incluía los clásicos, casa, marido, hijos… no pensé en ese momento que al colocar el trabajo primero yo ya había invertido la lista, y quizá por eso me salí de ella y nunca más le hice caso. Hoy lo pienso por primera vez: no he conseguido nada más de esa lista imaginaria tontamente autoimpuesta. Pero tengo un coche. Y un microondas, que mis compañeros de promoción de la Escuela Diplomática me regalaron en mi 30 cumpleaños y que ahí sigue.

Si la fecha de nacimiento tiene ya magia de por sí, cuando se le suma el cumplir una cifra redonda, es ya un festejo completo, un frenesí de reflexión contemplativa, qué soy, adonde voy, qué quiero… Una década después de haber agradecido a gritos alegres mi microondas, he construido un hogar en dos ciudades a miles de kilómetros de mi Granada natal, dos ciudades que conocí de niña por referencias literarias sin pensar que acabaría viviendo en ellas. En ambas he conocido a gente de todo tipo, he amado y odiado, me han juzgado para indistintamente condenarme o absolverme, me he perdido mil veces, he hecho los mejores amigos, he perdido a algunos, y para luchar contra la ausencia, empecé a consolarme con el tópico nos reencontraremos en algún lugar, he insistido en tropezarme con la misma piedra hasta desgastarla, he emprendido viajes reales e imaginarios, he mantenido mi fascinación por los pasos de frontera, y he aprendido cosas que nunca imaginé, por la pura simpleza de su existencia obvia.

Y conforme paladeaba la última media hora de cada 10 de febrero que pasaba, me iba haciendo de nuevos propósitos, este año seré más paciente, este año me indignaré menos, este año no me tomarán tanto el pelo, este año seré menos despistada, este año escribiré un libro… y conforme divisaba la llegada de la nueva cifra redonda, complicaba los propósitos, cuando cumpla 40 tendré un perro, o un gato, o un koala, cuando cumpla 40 tendré clara mi vida, cuando cumpla 40 viajaré a los confines de la tierra, cuando cumpla 40 empezaré a quitarme años, cuando cumpla 40 habré escrito un libro, cuando cumpla 40 me operaré las tetas, cuando cumpla 40 seré una señora.

Y ahora, pasada esa media hora mágica, un año más vieja, un año más sabia, un año más lejos de aquella bebé hambrienta, pienso que mi Thermomix me da más alegrías y menos problemas que un koala, que he escrito un libro, que 40 es una cifra demasiado bonita como para ocultarla, que sigo enrabietándome, que sigo despistada, que mis tetas están perfectas, que todavía no sé lo que quiero, sólo lo que no quiero, que he viajado a los confines de la tierra, pero que aún me quedan otros por conocer, y que dentro de 10 años, en el 11 de febrero, solo quiero ser una señora con el sentido del humor suficiente para reírme a las carcajadas de este manifiesto que hoy escribo, con tanta seriedad.

11 de febrero

 

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