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#metoo vs #notmetoo

Tengo una amiga funcionaria, grupo A, bien posicionada y respetada en su departamento. Hace unos años tuvo que aguantar a un jefe baboso. No era jefe suyo directo, pero él tenía que dar el visto bueno en determinados documentos que salían del departamento de mi amiga, lo que la obligaba a tratar mucho con él. El tipo era un baboso de libro. De esos que solo te miran las tetas y hace chistecitos (sin gracias alguna) sobre lo guapa que estás, chistes que no te hacen sentir mejor en absoluto porque no tienen gracia, y porque no te apetece que un viejo desagradable te haga patente que se está imaginando cómo sería montárselo contigo. Que lo piense si quiere, pero que no lo comparta, leñe. Pero al baboso, mi amiga le gustaba más aún que al resto, o simplemente la vio más accesible, cualquiera sabe. El caso es que el tipo la acariciaba en los brazos, o incluso en las piernas si estaba sentados, a la menos ocasión, y con cualquier excusa. Le echaba miradas super desagradables. Hacía comentarios sobre su ropa: si iba algo “destapada”, pues nada, a celebrarlo con las “gracias” de siempre. Si iba tapada hasta el cuello, en la ingenua creencia de que eso la salvaría, al contrario, el tipo se pasaba media reunión lloriqueando por lo tapada que iba. Que el tipo era un baboso lo sabía todo el mundo. Pero con respecto al tratamiento especial que daba a mi amiga, ésta había optado por no contarlo a nadie excepto a nosotras, sus compañeras de café y amigas. A su marido prefería no contarle nada. Pero era tan evidente que su jefe directo y sus compañeros acabaron notándolo. Así que lo que hacían era evitarle ir a esas reuniones. O permitirle entregar telemáticamente los informes. O incluso, si no había otra que ir a una reunión con el baboso, ellos se colocaban físicamente rodeando a mi amiga para que el tipo no pudiera ni rozarla. Eran buenos tipos. Pero lo curioso es que a ninguno se le ocurrió decirle nunca, oye, por qué no denuncias a este impresentable. Tampoco hablaron con el tipo directamente, o informaron a superiores comunes. Tampoco lo hicimos ninguna de sus amigas. Sabíamos que al final la cosa se volvería en contra de mi amiga, que se montaría un escándalo, que todo el mundo la señalaría, que tendría detractores, que todo el mundo opinaría, muchas veces criticándola, y que habría quienes defenderían al tipo desde lo alto porque era un jefe con muchos contactos…ella lo sabía, así que lo fue llevando como pudo y, eso sí, cuando el tipo se jubiló y le dieron una copa de despedida, ni ella ni otras muchas fuimos, en señal de solidaridad. Hubo quien nos lo afeó: como sois, si el tipo es así, no puede evitarlo, si ya se jubilaba…

 

Tengo otra amiga. Aprobó unas oposiciones dificilísimas. De esas que los abuelos ponen de ejemplo cuando quieren hablar de alguien muy listo o trabajador. Las aprobó. En su promoción apenas había mujeres, eran todo tíos. Un día salieron de marcha todos, y uno de ellos, que era conocido por ser “rarito”, se tomó dos copas de más y se puso super pesado con ella. Baboso. Pesado. Nada de flirteo inocente. Cuando un tío se te pone pesado en un bar y no hay manera de quitártelo de encima. Al final se fue a su casa porque no podía aguantarlo más. Compartió taxi con otros dos compañeros que estuvieron de acuerdo con ella en que el tipo se había pasado varios pueblos. Al día siguiente, mi amiga fue al despacho del tipo, y le hizo ver lo absolutamente desubicado que había estado. Le preguntó si le gustaría que alguien hubiera tratado así a una hermana suya. El tipo se enfureció, negó todo, y empezó a criticarla siempre que podía. Automáticamente, toda la promoción se colocó en una pura y exquisita neutralidad, no queremos meternos, todos, incluidos los que la habían acompañado en el taxi. Pasadas unas semanas, mi amiga se dio cuenta de que ya no la llamaban para quedar, y cuando preguntó, le dijeron que preferían no llamarla, para que no coincidiera con el tipo. Como ahora andáis peleados… Al final, mi amiga tuvo que transigir, arreglar como pudo la situación, ¡cómo si la culpa fuera suya!, porque veía que iba a quedarse sin amigos en el trabajo.

 

Estoy hablando de dos funcionarias de la Administración. En donde hay leyes que nos protegen. Un oasis en el que la igualdad está más que reconocida, en donde se supone que no hay discriminación. Y aún así… son cosas que pasan, a diario, que te pueden pasar a ti, aunque estés en un puesto alto, en una buena situación. Y no se habla del tema porque al final, si la cosa no se desmadra mucho y no pierdes tu puesto, o algo irremediable, pues te aguantas. De hecho, mis dos amigas no existen como tales. Son una mezcla de varias, he distorsionado datos, porque sé que si las protagonistas reales se reconocieran en mi blog se sentirían muy incómodas. Son temas desagradables, cosas que pasan, que no apetece airear. Lo del #metoo no cala aquí.

 

Por eso es tan fantástico lo que estas mujeres de Hollywood han hecho. Porque al decir #metoo aparte de dar voz a las que no tienen poder, ni capacidad alguna, a las débiles, han dejado claro que estas cosas que pasan pueden pasarnos a todas, incluso a las que nos sentimos protegidas por nuestra posición, por nuestra situación económica, por nuestra ubicación social. Si le pasó a Salma Hayek, a Ashley Judd, a las dos actrices que interpretaban a unas brujas buenas que luchaban contra el mal con tacones y minifalda…(y que apenas han vuelto a actuar, por cierto y ahora sabemos por qué), al final te das cuenta que te puede pasar a ti también. Por eso es alucinante lo que hicieron. Y por eso todas nos emocionamos cuando Oprah gritó but their time is up .

 

Bueno, no todas. Las mujeres somos tan diversas como los hombres, y de todo hay en esta viña de Zeus. Es curioso porque en mis años de diplo en el exterior, siempre he sostenido con uñas y dientes que España no es más machista que otros países de Europa. Una especie de leyenda negra actualizada nos señala a veces como tales, y yo defiendo a los hombres (y mujeres) de mi país. No somos los más machistas de Europa. Y muchas veces añado, “en mi opinión, Francia es tanto o más machista”. Es verdad que es el país de Olympe de Gouges, de Flora Tristán y de Simone de Beauvoir. Pero también es el país en el que a Edith Cresson en su discurso de investidura como PM de Mitterrand, le gritaron obscenidades e insultos que nunca escuché en un parlamento español. Es también el país que considera que era super moderno tener a un presidente polígamo manteniendo a sus dos mujeres en la casa oficial pagada con los impuestos de los ciudadanos. El país en el que muchos están seguros de que su presidente actual es gay sencillamente porque está casado con una mujer 24 años mayor. Así que el manifiesto de las 100 intelectuales y artistas contra el #metoo no me ha sorprendido mucho. Me ha cabreado, obviamente también ha habido mujeres en Francia igualmente cabreadas, y realmente, como europea, me hubiera gustado que este movimiento hubiera tenido más mujeres de aquí equivalentes a las de Hollywood. Quizá nadie acosa ahora a Catherine Deneuve (no por ser vieja, sino porque es poderosa). Pero me apuesto la mano derecha a que sí tuvo que aguantar lo suyo cuando era una actriz joven y poco conocida. O no tan conocida. Nadie le pedía que lo contara, pero su cinismo al firmar ese manifiesto retrógrado ha sido decepcionante. Y encima seguro que todas se creen super modernas y valientes.

Pero ya digo que no me ha sorprendido. Porque esto de definir el acoso sexual como flirteo o seducción es algo de toda la vida. Tan viejo como definir la violación como un acto consentido en el que la mujer es demasiado tonta como para darse cuenta de que era consentido, o sencillamente, se ha enfadado y busca vengarse de cualquier forma. Y de la misma actualidad. No hay más que dar un repaso a la vomitiva defensa de los “buenos hijos” de La Manada. 

Pero bueno, estaba claro que no iba a ser fácil. Hay que seguir. Their time is up. Tandis que le votre, chères demoiselles, c’est tout à fait fini. 

 

#metoo

Time Person of the Year

 

Dedicado a mi arrendador, Eduardo Cespedes Ayala

Estaba hoy haciendo limpieza de papeles y me encontré con el intercambio reiterado de correos con mi antiguo arrendador chileno a propósito de la devolución de mi fianza… mis lectores lo han adivinado correctamente: NO me devolvió mi fianza, a pesar de que dejé todas los gastos pagados y la casa en perfecto estado. Me dicen mis amigos chilenos que esta es una práctica habitual, pero eso no significa que sea una práctica correcta. Así que este capítulo va dedicado a mi arrendador chileno, Eduardo Cespedes Ayala, de Coml Chamal, y a los actuales inquilinos del departamento situado en la Avenida del Cerro, 1823, número 603, Providencia, Santiago. Queridos, no os conozco, pero tenedlo muy claro: Eduardo Cespedes Ayala NO os va a devolver la fianza.

 

A mí siempre me han fascinado estas personas que viven como millonarios, se comportan como tales, pero que viven siempre pendientes de ahorrarse el más miserable peso, normalmente a tu costa. Aquí el amigo Eduardo Cespedes Ayala vive en un barrio acomodado, su mujer pasa el invierno en Miami, y la corredora inmobiliaria me decía siempre que era un hombre ocupadísimo… demasiado ocupado como para, por ejemplo, contestar mis correos cuando le decía que tenía una gotera sempiterna en el cuarto de baño, o que en la vieja moqueta de la casa se habían desarrollado ya formas de vida propia. Eso sí, su vida ocupada no le impedía pedirme, periódicamente, que le adelantara la renta del departamento. Lo alucinante es que esto no lo hacía personalmente, sino que usaba a una intermediaria (la corredora), que me decía que el buen señor estaba demasiado ocupado como para pedírmelo personalmente. El día que yo le contesté que yo los favores los concedía a petición personal, se rebajó a mandarme un correo electrónico. Accedí a adelantarle la renta un par de veces. A la tercera me harté y le hice ver que pagar la renta con 10 días de antelación era bastante abusivo… y entonces me dijo que tenía grandes problemas de liquidez. Amo esta expresión. Me encanta la gente que tiene problemas de liquidez. Su mujer en Miami, él con casa en La Dehesa, y yo impidiendo que le cortaran la luz por impago adelantándole el alquiler…

 

La mayoría de los chilenos no tiene problemas de liquidez. Qué va, son gente que llega justo a fin de mes, pero aún así son gente honrada, que pagan sus deudas puntualmente. Sin embargo, cuando alguien cataloga a todos los chilenos como a gentecilla como el propietario de mi departamento de Santiago, ellos no protestan, y lo asumen cual condena bíblica.

 

El día que protesten, quizá el país cambie. Porque cuando uno protesta contra las pequeñas injusticias, también se rebela ante las grandes. Por eso desde aquí les digo a mis lectores chilenos: cuando os encontréis un Eduardo Cespedes Ayala (de Coml Chamal) en vuestras vidas, haciendo de las suyas, no os conforméis. No les deis el gusto.

 

PD: Inquilinos de la Avenida del Cerro, 1823, departamento 603, Providencia, Santiago: en serio, que NO os va devolver la fianza. Tras llamar mil veces a la corredora, a la pobre le dio vergüenza y me reconoció que nunca la devolvía…

 

Eduardo Cespedes Ayala

 

Mi vitrina encuentra su sitio

– ¿Y este monstruo, donde lo dejamos?

Los tres tipos me miran jadeantes, expectantes, se ve que tienen un punto de preocupación de que les suelte un, anda, pero si esto no había que subirlo (preocupación de ver qué narices hacían luego con mi cuerpo, porque yo creo que tendrían clarísimo el asesinato como respuesta a un comentario mío así). Mi reacción no obstante les sorprende: una sonrisa de oreja a oreja y una respuesta clara: “va ahí, en esa pared”.

Y a continuación, les hablo de mi vitrina. Porque el monstruo, como claramente habrán adivinado mis lectores habituales, es mi vitrina, que ha llegado a nuestro nuevo hogar. Mi vitrina (les cuento a los operarios y resumo aquí para los que recién aterrizan a este blog): fue comprada en un remate en un anticuario de la Ciudad Vieja de Montevideo, y restaurada con la ayuda de un herrero profesional del que nunca supe su nombre, todos lo llamaban “el portugués”. Vivió los años uruguayos en la planta baja de la residencia oficial porque subirla a mi piso noveno del bulevar Artigas costaba tres veces su precio. Los operarios de la empresa uruguaya de mudanzas, al verla, la definieron como una “pecera gigante”. Atravesó la cordillera de los Andes en medio de un temporal de nieve, sobrevivió temblores varios, y un terremoto en todo rigor. Y ahora por fin, tras atravesar medio Pacífico, el canal de Panamá y el Atlántico, desembarcaba en Europa.

Los operarios españoles me escuchan con atención, me parece que incluso la miran de otra manera, como dándose cuenta de que no han cargado un armatoste absurdo, sino un objeto con una historia. Vivimos rodeados de objetos con historia, ya lo he contado repetidas veces. Y añadiría incluso que de objetos con personalidad propia. Mi Thermomix es más maja que la de mi hermana y la de mi madre, se le ve a la legua: le ha sentado bien conocer mundo. Hace unas semanas leí el libro de una japonesa, Mari Kondo, que enseña cómo tener la casa ordenada. No es algo tan sencillo, ya que la tipa lleva años viviendo del tema, y publicitando el “método KonMari” (o método MariKon, aunque en el mundo hispano predomina la primera versión, por razones obvias). El método básicamente parte de que tenemos demasiadas cosas y de que hay que tirar la mitad si quieres tener orden en tu casa. ¿Cómo hacerlo? Pues ahí llega lo llamativo: Mari no dice que haya que desechar las cosas en función de su utilidad, sino en función de si te aportan o no alegríaMe conquistó con eso, lo reconozco. Porque así catalogo yo mis cosas. Estoy yo cada vez más feliz contándoles a los operarios la historia de la vitrina, cuando uno de ellos rompe la magia al preguntar, oiga, y esto para qué sirve. Yo lo miro estupefacta: ¿para qué demonios va a servir un monstruo de cristal de media tonelada? ¡Para nada! Pero, ¿y lo contenta que me puse al verla aparecer? Trato de explicarle al tipo, pero ya se ha ido a subir más cajas y renuncio.

La verdad es que los operarios de la empresa española se han distinguido por su actitud concienzuda. Llegaron tempranito y cuando les pregunté si tardarían los dos días que habían tardado antecesores suyos en otras ocasiones, relincharon de la risa. ¡Dos días, si le dijéramos al jefe que vamos a tardar aquí dos días nos despide! Yo no supe muy bien si compadecerlos o felicitarlos, pero en el fondo estaba feliz de que solo fueran a tardar un día (fue menos al final, incluso). Mi felicidad la compartió un colega de la Oficialía Mayor del Ministerio, porque en mi contenedor iba una alfombra de la Embajada que había que restaurar. (Esto no debiera contarlo, pero qué narices, lo cuento para que se sepa mi dedicación a mi Ministerio: conmigo ahorran hasta en el transporte de sus enseres). Y poco a poco, fueron subiendo mis cosas a nuestro nuevo hogar mientras mi corazón se iba llenando de alegría conforme emergían de las montañas de cajas y papeles. Mi Thermomix, mi prensadora de jugos, mi guitarra que no toco, mis bolsos, mis zapatos, mis comics, mis cuadros, mis fotos… Bueno, es un alegría rara, porque la mitad de las cosas no sabes bien en donde narices vas a colocarlas.Yo siempre he pensado que hay cosas que tienen que asentarse y reposar un tiempo, antes de encontrar su lugar. Así que dices la frase mágica, déjelo ahí en esa esquina y luego lo pienso, y cuando te vas a dar cuenta, ya no quedan esquinas, ni pared, ni suelo en donde dejar nada, y lo vas encajando todo en plan tetris. Y así ha quedado mi casa, he hecho la cama para tenerla lista a la vuelta de mis vacaciones (¡dormir en mi cama al fin!), pero antes de salir, mi madrina, hermana y cuñado dictaminan que la vitrina está en el sitio equivocado.

Los miro con desmayo. Si está bien ahí, no tiene otro sitio, y cómo la vamos a cambiar si pesa un quintal… Al final, entre todos la movemos y… lo juro, como si la puñetera hubiera suspirado de felicidad. Había encontrado su sitio.

Genial, ahora ya sólo queda el resto.

vitrina

Forever 21…?

Al fin lo conseguí. Mis lectores que me conocen bien, saben el miedo pavoroso que me inspira cualquier peluquera, así que entenderán muy bien la felicidad que me embarga estos días de cumpleaños.

Esta semana me planté en mi peluquería actual, que ya ha tomado posesión de mí y hace conmigo lo que quiere, ante mi completa y absoluta pasividad. Fue en ese espíritu que a principios de año, con el verano austral, decidieron que mi color era muy “fome” (aburrido en terminología chilena) y me hicieron unas mechas rubias.  Me cobraron una pasta, pero nuevamente, tuve que reconocer que habían acertado, me gustaban a mí cómo quedaban mis rizos bicolores con destellos rubios al sol. Así que esta semana me planté para que me repasaran las raíces, y mi grito de saludo fue lo muchísimo que me gustaba mi nueva tonalidad…

Empiezo a sospechar que hay un punto sádico dentro de toda peluquera, y que en el fondo disfrutan torturándonos. Pues esta vez lo que hicieron fue ponerme un baño de color que me oscureció automáticamente las mechas. Cuando me secaba, le comenté (tímida y temerosa, claro), “¿no está muy oscuro el pelo?” Por dios, para nada, me habían dado un tono de refuerzo, en cuanto se secara al sol, lo vería igual, y con sonrisa malvada, me despacharon. En casa, frente al espejo, tras esperar largas horas, cuando ya realmente no había duda que el pelo estaba seco, y bajo el foco de distintas y variadas luces, certifiqué el nuevo tono monocolor y oscurecido de mi pelo…

A mi cabeza llegaron todas las veces que he llorado a la salida de una peluquería, todas las veces que he decidido no volver a una concreta; cómo esa decisión la tomaba siempre en secreto, temiendo que me descubrieran, cambiándome de acera para no pasar por delante de la puerta; todas las veces que he dicho que quería una cosa y me han hecho otra, y no me he atrevido a protestar; todas las veces que me han cobrado el sueldo de un mes por tratamientos estúpidos e inútiles, y por supuesto, todas las veces que me han cortado el pelo al grito de recortarme las puntas. Creí que iba a llorar, pero no, no lo hice. Respiré hondo, muy hondo, y al final, sonreí.

Al día siguiente me planté nuevamente en la peluquería y pedí hablar con la encargada de los tintes. Con mucha calma, le dije que no estaba contenta. Iba preparada para todo. Para relatar mi disgusto porque me hubieran cambiado el color del pelo sin consultarme, por actuar en mi cabeza como si yo no tuviera nada que decir al respecto. Estaba dispuesta a llevar testigos. Estaba dispuesta a hacerle el análisis económico que me había producido su decisión. Yo estaba preparada para resistirme a todos sus tratamientos, mascarillas, suavizantes, reconstituyentes con vitaminas, serum vivificadores, y refuerzos varios, contra todo eso venía preparada. Pero no hizo falta: “siéntate, por favor, en un momento te lo arreglamos, el baño no es definitivo, se puede arreglar… ¿te apetece un refresco mientras esperas?” Y luego más tarde, con mis rizos bicolores recuperados, añadió, “no te quedes nunca disconforme, si no te gusta algo, pues vuelves, no hay problema”.

Soy ME, escribo bajo el seudónimo de Bronte, y esta semana fue mi 41 cumpleaños. Hace unos meses el hijo ya casi universitario de un amigo subió a Facebook, una foto mía con él de chico. En seguida llegaron los piropos de los buenos amigos, sigues igual, no has cambiado, el tiempo no pasa por ti. Pero yo me miré detenidamente y sí, si pasa. Había una tersura impoluta en mi piel y un pelo sin cana alguna. También me pareció ver una expresión distinta en mi sonrisa ingenua, ahí tintineaba ese destello tímido e inseguro de la veinteañera que por supuesto no sabe que es imposible ser joven y fea, y busca ocultar los miles de defectos que ve en su cuerpo, en su cabeza, en todo su ser. Sí, estaba distinta: era 20 años más joven. 

Pero a cambio de las líneas de expresión (que no arrugas, claro está) y de las canas, esta nueva década de mi vida en la que entro, me ha traído un regalo increíble. La seguridad para plantarle cara a una peluquera.

Y sólo por eso, a Zeus pongo por testigo que no volvería ni atada a los 21.

Feliz cumpleaños para mí 🙂

Reflexión de cumpleaños

Así era a los 21

Te recorto un poco las puntas, ¿verdad?

Vale, me he cortado el pelo. O me he recortado las puntas, no lo tengo muy claro. Pregunten a mi peluquera.
Dirán que este es un tema bastante insulso sobre el que escribir, pero hay mayor enjundia de la que pueda creerse a primera vista. Se vincula a uno de mis temores más reverenciales, como son las peluqueras. No conocerán a chica más sumisa y asustada que una servidora en una peluquería. No sé qué tienen las peluqueras, yo creo que con el champú y las tijeras se dotan de una furiosa seguridad en sí mismas y de un radar para captar a las clientas débiles (como yo). Yo llego a una peluquería con una idea, y la peluquera me la cambia en un pispas, me silencia sin mayor esfuerzo con un simple deja, deja, que eso te va a quedar fatal, y me impone su propia opción, normalmente mucho más cara, claro está. Me he alisado, rizado, tintado de varios colores, hecho mechas y claritos, permitido que me clavaran horquillas por doquier, que me ahogaran con laca, todo en realidad siempre en contra de mi voluntad, pero con mi voluntad completamente silenciada por el miedo. He gastado fortunas en absurdos como mechas castañas sobre un fondo chocolate (cual personaje de Yasmina Reza), pasé un año sin atreverme a lavarme la cabeza por mi cuenta, porque sólo el champú de la peluquería no tenía fosfatos (ya olvidé qué problema tenían los fosfatos) y, por supuesto, he comprado todos y cada uno de los productos que me ofrecen sin rechistar. Yo soy la clásica que cuando la peluquera te tiene a su merced sobre la pila de lavado y te grita, te pongo un champú suave, ¿verdad?, digo que sí; y luego cuando añade, y te pongo una mascarilla, que lo tienes muy seco, digo que sí; y luego cuando remata, y te pongo un tratamiento anti caída, que se te están cayendo los mechones que da pena, digo que sí. Digo que sí, aunque sé que lo único que diferencia el champú suave del normal es su mayor precio, que no tengo el pelo particularmente seco, y que no se me cae el pelo más de lo normal (un dermatólogo me lo aseguró, por escrito). Pero yo digo siempre que sí. A los tratamientos, a los tintes absurdos, a las mechas, a todo. Y luego doy las gracias. Y dejo propina. Y cuando salgo me echo a llorar porque me veo espantosa o igual que siempre, y me he gastado un pastizal. Lo he intentado todo, me he predispuesto de todas las maneras, he probado peluquerías de barrio, de diseño, de academia, de franquicia, todas están pobladas por chicas gritonas, peinadas y maquilladas impecables, que me miran con asco hasta que digo que sí a todo. Y sólo entonces me reconocen que tengo un pelo lindo, piropo que yo recibo cual niño alabanza de la maestra. Ni con los gays triunfo, en mis pesadillas aún se me aparece uno de Montevideo que empezaba toda sesión echándome una bronca monumental por lo sequísimo que le llevaba el pelo.

No obstante, la única cosa a la que he conseguido rebelarme es a que me corten el pelo. Es mi línea roja, nacida de traumas infantiles, con una madre que intentaba periódicamente que mi hermana y yo nos cortáramos nuestras crespas y tupidas cabelleras, para no tener que sufrir el martirio diario del peinado. Trauma que incluye una sesión de rabieta llorosa una vez en una peluquería, a la que me llevó una tía cariñosa, que quiso ayudar a mi madre convenciéndome de que cortarme el pelo era lo más. Después, mi tía siempre juró que nunca más volvería a meterse entre una chica y su pelo, fue la única vez que la vi perder la sonrisa.
Y el tema es que, como mis lectoras féminas saben perfectamente, no hay cosa que le guste más a una peluquera (o peluquero gay) que cortar el pelo. Es la cota máxima de su trabajo, en cualquier peluquería reservada a las más experimentadas, las tijeras son como el cuchillo del sushi para los cocineros japoneses, es un derecho que se gana tras mucho esfuerzo y dedicación. Y una vez que lo consiguen, que llegue una petarda (como yo) a decirles que no quiere cortarse el pelo, pues nada, yo entiendo que les enfurezca. Y como son taimadas, usan tácticas envolventes, la más habitual la conocemos todas: ¿te recorto las puntas? Es la clásica. Tú dices que sí, y ellas a continuación se aplican con rabia. Pero como digo, esta es mi línea roja, así que conmigo no lo tienen tan fácil.

En Uruguay, el veto fue fácil de mantener, porque en el Río de la Plata, el cabello de una mujer es quizá el principal atributo femenino (tiene un buen pelo, era el comentario que solía escuchar cuando se quería piropear a una mujer), y lo cierto es que conocí a pocas mujeres con el pelo corto. De hecho, estoy convencida de que si policías uruguayos aparecen ante una escena criminal compuesta por un peluquero con unas tijeras en la yugular y una mujer furiosa, ¡me cortó demasiado el pelo!, se van sin pedir mayores explicaciones. En eso, Uruguay fue el paraíso.
Pero en Chile volví a la escena de siempre, como en España, peluqueras taimadas que consideran un derecho legítimo cortarte el pelo a voluntad (suya). Sin embargo, logré encontrar un local simpático y coqueto en Providencia, con estupendas profesionales que se distinguen de otras colegas en que no me regañan si vuelvo de España de vacaciones con otro tinte (ay, las broncas que me he comido sin rechistar porque se me ha ocurrido ir a otro peluquero distinto), y que no me aburren ofreciéndome productos absurdos. Y creí tener domesticada a la jefa, la que corta: un par de veces que accedí a que “me cortara las puntas”, la obligué a enseñarme todos y cada uno de los mechoncitos que iba recortando para que pudiera medirlos. Y accedió sin rechistar, un gustazo.
Pero hace un par de meses, fui muy cansada tras un día horrible de trabajo, y cuando ella me hizo la pregunta consabida, asentí medio dormida. Fue la suya. Me cortó el pelo. Durante varios días me resistí a aceptar la verdad. La gente me decía, anda, qué cambio, te cortaste el pelo, y yo reaccionaba furiosa, ¡no me lo he cortado, me he recortado las puntas nada más! Pero al final tuve que resignarme: la peluquera me había cortado el pelo.

Lo bueno es que todo el mundo lo celebró, no he dejado de recibir piropos y alabanzas, lo que me hizo pensar que quizá mi madre (y mi pobre tía) tenían un poquito de razón cuando me aconsejaban no llevarlo tan largo. Pero sólo un poquito… En fin, que llevada de un efervescente espíritu de renovación, cuando empezaba a crecerme de nuevo, me planté en mi peluquería y exclamé segura de mí misma, sin temor, con una sonrisa condescendiente, vale Vilma (se llama Vilma), te saliste con la tuya, me puedes volver a cortar el pelo.

Y entonces Vilma me miró muy fijamente y con calma me respondió: querida, yo no te corté el pelo, nada más que te recorté las puntas… Las dos nos medimos en silencio durante unos segundos… un duelo tenso, el aire se cortaba con un cuchillo (o unas tijeras, mejor dicho)… Y por supuesto, el duelo lo perdí yo. Me senté con la cabeza gacha y vocecita tímida, vale, de acuerdo, pues eso, que me recortes de nuevo las puntas
Y la cabrona sonrió.

peluquera cruel

 

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