Temblando

“Vale, este terremoto sí que lo noté” publiqué hace unos días en mi muro de Facebook. A continuación llegó una cascada de comentarios de mis amigos españoles, uruguayos, etc, todos muy solidarios y aliviados, y otra sucesión de comentarios de mis amigos chilenos, todos corrigiéndome porque había calificado un 5,6 de “terremoto”. Los chilenos tienen muy claro que cualquier cosa por debajo del 7 en la escala Richter es “temblor”. Aunque te tiemble hasta el alma. Temblor, no terremoto. Otra cosa no, pero en rigor sísmico, nadie gana a los chilenos.

Y resulta que la semana pasada tuvimos un terremoto. O dos, en realidad: un 8,3 y un 7,6. En el norte. Es bastante vergonzante, pero lo cierto es que yo me enteré a la mañana siguiente leyendo un whatsapp preocupado de mi amiga Andrea . Yo quiero mucho a Andre, amistad de años cimentada en nuestro libro de cocina , pero en aquel momento pensé que estaba delirando, le contesté con cariño, ay Andre, estamos bien, ya actualizo el blog, no te estreses, pero entonces entraron otros tres whatsapps más de distintos amigos desde España preguntando si estábamos todos bien. Y mientras calibraba posibilidad de que hubiera un virus raro suelto por ahí, agarro el periódico y zas, me doy cuenta de que Chile ha estado sacudiéndose de lo lindo toda la noche, alarma de tsunamis incluida, y mis padres y yo durmiendo a pierna suelta… Es lo que tiene vivir en un país tan largo.

Lo cierto es que cuando una vive en el país más sísmico del mundo, los temblores acaban siendo parte de la rutina, la cosa tiembla de vez en cuando, y al día siguiente lo comentas en el café, sin mucho drama. A veces, la cosa tiembla más de la cuenta, y entonces al día siguiente, prensa, radio y TV arden con análisis científicos en los que se explica la cantidad de energía que el centro de la tierra tiene que liberar aún, en lo que parece ser un intento de tranquilizar a la población. Obviamente no lo consiguen, y así llegamos a los reportajes en los que se explica el “know how” básico en caso de sismo, que incluye el tener siempre cerca de la cama, los zapatos, el móvil cargado y un kit básico con una linterna, dinero y comida. Los zapatos, ok, el móvil imposible o el whatsapp me mantendría eternamente en vela. El kit básico… bueno, el kit básico es como el spray pimienta que tengo en el cajón de la mesilla de noche, por si alguna vez entra alevosamente en mitad de la noche el asesino violador destripador de la muerte. Pues bien, yo estoy segura de que si alguna vez eso ocurre, yo agarraré el spray y entonces, para gran cabreo mío (y descojone profundo del asesino violador destripador de la muerte), resultará que se ha secado por falta de uso. Pues el kit será también algo  así: el día que lo necesite, seguro que se le habrán gastado las pilas a la linterna, o se habrá estropeado la comida, el dinero habrá salido de circulación, o sencillamente, Rosa me lo habrá cambiado de sitio…

El caso es que estos días el norte de Chile siguió removiéndose, aquí en Santiago apenas nada fuera de las habituales sacudidas (y tuvimos varias en febrero, por cierto, es la temporada, me informaron mis rigurosos amigos chilenos), una de ellas, finalmente, un poquito más alta, que me valió mi heroico apunte en mi muro (ferozmente corregido por mis rigurosos amigos chilenos), y así llegamos al viernes de noche en Valparaíso. Yo había llevado a mis padres a una nueva exposición conceptual, que convenientemente destrozaron, y después de cenar nos fuimos para el hotel, un hotelito boutique muy mono en Cerro Alegre, todo madera y escaleras, rehabilitado según la geografìa porteña… y ahí, felizmente instalados, crujió. Quiero decir que el puto hotel boutique todo madera y escaleras rehabilitado segun la geografía porteña, crujió hasta las entrañas y a continuación nos removimos como si aquello fuera a despeñarse cerro abajo…luego remitió, pero siguió meciéndose durante casi un minuto… mi madre y yo lo pasamos agarradas de la mano, pero ahí llegó mi padre a tranquilizarnos, gritando con la boca llena de pasta de dientes desde el cuarto de baño si aquello era un terremoto o el camión de la basura… Paró el temblor, respiramos, mi padre salió del cuarto de baño, aún molesto de que no le hubiéramos aclarado la duda, y en estas se fue la luz, otro clásico de los temblores (amigos rigurosos chilenos informan), así que entonces decidi que era momento de seguir alguna de las instrucciones en caso de sismo: tomé control de la situación y conminé a mis padres a salir de la habitación e ir a un lugar más seguro. A tientas por las puñeteras escaleritas mi padre y yo seguimos a mi madre, y nos fuimos chocando con todos los empleados del hotel, certificando que éramos los únicos huéspedes que habíamos optado por salir, lo que mi padre me hizo notar con enfado. Volvió la luz, retornamos a la habitación, y ahí nos dimos cuenta que no habíamos seguido a mi madre, sino que sencillamente la habíamos dejado atrás. Mi madre se había quedado sentadita en la cama, y nos preguntó tan pancha que a qué cuento venía salir a subir escaleras si se había ido la luz. Mi padre me miró mas enfadado aún pero mi madre no lo dejó despacharse, porque mientras nos había esperado sentada, había elucubrado quien tenia toda la culpa de los terremotos: los cabrones de los yanquis, que no paran de taladrar la tierra para sacar gas a mas profundidad y así no comprárselo a Bolivia, y claro, la tierra se rebela furiosa desde sus entrañas…

El movil rugía con whatsapps. El whatsapp funciona tras los temblores, y con ellos, y con las aplicaciones de medidores sísmicos que todos los habitantes de Chile tenemos descargadas en los teléfonos, descubrimos que había sido un 5,6 con epicentro cercano a Valparaíso. Informé a mis padres, que me contestaron que apagara la luz, que ya era hora de dormir. A oscuras, les dije que tuvieran los zapatos a mano, por si había que salir corriendo. Mi padre me contestó adormilado, en la inconsciencia de haber confundido un 5,6 con el camión de la basura, que tenía sueño y que pasaba de todo. Yo ya me resignaba a buscar los zapatos de todos a oscuras, así que tuiteé mi frustración buscando algo de solidaridad, pero al día siguiente, me encontré con que la respuesta del autor de mis días era considerada reaccion digna de Clint Eastwood, y casi trending topic.

Y bueno, aquí seguiremos, temblando. Ninguna prisa por experimentar un verdadero terremoto… Y esto se lo dedico a mis padres adorados, que siempre han sabido mantenerme en mi sitio, aunque tiemble todo alrededor…

Vigilia en una silla bajo las estrellas

Este fin de semana tuve la oportunidad de hacer algo distinto: pasar la noche en un observatorio astronómico. En La Silla, concretamente. La Silla es el observatorio emblemático del ESO (European Southern Observatory, Observatorio Europeo Austral), ahí se inició en los años 60 la explotación científica de los cielos de Chile (que como ya he comentado alguna vez, son unos cielos magníficos para la observación del firmamento). Tiene telescopios emblemáticos, que han protagonizado alguno de los descubrimientos astronómicos más importantes de los últimas décadas, aunque ahora se han quedado algo opacados por la fama de ALMA, el nuevo telescopio de ESO en Chile.

La Silla está en el desierto de Atacama, literalmente en mitad de la nada. El coche nos llevó por una carretera serpenteante durante casi una hora en la más absoluta soledad. Es parte de la gracia: si no hay poblaciones alrededor, no hay contaminación lumínica que afecte a los telescopios.

Los telescopios (normalmente en edificios circulares con cupulas de techo) son los reyes del lugar, en mimarlos se afanan todos los trabajadores y técnicos, que no permiten que se abran las cúpulas en las (raras) noches de humedad y que custodian la oscuridad de las instalaciones con la misma furia que la Nicole Kidman de “Los otros”: todas las habitaciones tienen gruesos cortinajes que hay que cerrar si se enciende la luz, los coches sólo pueden circular con las luces de estacionamiento, y todos teníamos unas linternitas para poder moverte sin encender luz alguna. Los que más velan por el mimo a los telescopios son los astrónomos, claro está, que vienen de universidades y centros de investigación de todo el mundo, en los tiempos asignados por una comisión a la que se le presentans los proyectos, y decide en qué momento del año puede venir cada uno. No es casual la asignación del tiempo: si por mala suerte en esos días te tocan noches nubladas (que puede ser), te fastidias y tienes que volver a pedir cupo de noches para el año siguiente. Los astrónomos no se llaman “astrónomos” en La Silla, se llaman “observadores”.

Es lo único poético que tienen, porque ahí empezaron mis decepciones: la Astronomía es la ciencia más hermosa, ¿hay algo más romántico y bello que mirar las estrellas?, pero en la práctica no puede ser más prosaica, hay que aceptarlo: una se imagina noches de observación sobre una lente admirando rayos C brillar en la oscuridad más allá de Orión, pero resulta que el Observador ni siquiera observa con el ojo pegado a una lente bajo el telescopio, de hecho es que ni siquiera observa desde el edificio del telescopio, hay un edificio aparte en el que observan en pantallas de ordenador… y en algún caso el Observador ni siquiera está en La Silla, me contaron que uno de los telescopios se controla por internet desde la República Checa.

Si ya de por sí la Astronomía es prosaica, la gente de ESO no se esfuerza precisamente en enmendarlo. ESO tiene a los trabajadores más pragmáticos de la Tierra, y probablemente del Universo. Empezando por las siglas de su nombre, que en español son un horror, y siguiendo por los nombres que le dan a los telescopios: ¿que tienen un telescopio nuevo muy grande (la medida del diámetro de su espejo: 3,6m)? Pues lo llaman “Telescopio Muy Grande” (Very Large Telescope). ¿Qué hacen un telescopio con tecnología nueva? Pues lo llaman “Telescopio de Nueva Tecnología” (NTT, New Technology Telescope) ¿Que planean hacerlo más grande aún? Pues lo llaman “Telescopio Extremadamente Grande” (Extremely Large Telescope, un proyecto en el que ESO trabaja actualmente). ¿Y si construyeran uno más grande aún? Pues parece que conoceremos entonces al “Telescopio Desmesuradamente Grande” (Overwhelmingly Large Telescope)… Yo si me preguntaran sugeriría “Telescopio tan Grande que lo Flipas” (OMG Telescope), pero no creo que me hicieran mucho caso.

El arte ha tenido siempre una atracción por la ciencia, quizá más en su faceta necesariamente contemplativa y reflexiva, pero en los últimos tiempos, son muchos los artistas que se han inspirado en la ciencia más actual, en la tecnología y en todos los procesos de investigación, sin excluir las partes “más áridas”. La Astronomía está entre las favoritas, claro está. Bueno, está claro para todos, menos para los astrónomos, que da la impresión que alucinan con el interés de los artistas en sus observaciones sobre una pantalla de ordenador… aún recuerdo la cara asombrada de un ingeniero aeronáutico muy reconocido, cuando supo que ESO también recibe, y valora, algunas peticiones de residencia para proyectos artísticos. Mi impresión es que ESO ha iniciado está (tímida) colaboración con artistas más por su firme compromiso con la ciudadanía que los costea con sus impuestos, pero no porque se lo crea mucho. Me da a mí que a los trabajadores de ESO les irrita en el fondo el componente romántico que tiene su ciencia: me los puedo imaginar conteniéndose para no decir, señores artistas, que se están equivocando con nosotros, de verdad, mejor salgan con los biólogos, que estudian flores tan preciosas, o analicen a los meteorólogos, que ponen nombre de mujer a todas las tormentas, pero déjennos tranquilitos a nosotros, que no tenemos remedio… no se engañen con lo de ALMA, que no fue un nombre especial para un telescopio que iba a encontrar el “alma del Universo”, en realidad nos salió de casualidad, es el acrónimo de Atacama Large Millimeter/ submillimeter Array…

Pero su empeño es en vano: la Astronomía es romántica a pesar de sí misma. Nuestro guía en La Silla, el Observador Fernando, se pasó un buen rato comentando sobre los nombres de los telescopios y la dinámica actual de observación, y de pronto, casi de pasada, nos enseñó unas fotos que había sacado él en su día, y nos quedamos alucinados con aquellas imágenes maravillosas de nebulosas de polvo de estrellas… y escuchando su explicación sobre cómo nacen los astros, con afirmaciones como “esto está cerca, tan sólo a unos 4000 años luz” o comentando que en definitiva la materia de hombres y mujeres tiene su origen en el polvo de estrellas, la magia volvió de forma natural. Cuando llegamos al Centro de Observación, que no es más que una sala con pantallas de ordenador, Fernando nos comentó que las noches allí pueden ser muy intensas, y nos lo creímos, a pesar de lo adusto de la Declaración de Objetivos Corporativos, en la línea de los “Telescopios Muy Grandes”, que gobernaba la sala: Supervisar el rendimiento a corto plazo y largo plazo de todos los modos de instrumentos de canalización apoyado, para asegurar que ESO entrega datos astronómicos de calidad reconocida y controlada

Anochece en La Silla, empieza a verse la luna y las cúpulas de los telescopios de nombre prosaico se abren majestuosos, en poco tiempo empezará una nueva vigilia de observación. Fernando conversa con Claudio, un pianista que está planteando hacer un concierto al aire libre bajo las estrellas en pleno observatorio, dentro de la campaña del Gobierno de Chile por promocionar sus cielos y su imagen exterior. Analizan si la noche del concierto debe haber luna. Los astrónomos aprecian poco la luna, porque su luz impide que se vean bien las estrellas. Fernando, medio en broma medio en serio, comenta que no descartan la invención de un dispositivo que apague la luna… Está claro: no tienen remedio… Yo inicio una intensa defensa de la luna, que es despachada con resignación por mis acompañantes masculinos: y es que, según me dicen, pues lo han comprobado, esto de que te guste la luna, es muy de mujeres…

Me levanto de madrugada, a la hora en que la luna ya está por esconderse y se ven mejor las estrellas. Paseo por las instalaciones tiritando en plena oscuridad, cruzándome de vez en cuando con sombras de personas que apenas puedo identificar porque nos iluminamos con las linternitas. La Silla está en plena actividad, la cafetería está abierta (sellada con los pesados cortinajes para que no moleste la luz eléctrica), y hay movimiento en el Centro de Observación. Luego por el día nos dirán que no hagamos ruido por los pasillos, porque los Observadores duermen. Me dan ganas de ir al Centro de Observación. Paradójicamente no he mirado por ningún telescopio, porque éstos están para los Observadores, no para los turistas como yo. Por eso me encantaría ir al Centro para observar. Observar las estrellas, claro, pero también para observar a los Observadores, a esta gente que mira sin cesar al cielo y odian toda luz que no sea la de las estrellas. A esta gente empeñada en conocer el origen de todos los orígenes. Los filósofos relativistas seguro que coquetearon con las Astronomía. Es imposible no relativizar con una ciencia para la que 5000 años no es mucho tiempo. Y pensar que Sherezade pasó en vela contando cuentos para salvar su vida “sólo” mil y una noches…

Y fue entonces que decidí obsequiar a La Silla con mi propia Declaración de Objetivos, pero no para sustituir a la que tiene, ESO no necesita que vengamos a hacer poesías con su trabajo. La Declaración de Objetivos era para mí, y para el resto de profanos como yo.

Guardar vigilias, anhelar la oscuridad sin luna. Observar desde una silla lo que sucede más allá de Orión. Arrancar secretos a las estrellas. Mostrar a hombres y mujeres de la Tierra, nuestro verdadero lugar en el Universo

Se la mandé a Fernando, dice que le gusta. Pero cualquiera sabe.

 

Mi pulsera de lapislázuli

Llevo unos días mirando mi pulsera de lapislázuli. Es simple, sencilla, muy bonita. Los chilenos siempre asumen que la he comprado aquí, porque se precian de que Chile es el único productor de lapislázuli. Pero se equivocan. Hay lapislazuli en otro lugar remoto del planeta. Como llegué a tener una joya de lapislazuli proveniente de ese recóndito país, es una historia que se remonta a mis años de Madrid, cuando estaba en el departamento de recursos humanos del Ministerio, cuando mi vida laboral transcurría en un despacho, sin luz natural y algo decadente, de nuestra sede ministerial en un edificio patrimonial histórico, y consistía muchas veces en horas de teléfono y cientos de correos electrónicos con todas nuestras representaciones en el exterior…

(1)
Yo: Hola Javier, al fin te localizo, nunca contestas al teléfono.
Javier: Bueno, querida, disculpa, estoy en la capital de…, las conexiones no son muy buenas, no son las de Madrid.
Yo: ya lo sé, Javier, soy consciente, y de eso quería hablarte justamente, que hemos recibido queja de Oficialía, que se les han quejado los GEOs, que dicen que pasas de ellos y que sales de paseo por allí como si estuvieras en el Rastro de Madrid
Javier: qué gracia que mi seguridad les preocupe a los GEOs y a Oficialía, te hago ver que esa preocupación es intermitente, y se activa a ratos, concretamente, cuando el Embajador se va de vacaciones y yo quedo de Encargado de Negocios. Cuando soy una simple Segunda Jefatura les toca un pie que me vaya solito a pasear…
Yo: tampoco es así, Javier,  son los protocolos de seguridad establecidos, el titular máximo de la representación está particularmente amenazado y de ahí la necesidad de la escolta personal
Javier: ¿te estás escuchando? Mi cuello es el mismo que cuando soy Segunda Jefatura, no se hace de oro cuando me quedo de Enai, es ridículo que solo le preocupe entonces a los GEOs
Yo: tu cuello les preocupa siempre, y particularmente cuando ven que te has largado a pasear por ahí sin consultarles, al mercado que te fuiste el otro día, que me han contado…
Javier: caray, para eso sí que sirven nuestros servicios de información, para contarte que estuve haciendo mandados, salí a hacer la compra, qué pasa, tenía la nevera vacía, me gusta comer, incluso aquí en…, incluso cuando no estoy de Encargado de Negocios, cuando soy una simple Segunda Jefatura…
Yo: mira Javier, que te den, ¿vale?

(2)
Yo: Hola Javier, yo de nuevo, tengo a tu operador de cifra atrincherado en la puerta de mi despacho
Javier: Ex-operador, lo habéis cesado, ¿no te acuerdas?
Yo: ¡claro que me acuerdo! lo hemos cesado porque no parabais de quejaros
Javier: y no parábamos de quejarnos porque era un inútil, menudo mastuerzo que nos habíais enviado…
Yo: Javier, el tema es que nadie le ha dicho que está cesado, así que vino a buscar su billete de vuelta a… tras su licencia, y se encuentra con la noticia, ¿no se lo podíais haber dicho?
Javier: es que el cese llegó cuando él estaba ya fuera, qué se suponía que teníamos que hacer, ¿llamarlo de vuelta para decirle que no volviera más?
Yo: y le tenemos que comunicar el cese nosotros, ¿no? Esto lo hace el jefe superior, oséase, tú
Javier: pero seguro que tú lo haces mejor que yo, se te dan mejor estas cosas…
Yo: mira Javier, que te den, ¿vale?

(3)
Yo: Javier, yo nuevamente, me da la impresión que pasas de mi…
Javier: no sé qué te hace pensar eso, acabas de sacarme de una reunión de alto nivel con los americanos, nos estaban contando su nuevo plan de seguridad…
Yo: no me lo cuentes por teléfono… ¡y te saqué porque llevo ya un día entero dejándote mensajes!
Javier: no los había escuchado… y tranquila, si alguien nos escucha, son los yanquis, no te iba a contar nada que no supieran ya…
Yo: Javier, aún no nos has dicho qué puesto para el año que viene te interesa, en compensación a tu trabajo en…, sabes que tienes cierta preferencia al elegir.
Javier: Ah, sí, pues mira, no me senté a pensarlo todavía, he estado trabajando mucho estos días
Yo: tu compa de embajada ya lo hizo
Javier: mi compa no ha hecho otra cosa desde que puso el pie aquí, lleva meses decidiéndolo, yo he preferido hacer mi trabajo, disculpa
Yo: sin ironías, que yo también intento hacer el mío, pero si tú no eliges ya, no podemos avanzar…
Javier: bueno, te prometo que ya lo miro… ¿pero me dejas volver a la reunión? Es que me parece mal dejarlos plantados para irme a elegir puesto por haber trabajado aquí…
Yo: haz lo que quieras… y que te den, ¿vale?

Tiempo después, un día en que como siempre estaba sentada al teléfono en mi despacho, sin luz natural y algo decadente, de sede ministerial en edificio patrimonial histórico, entró Javier de improviso. Con barba. Cubierto de polvo. Daba la impresión de que venía directo de las montañas de…. Le hice señas para que esperara a que  terminase de hablar, pero él negó con la cabeza, me dejó un paquete encima de la mesa y se fue. Cuando pude abrirlo, allí que estaba la pulsera de plata y lapislázuli, muy simple y preciosa, con una notita:

Querida…: paseaba el otro día por el mercado en…, y me acordé que sigo sin mandarte mis preferencias de puesto, que creo se te siguen quejando los GEOs, y que tienes a un antiguo empleado nuestro haciendo huelga de hambre en la puerta. Espero que aún así estés bien. Vi esta pulsera y me apeteció que la tuvieras, para que te acuerdes de mí también por algo bonito. Un abrazo, Javier.


Los diálogos de esta historia no son reales, fueron reconstruidos libremente de recuerdos pasados. Recuerdos que ahora me resulta complicado revivir con nitidez por la pena, mientras miro mi pulsera de lapislázuli. La pena de pensar que nunca más tendré a Javier al otro lado del teléfono o entrando por sorpresa en mi despacho. Porque creo que aquella mañana en mi despacho se ha convertido ya en la última vez que lo vi. Y ahora que nos ha dejado para siempre, este es mi modesto recordatorio de Javier, un diplo como la copa de un pino y una gran persona.

Caupolicán y el clavicordista de la princesa

Las amigas se miran en silencio alrededor de una mesa con vasos de cerveza y vino… el silencio es denso, cargado de tensión… nadie habla, hasta las respiraciones pesan… de pronto, unos murmullos…  Caupolicán se podía haber quedado quietito con el tronco de las narices, Rubén Darío podía haber escrito sobre puñeteras golondrinas como todo el mundo, que son inmediatamente reprimidos por las miradas asesinas del resto. Y vuelve el silencio cargado de rencor acumulado…

Veinte años atrás. Primavera. Una clase de un instituto de secundaria en algún lugar de España… los alumnos escuchaban la explicación de doña Carmen, la profesora de Literatura. La lección del día era sobre Rubén Darío, y en España los alumnos estudian a Rubén Darío con el poema “Caupolicán”, aquel que relata el nombramiento del líder araucano como “toqui” de la tribu mapuche tras cargar un pesado tronco…. una alumna fue invitada a leer en voz alta su comentario de texto… doña Carmen escuchaba, haciendo girar el bolígrafo entre sus manos en un gesto característico, el resto de la clase seguía las palabras en medio de un sopor llevadero y soportado sólo por la perspectiva de que ya quedaba menos para salir al recreo y disfrutar del sol primaveral. Y de pronto, la voz de la alumna concluyó “…y entonces, Caupolicán muere”. El bolígrafo se detuvo, las miradas extrañadas de los alumnos se posaron sobre su compañera, mientras ella insistía: “está claro, se muere al final”. Doña Carmen intervino con calma adquirida de años de enseñanza, “¿de donde sacas esa idea?” “del mismo poema, lo dice clarísimo: e irguióse la alta frente del gran Caupolicán… está clarísimo, se muere” “¿cómo se va a morir si alza la frente?!!” “Como los cisnes, alzan la cabeza antes de morir, es una metáfora del poeta”

Y entonces siguió un animado debate sostenido por la alumna (Alba), doña Carmen y las amigas de Alba, que trataban de convencerla en vano, mientras el resto de los alumnos, a los que les tocaba un pie el destino de Caupolicán, veían con desánimo que ese día saldrían retrasados al recreo…

Años después, Alba y sus amigas se seguían encontrando regularmente. La vida les había ido llevando por distintos caminos y geografías, pero aún así, lograban coordinar sus agendas para encontrarse en su ciudad natal de vez en cuando. Reían, se emborrachaban, recordaban anécdotas juveniles, lo normal de ese tipo de encuentros. Lo malo es que siempre, de una manera u otra, el recuerdo de Caupolicán volvía, y entonces, con la misma pasión adolescente, y el mismo convencimiento absoluto, Alba nuevamente defendía que Caupolicán muere al final del poema, provocando la misma febril discusión de antaño, pues el resto seguía sin rendirse en su afán por sacar a su amiga de su error absurdo.

Los años pasaban, y la discusión se repetía con idéntica intensidad una y otra vez. Hasta que una vez, pasados 20 años desde aquella fatídica clase, las amigas acordaron reunirse una hora antes de que llegara Alba. Llegaron al bar acordado para la cita, se sentaron, pidieron bebidas y escucharon a Angélica, organizadora de la reunión, resumir los sentimientos comunes del grupo: “creo que es hora de asumir nuestro fracaso, nunca convenceremos a Alba de que Caupolicán no se muere al final del poema, y no vale la pena que sigamos intentándolo” Las demás se mostraron de acuerdo, era mejor olvidar el maldito asunto de una vez por todas. “Vamos, ¡es que es ridículo después de tantos años! siguió Angélica, animada por el éxito de su discurso, “es como si ahora nos pusiéramos a discutir de cuándo Lucía decidió que se había muerto el clavicordista de palacio…”

Para qué. Todas miraron a Angélica horrorizadas, que deseó que la tierra la engullera para siempre por el cataclismo que acababa de desencadenar con su palabras, y en seguida, Lucía empezó la más fiera argumentación de su vida… Porque los niños en España cuando estudian a Rubén Darío, no sólo leen sobre la gesta de Caupolicán y el tronco, también analizan el poema de la princesa triste, qué tendrá la princesa, con suspiros que escapan de su boca de fresa…

Veinte años menos unos cuantos días. Primavera también. Sopor llevadero y soportado únicamente por la perspectiva de un cercano recreo bajo el sol. Una alumna lee su comentario de texto seguida pacientemente por doña Carmen haciendo girar su bolígrafo entre las manos… hasta que de pronto, se escuchan sus palabras: “la princesa está triste porque se ha muerto el clavicordista de palacio…” Bolígrafo que se detiene, miradas sorprendidas, mientras Lucía ahonda en su afirmación: está mudo el teclado de su clave sonoro… ¿veis? por eso está triste la princesa, porque se ha muerto el clavicordista de palacio y ya nadie toca el clavicordio para ella…” Doña Carmen suspira, la calma adquirida de años de enseñanza puesta finalmente un poquito a prueba, mientras las amigas de Lucía y Alba se enfrascan en una nueva discusión furiosa, bajo la desesperación del resto de la clase, que nuevamente ven evaporarse su recreo bajo el sol por la insistencia de esas petardas en matar a todo aquel salido de un poema de Rubén Darío.

Y la discusión seguía, veinte años después. Pero el problema aquí no era tanto por si la príncesa estaba realmente triste porque nadie le tocaba el clavicordio (“¿soy yo la única que ve la obsesión sexual clara que subyace en esa interpretación absurda??!!” había gritado una vez Angélica en plena pelea), sino porque en el grupo nunca llegaba a haber acuerdo sobre quién había protagonizado la anécdota: la mitad estaban convencidas de que había sido Lucía, mientras que ésta, furiosa, sostenía que ese comentario de texto era también de Alba, que no contenta con matar a Caupolicán, también se había propuesto matar al clavicordista de la princesa.

La discusión se alargó durante una hora, en voz en grito. Ataques, reproches, acusaciones, heridas mal cerradas y rencores añejos fueron sucesivamente lanzados como armas arrojadizas entre las antiguas amigas, hasta que finalmente el dueño del bar, las amenazó con expulsarlas si seguían armando escándalo. Y entonces todas se callaron. Y esperaron en tenso silencio la llegada de Alba. Todas asumían que la amistad del grupo pendía de un hilo, y se preparaban para intentar por todos los medios evitar el tema prohibido en las siguientes horas. El temor era generalizado, todas sabían que cualquier conversación banal acabaría más pronto o más temprano en Caupolicán, en la princesa triste o en su clavicordista.

Y en estas llegó Alba, “¿lleváis mucho rato esperando?”… la chica no pareció reparar en las caras ceñudas de sus amigas y siguió hablando: “¿A que no sabéis quién se ha muerto?… Doña Carmen, la profe de Literatura del instituto, ¿os acordáis de ella?…estaba ya muy mayor, pobrecita… joder, cómo la volvimos loca con lo de Caupolicán y el clavicordista, ¿os acordáis?… qué fuerte… bueno, ¿pido otra ronda?…”

Aquella noche se alargó más de lo habitual. Las amigas bebieron, rieron, lloraron, se emborracharon, cantaron un poco, y sobre todo, recordaron. Recordaron tiempos pasados, amores y momentos que habían parecido sepultados por el tiempo, decepciones, ambiciones, sueños conseguidos y sueños frustrados. Y al final se abrazaron llorando. Porque si veinte años después seguían preocupándose de si Caupolicán moría tras cargar su tronco, es que ellas seguían vivas.

(Inspirado muy libremente en una anécdota de juventud. Dedicado a las verdaderas Alba, Angélica y Lucía)

… y fueron felices y comieron perdices…

Iba yo tan rícamente hace unos días paseando por Chicago (sí, Chicago), cuando de pronto se me apareció un espíritu con la cara  de Katherine Heigl. Lo juro, era igualita. Sí, la actriz que interpretaba a esa petarda que no tenía otra cosa que hacer en la vida que ser dama de honor de 27 amigas suyas, en la eterna espera de encontrar marido. El espíritu con cara de Katherine Heigl me miró sonriendo y me dijo: “querida, paseas sola, es Chicago, hace un sol divino de otoño, luces preciosa y juvenil, pero sencilla, nada escandalosa, qué gorrito de lana tan monísimo… está claro, hoy conoces al Hombre de tu Vida… sí, es hoy, hoy toca… será un hombre espectacular, con el físico de James Mardsen, Gerald Butler o Edward Burns… Hugh Grant está algo más pasado de moda… tendréis un encuentro casual, quizá accidentado que te haga enfadarte con él al principio, pero la química será tan fuerte que no podrás resistirte… eso sí, tardarás en aceptar que es el Hombre de tu Vida, y desde luego no lo besarás en seguida… no, no porque compartas habitación de hotel con tu prima, sino porque has sufrido muchas decepciones en el amor y tienes miedo de volver a enamorarte y sufrir… es posible que él también tenga miedo de volver a enamorarse y sufrir… que no, que aunque eches a tu prima del cuarto, que no lo vas a besar en seguida… y luego te lo encontrarás de nuevo en Chile, y ahí seguirás con el miedo a enamorarte y sufrir, por lo que seguirás sin atreverte a dar el paso, pero finalmente, tras una conversación reveladora con tu Mejor Amigo Gay, te darás cuenta de que debes apostar para ser feliz y correrás tras él… vuestro primer beso será en público y todo el mundo alrededor aplaudirá. Os casaréis, seréis felices, tendréis muchos hijos y comeréis muchas perdices” Y así, el espíritu con cara de Katherine Heigl desapareció. Y yo lo supe. Con total seguridad. Mi día perfecto en Chicago tendría una falla porque desde luego no iba a conocer al Hombre de mi Vida, no me iba a casar con él ni iba a tener muchos hijos, así que nunca sería un día totalmente perfecto. Tenía que asumirlo: soy una víctima más de las comedias románticas de Hollywood.

Es alucinante que lo sea porque no soporto las comedias románticas de Hollywood y me niego en redondo a ir a ver una voluntariamente. Pero aún así, se te cuelan en tu vida: sufres insomnio en un avión y te está poniendo una, o te equivocas y te metes en la sala equivocada del cine, o vas con un grupo grande a ver otra película, no hay entradas, y de una manera absurda la mayoría decide ir a una comedia romántica (la democracia está sobrevalorada en las relaciones de amistad), o estás enfermo en casa viendo la tele, se le acaba la pila al mando a distancia y no puedes cambiar de canal, o estás prisionera en Guantánamo, etc, etc. En fin, que hay múltiples maneras de que una acabe viendo una comedia romántica de Hollywood en contra de su voluntad. Y yo las odio, porque de forma inconsciente, influyen en mi vida…

Antes de seguir, que quede claro, por “comedia romántica de Hollywood”, me refiero a esas historias protagonizadas por una treinteañera urbana, con gran éxito profesional y buen nivel socioeconómico, pero que por supuesto es profundamente desgraciada porque está soltera y sin hijos, cuando todo el mundo sabe que la única fuente de felicidad final de una mujer son el marido y los hijos. La película cuenta como conoce al Hombre de su Vida, cómo no se quiere dar cuenta porque ha sufrido muchas decepciones y tiene miedo de volver a enamorarse y sufrir, pero cómo finalmente decide abrir su corazón. Y se casan, son felices, y comen muchas perdices.

A mí las comedias románticas de Hollywood me ponen nerviosa porque añaden un punto de amargura o de simple cabreo a mi vida. Lo de Chicago no es más que un ejemplo, hay otras ocasiones… por ejemplo, las comedias románticas hacen que mis días asquerosos sean aún más asquerosos. Todos tenemos días malos, días asquerosos, días en los que uno debió quedarse en la cama. Yo últimamente los llamo “Días Dracarys”, en homenaje a Danaerys de “Juego de Tronos”, que cada vez que se cabrea grita “dracarys”, y cualquiera de sus tres dragones, o los tres a la vez, chamuscan al subnormal con pintas que la ha cabreado. Yo en esos días asquerosos me encantaría gritar “dracarys”, y chamuscar a un subnormal con pintas, cualquiera de los muchos que una se cruza en un día asqueroso. Y el no tener ni tres, ni dos, ni un dragón al que gritar “dracarys” es factor de mosqueo añadido…

Pero esos días asquerosos suelen ser los escenarios favoritos de las heroínas de las comedias románticas para conocer a sus respectivos Príncipes Azules. Ellas suelen toparse con el Hombre Ideal en medio de un día horrible, pero como están inmersas en su amargura, no se dan cuenta, de hecho son las únicas que no se dan cuenta,  porque todos los espectadores en el cine, las moscas que revolotean por la sala del cine, las cucarachas que escarban en la basura del cine, todos tienen clarísimo que el subnormal que normalmente una querría chamuscar si tuviera dragones, es el Hombre Ideal de la heroína. Sólo ella no se da cuenta, básicamente porque es idiota, más todavía que el subnormal, porque aunque sea una mujer con carrera profesional, no tiene marido ni hijos, así que algo de discapacitada debe de tener… cómo supera su incapacidad fundamental y se acaba dando cuenta, es el resto de la película.

Pues bien, yo por culpa de las comedias románticas de Hollywood me cabreo aún más en un día asqueroso. Yo llego a casa en plan, bien, hoy me peleé con mi jefe, me peleé con la mitad de mi equipo, me peleé con mi padre, se fue la luz antes de que pudiera guardar el informe infecto con el que llevo 3 días peleándome, el internet ha ido de pena y por eso no entró ningún correo a tiempo y mañana me esperarán todos, una niñata esquelética en una tienda miró con superioridad mis muslos antes de anunciarme que no tenía pantalones de mi talla, al meter el coche en el garaje lo rallé contra esa maldita columna que se cambia de sitio todos los días, en mi nevera sólo hay un cartón de leche caducado, ninguna amiga coge el teléfono, me hice una rozadura en el pie y no encontré una maldita tirita (curita) en todo el planeta así que estoy cojeando, no tengo ningún dragón al que gritarle “dracarys”, y encima NO HE CONOCIDO A MI PRÍNCIPE AZUL…

Luego está el hecho de que las comedias románticas de Hollywood me hacen pensar que no tengo los amigos adecuados, particularmente los amigos gays adecuados. Yo tengo amigos maravillosos, y los amo. Muchos de ellos son gays, por cierto. Todos mis amigos me apoyan y están ahí cuando los necesito, pero las comedias románticas a veces me hacen sentir que no hacen lo que tendrían que hacer. Las protagonistas de las comedias románticas siempre tienen un Mejor Amigo Gay (a veces su vecino, a veces su compañero de piso) que no parece tener nunca mejor cosa que hacer que esperarla en casa con uno tarro de helado de chocolate para consolarla. El Mejor Amigo Gay es monísimo y elegante, da consejos amorosos que normalmente incluirán una frase de una canción de Barbra Streisand o de Madonna, no tiene vida propia, por lo que si hay que coger un avión para ir a otra ciudad a escuchar los gritos histéricos de la protagonista, lo hará, y, lo dicho, siempre tienen un tarro de helado de chocolate en la mano,es como los uruguayos con el mate, se podría decir que salieron del útero materno con el tarro de helado de chocolate en la mano. A veces hay variaciones, una bolsa de patatas fritas, una botella de vodka, (hubo un tiempo que era un paquete de cigarrillos pero eso ya está prohibido). Pero el Mejor Amigo Gay nunca tiene otra cosa en la mano, no sé, un libro o una azada para cavar…

Hay una variación al Mejor Amigo Gay: la Mejor Amiga Chistosa. La Mejor Amiga Chistosa suele ser más patética aún, está clarísimo que no tiene vida propia por lo que realmente la única razón de su existencia es escuchar los llantos de su amiga protagonista (normalmente en un café super mono o en unos grandes almacenes probando perfumes), suele estar gorda (a diferencia de a la protagonista y al Mejor Amigo Gay, a ella sí que le engorda el helado de chocolate, las patatas fritas y el vodka), y sus consejos irán de la amargura profunda, a la filosofía de Corín Tellado. Pero desde luego su intervención será decisiva para que la protagonista se de cuenta de que debe de dar el paso y abrir su corazón a pesar de haber sufrido muchas decepciones y tener miedo de volver a enamorarse y sufrir.

Pero si hay algo que me irrite más que el hecho de que mis amigos maravillosos sean infectados por la duda insultante de si esos clichés patéticos serían mejores compañeros de vida, es que las comedias románticas también han infectado mis viajes en solitario. Yo llevo mucho tiempo viajando sola. Empecé a los 17, desde París me fui a Holanda, a visitar a unos amigos de mi familia, y desde entonces no he parado, me gusta viajar sola, también me gusta viajar en compañía, pero viajar sola siempre me ha divertido. Hasta que un día que estoy subiendo fotos a Facebook de una última escapada en solitario, un amigo me comenta “desde Comer, Rezar, Amar, está el mundo lleno de tías viajando solas..”… y desde entonces mis maravillosos viajes solitarios han quedado tintados de la sospecha de que si no como cual gorda feliz (pero sin engordar), si no rezo cual monja budista feliz, y, lo más importante, si Javier Bardem con camisa de lino dejando adivinar pectorales no aparece y me consquista, de forma que yo abandone mis temores por haber sufrido muchas decepciones de volver a enamorarme y sufrir, mi viaje habrá sido un fracaso.

En definitiva, lo más irritante de las comedias románticas de Hollywood, es que Hollywood inventó estas comedias en los años 30, pero lo hizo con una Rosalind Russell quedándose con un egoísta y encantador Cary Grant, pero porque este le divertía más y le ofrecía un futuro profesional aparte de amor; con una Katherine Hepburn obligando a Cary Grant (todas tenía que ligarlas el pobre) a pasearse con un tigre a cuestas durante toda una noche antes de que él aceptara que ambos estaban hechos el uno para el otro; con una Barbra Stanwyck subiéndose a un par de libros para alcanzar a Gary Cooper y poder plantarle un beso sin pedirle permiso y sin preocuparse de las consecuencias (porque si tienes a Gary Cooper delante, lo besas sin ponerte a pensar en que vas a volver a enamorarte y sufrir, lo besas y punto, leñe); y con una Lauren Bacall volviendo loco a Humphrey Bogart con un “si me necesitas, silba…” Y 80 años más tarde, Hollywood nos planta a Sandra Bullock arrodillada pidiendo matrimonio a un pazguato, a Drew Barrymore convocando a toda una cancha de fútbol como única forma de conseguir que la bese alguien, a las inteligentes y divertidas protagonistas de “Sex and the City” convertidas en unos mamarrachos infantiles inseguros con la menopausia, a Cameron Díaz renunciando a ser arquitecta para casarse, a Julia Roberts haciendo el idiota para agenciarse tipos que desde luego NO son Cary Grant ni Gary Cooper… ¡y además incluso nos dicen que todo eso representa el feminismo del siglo XXI…!

Chicas, ¿qué coño nos ha pasado…?

 

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