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Vigilia en una silla bajo las estrellas

Este fin de semana tuve la oportunidad de hacer algo distinto: pasar la noche en un observatorio astronómico. En La Silla, concretamente. La Silla es el observatorio emblemático del ESO (European Southern Observatory, Observatorio Europeo Austral), ahí se inició en los años 60 la explotación científica de los cielos de Chile (que como ya he comentado alguna vez, son unos cielos magníficos para la observación del firmamento). Tiene telescopios emblemáticos, que han protagonizado alguno de los descubrimientos astronómicos más importantes de los últimas décadas, aunque ahora se han quedado algo opacados por la fama de ALMA, el nuevo telescopio de ESO en Chile.

La Silla está en el desierto de Atacama, literalmente en mitad de la nada. El coche nos llevó por una carretera serpenteante durante casi una hora en la más absoluta soledad. Es parte de la gracia: si no hay poblaciones alrededor, no hay contaminación lumínica que afecte a los telescopios.

Los telescopios (normalmente en edificios circulares con cupulas de techo) son los reyes del lugar, en mimarlos se afanan todos los trabajadores y técnicos, que no permiten que se abran las cúpulas en las (raras) noches de humedad y que custodian la oscuridad de las instalaciones con la misma furia que la Nicole Kidman de “Los otros”: todas las habitaciones tienen gruesos cortinajes que hay que cerrar si se enciende la luz, los coches sólo pueden circular con las luces de estacionamiento, y todos teníamos unas linternitas para poder moverte sin encender luz alguna. Los que más velan por el mimo a los telescopios son los astrónomos, claro está, que vienen de universidades y centros de investigación de todo el mundo, en los tiempos asignados por una comisión a la que se le presentans los proyectos, y decide en qué momento del año puede venir cada uno. No es casual la asignación del tiempo: si por mala suerte en esos días te tocan noches nubladas (que puede ser), te fastidias y tienes que volver a pedir cupo de noches para el año siguiente. Los astrónomos no se llaman “astrónomos” en La Silla, se llaman “observadores”.

Es lo único poético que tienen, porque ahí empezaron mis decepciones: la Astronomía es la ciencia más hermosa, ¿hay algo más romántico y bello que mirar las estrellas?, pero en la práctica no puede ser más prosaica, hay que aceptarlo: una se imagina noches de observación sobre una lente admirando rayos C brillar en la oscuridad más allá de Orión, pero resulta que el Observador ni siquiera observa con el ojo pegado a una lente bajo el telescopio, de hecho es que ni siquiera observa desde el edificio del telescopio, hay un edificio aparte en el que observan en pantallas de ordenador… y en algún caso el Observador ni siquiera está en La Silla, me contaron que uno de los telescopios se controla por internet desde la República Checa.

Si ya de por sí la Astronomía es prosaica, la gente de ESO no se esfuerza precisamente en enmendarlo. ESO tiene a los trabajadores más pragmáticos de la Tierra, y probablemente del Universo. Empezando por las siglas de su nombre, que en español son un horror, y siguiendo por los nombres que le dan a los telescopios: ¿que tienen un telescopio nuevo muy grande (la medida del diámetro de su espejo: 3,6m)? Pues lo llaman “Telescopio Muy Grande” (Very Large Telescope). ¿Qué hacen un telescopio con tecnología nueva? Pues lo llaman “Telescopio de Nueva Tecnología” (NTT, New Technology Telescope) ¿Que planean hacerlo más grande aún? Pues lo llaman “Telescopio Extremadamente Grande” (Extremely Large Telescope, un proyecto en el que ESO trabaja actualmente). ¿Y si construyeran uno más grande aún? Pues parece que conoceremos entonces al “Telescopio Desmesuradamente Grande” (Overwhelmingly Large Telescope)… Yo si me preguntaran sugeriría “Telescopio tan Grande que lo Flipas” (OMG Telescope), pero no creo que me hicieran mucho caso.

El arte ha tenido siempre una atracción por la ciencia, quizá más en su faceta necesariamente contemplativa y reflexiva, pero en los últimos tiempos, son muchos los artistas que se han inspirado en la ciencia más actual, en la tecnología y en todos los procesos de investigación, sin excluir las partes “más áridas”. La Astronomía está entre las favoritas, claro está. Bueno, está claro para todos, menos para los astrónomos, que da la impresión que alucinan con el interés de los artistas en sus observaciones sobre una pantalla de ordenador… aún recuerdo la cara asombrada de un ingeniero aeronáutico muy reconocido, cuando supo que ESO también recibe, y valora, algunas peticiones de residencia para proyectos artísticos. Mi impresión es que ESO ha iniciado está (tímida) colaboración con artistas más por su firme compromiso con la ciudadanía que los costea con sus impuestos, pero no porque se lo crea mucho. Me da a mí que a los trabajadores de ESO les irrita en el fondo el componente romántico que tiene su ciencia: me los puedo imaginar conteniéndose para no decir, señores artistas, que se están equivocando con nosotros, de verdad, mejor salgan con los biólogos, que estudian flores tan preciosas, o analicen a los meteorólogos, que ponen nombre de mujer a todas las tormentas, pero déjennos tranquilitos a nosotros, que no tenemos remedio… no se engañen con lo de ALMA, que no fue un nombre especial para un telescopio que iba a encontrar el “alma del Universo”, en realidad nos salió de casualidad, es el acrónimo de Atacama Large Millimeter/ submillimeter Array…

Pero su empeño es en vano: la Astronomía es romántica a pesar de sí misma. Nuestro guía en La Silla, el Observador Fernando, se pasó un buen rato comentando sobre los nombres de los telescopios y la dinámica actual de observación, y de pronto, casi de pasada, nos enseñó unas fotos que había sacado él en su día, y nos quedamos alucinados con aquellas imágenes maravillosas de nebulosas de polvo de estrellas… y escuchando su explicación sobre cómo nacen los astros, con afirmaciones como “esto está cerca, tan sólo a unos 4000 años luz” o comentando que en definitiva la materia de hombres y mujeres tiene su origen en el polvo de estrellas, la magia volvió de forma natural. Cuando llegamos al Centro de Observación, que no es más que una sala con pantallas de ordenador, Fernando nos comentó que las noches allí pueden ser muy intensas, y nos lo creímos, a pesar de lo adusto de la Declaración de Objetivos Corporativos, en la línea de los “Telescopios Muy Grandes”, que gobernaba la sala: Supervisar el rendimiento a corto plazo y largo plazo de todos los modos de instrumentos de canalización apoyado, para asegurar que ESO entrega datos astronómicos de calidad reconocida y controlada

Anochece en La Silla, empieza a verse la luna y las cúpulas de los telescopios de nombre prosaico se abren majestuosos, en poco tiempo empezará una nueva vigilia de observación. Fernando conversa con Claudio, un pianista que está planteando hacer un concierto al aire libre bajo las estrellas en pleno observatorio, dentro de la campaña del Gobierno de Chile por promocionar sus cielos y su imagen exterior. Analizan si la noche del concierto debe haber luna. Los astrónomos aprecian poco la luna, porque su luz impide que se vean bien las estrellas. Fernando, medio en broma medio en serio, comenta que no descartan la invención de un dispositivo que apague la luna… Está claro: no tienen remedio… Yo inicio una intensa defensa de la luna, que es despachada con resignación por mis acompañantes masculinos: y es que, según me dicen, pues lo han comprobado, esto de que te guste la luna, es muy de mujeres…

Me levanto de madrugada, a la hora en que la luna ya está por esconderse y se ven mejor las estrellas. Paseo por las instalaciones tiritando en plena oscuridad, cruzándome de vez en cuando con sombras de personas que apenas puedo identificar porque nos iluminamos con las linternitas. La Silla está en plena actividad, la cafetería está abierta (sellada con los pesados cortinajes para que no moleste la luz eléctrica), y hay movimiento en el Centro de Observación. Luego por el día nos dirán que no hagamos ruido por los pasillos, porque los Observadores duermen. Me dan ganas de ir al Centro de Observación. Paradójicamente no he mirado por ningún telescopio, porque éstos están para los Observadores, no para los turistas como yo. Por eso me encantaría ir al Centro para observar. Observar las estrellas, claro, pero también para observar a los Observadores, a esta gente que mira sin cesar al cielo y odian toda luz que no sea la de las estrellas. A esta gente empeñada en conocer el origen de todos los orígenes. Los filósofos relativistas seguro que coquetearon con las Astronomía. Es imposible no relativizar con una ciencia para la que 5000 años no es mucho tiempo. Y pensar que Sherezade pasó en vela contando cuentos para salvar su vida “sólo” mil y una noches…

Y fue entonces que decidí obsequiar a La Silla con mi propia Declaración de Objetivos, pero no para sustituir a la que tiene, ESO no necesita que vengamos a hacer poesías con su trabajo. La Declaración de Objetivos era para mí, y para el resto de profanos como yo.

Guardar vigilias, anhelar la oscuridad sin luna. Observar desde una silla lo que sucede más allá de Orión. Arrancar secretos a las estrellas. Mostrar a hombres y mujeres de la Tierra, nuestro verdadero lugar en el Universo

Se la mandé a Fernando, dice que le gusta. Pero cualquiera sabe.

 

Rumbo a las Reducciones jesuíticas (I): amores lorquianos en Salto

Iniciamos nuestro viaje a las Reducciones jesuíticas del Paraguay en Salto, posiblemente la ciudad que más me gusta del interior del Uruguay, sobre todo porque es una de las pocas que merece el apelativo de “ciudad”… pero además me gusta porque tiene mucha personalidad, se notan aún los vestigios de cuando Salto plantaba cara a Montevideo en actividad, de cuando los salteños se fijaban más en Buenos Aires, que técnicamente les pilla más cerca, que en su propia capital, a la hora de construir edificios, por ejemplo, y de cuando las grandes compañías que circulaban por Argentina incluían a Salto en sus giras (Salto tiene de hecho uno de los teatros más lindos del interior). Además están las termas, y hoteles como el Horacio Quiroga, al que mis padres y yo nos declaramos adictos por el entorno impresionante, uno de los mejores sitios para desconectar. Aunque esta vez nos quedamos en el Concordia, en pleno centro, muy bonito aunque con ese aire decadente (y falta de acondicionamiento en definitiva) que adolecen tantos edificios en Uruguay lamentablemente.

En mi primera visita a Salto, con mis padres, ya hace tres años, tuvimos un guía de primera, Edmundo, un profesor de arquitectura de la facultad, hijo del arquitecto responsable de algunos de los edificios recientes más emblemáticos de la ciudad. Edmundo es un verdadero enamorado de Salto y nos la enseñó con todo el cariño… en esa visita conocimos a una pintora y escultora, Elsa Troilo, que es una de las mujeres más interesantes que conozco. Vive en una casa art déco maravillosa, llena de cuadros y esculturas, de todos los materiales imaginables, trabajó mucho inspirándose en poemas de San Juan de la Cruz, dorados y cera sobre las letras de los versos, y ahora está con Rafael de Courtoisie. Elsa es un volcán de actividad, cuando no imparte un taller, está dando clases, u organizando a un grupo de artistas locales, o participando en una exposición colectiva o mandando cuadros a Punta del Este para coleccionistas brasileños.

Hoy nos vamos al Museo Gallino (museo de bellas artes de la ciudad, muestra clara del poderío que tuvo en su momento), en donde Elsa exhibe una escultura de un taller en el que trabaja y en el que también está su hija Gabriela. Elsa ha hecho para la ocasión un ángel de tamaño humano, mientras que su hija ha hecho una especie de virgen con huesos de vaca y cemento, una mole impresionante que desde lejos parece un manto de encaje, y con el que Gaby ha querido resaltar los huesos de los animales que dieron la riqueza a Salto en su día, en un museo que fue construido gracias a esas vacas.

Estos días en Salto la gran comidilla es el libro de Rafael Rocangliolo, “El amante uruguayo”, en el que relata los supuestos amores entre Enrique Amorim y Lorca. El autor se ha documentado bastante para hacer el relato, aunque está por ver la realidad de lo que cuenta. Elsa nos comenta que la supuesta homosexualidad de Amorim produjo sorpresa en la ciudad, en donde se le tenía por un mujeriego. Edmundo, por su parte, tiene escasa simpatía por el personaje, en la línea de cómo lo describe Roncagliolo en realidad, al que califica del “primer cholulo del Río de la Plata”, siendo “cholulo”, un tipo que gusta acercarse a los famosos y demás… el libro termina insinuando que los restos de Lorca están en Salto, en el monumento que Amorim hizo construir en su día en honor al poeta.

Paseamos hasta allí, es un túmulo de piedras, moderno y original, rodeado por el Río Uruguay, muy bonito. Se construyó por los años 50, Edmundo duda de si su padre fue el diseñador pues era encargado de obras de la Intendenciaen aquella época, y fue el primer monumento de homenaje que tuvo Lorca en todo el mundo. Tiene inscrito los últimos versos del poema de Machado: Labrad, amigos/ de piedra y sueño en el Alhambra/ un túmulo al poeta/ sobre una fuente donde llore el agua / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Pienso en Granada y en nuestro poeta más universal, y pienso que quizá no sería un mal fin, que igual Lorca hubiera estado conforme con que su última sepultura fuera este lindo rincón a orillas del Río Uruguay, construido con todo el cariño por alguien que como mínimo lo admiró enormemente, y financiado por un pueblo que respiraba civilización y libertad cuando nosotros vivíamos en dictadura…