Te recorto un poco las puntas, ¿verdad?

Vale, me he cortado el pelo. O me he recortado las puntas, no lo tengo muy claro. Pregunten a mi peluquera.
Dirán que este es un tema bastante insulso sobre el que escribir, pero hay mayor enjundia de la que pueda creerse a primera vista. Se vincula a uno de mis temores más reverenciales, como son las peluqueras. No conocerán a chica más sumisa y asustada que una servidora en una peluquería. No sé qué tienen las peluqueras, yo creo que con el champú y las tijeras se dotan de una furiosa seguridad en sí mismas y de un radar para captar a las clientas débiles (como yo). Yo llego a una peluquería con una idea, y la peluquera me la cambia en un pispas, me silencia sin mayor esfuerzo con un simple deja, deja, que eso te va a quedar fatal, y me impone su propia opción, normalmente mucho más cara, claro está. Me he alisado, rizado, tintado de varios colores, hecho mechas y claritos, permitido que me clavaran horquillas por doquier, que me ahogaran con laca, todo en realidad siempre en contra de mi voluntad, pero con mi voluntad completamente silenciada por el miedo. He gastado fortunas en absurdos como mechas castañas sobre un fondo chocolate (cual personaje de Yasmina Reza), pasé un año sin atreverme a lavarme la cabeza por mi cuenta, porque sólo el champú de la peluquería no tenía fosfatos (ya olvidé qué problema tenían los fosfatos) y, por supuesto, he comprado todos y cada uno de los productos que me ofrecen sin rechistar. Yo soy la clásica que cuando la peluquera te tiene a su merced sobre la pila de lavado y te grita, te pongo un champú suave, ¿verdad?, digo que sí; y luego cuando añade, y te pongo una mascarilla, que lo tienes muy seco, digo que sí; y luego cuando remata, y te pongo un tratamiento anti caída, que se te están cayendo los mechones que da pena, digo que sí. Digo que sí, aunque sé que lo único que diferencia el champú suave del normal es su mayor precio, que no tengo el pelo particularmente seco, y que no se me cae el pelo más de lo normal (un dermatólogo me lo aseguró, por escrito). Pero yo digo siempre que sí. A los tratamientos, a los tintes absurdos, a las mechas, a todo. Y luego doy las gracias. Y dejo propina. Y cuando salgo me echo a llorar porque me veo espantosa o igual que siempre, y me he gastado un pastizal. Lo he intentado todo, me he predispuesto de todas las maneras, he probado peluquerías de barrio, de diseño, de academia, de franquicia, todas están pobladas por chicas gritonas, peinadas y maquilladas impecables, que me miran con asco hasta que digo que sí a todo. Y sólo entonces me reconocen que tengo un pelo lindo, piropo que yo recibo cual niño alabanza de la maestra. Ni con los gays triunfo, en mis pesadillas aún se me aparece uno de Montevideo que empezaba toda sesión echándome una bronca monumental por lo sequísimo que le llevaba el pelo.

No obstante, la única cosa a la que he conseguido rebelarme es a que me corten el pelo. Es mi línea roja, nacida de traumas infantiles, con una madre que intentaba periódicamente que mi hermana y yo nos cortáramos nuestras crespas y tupidas cabelleras, para no tener que sufrir el martirio diario del peinado. Trauma que incluye una sesión de rabieta llorosa una vez en una peluquería, a la que me llevó una tía cariñosa, que quiso ayudar a mi madre convenciéndome de que cortarme el pelo era lo más. Después, mi tía siempre juró que nunca más volvería a meterse entre una chica y su pelo, fue la única vez que la vi perder la sonrisa.
Y el tema es que, como mis lectoras féminas saben perfectamente, no hay cosa que le guste más a una peluquera (o peluquero gay) que cortar el pelo. Es la cota máxima de su trabajo, en cualquier peluquería reservada a las más experimentadas, las tijeras son como el cuchillo del sushi para los cocineros japoneses, es un derecho que se gana tras mucho esfuerzo y dedicación. Y una vez que lo consiguen, que llegue una petarda (como yo) a decirles que no quiere cortarse el pelo, pues nada, yo entiendo que les enfurezca. Y como son taimadas, usan tácticas envolventes, la más habitual la conocemos todas: ¿te recorto las puntas? Es la clásica. Tú dices que sí, y ellas a continuación se aplican con rabia. Pero como digo, esta es mi línea roja, así que conmigo no lo tienen tan fácil.

En Uruguay, el veto fue fácil de mantener, porque en el Río de la Plata, el cabello de una mujer es quizá el principal atributo femenino (tiene un buen pelo, era el comentario que solía escuchar cuando se quería piropear a una mujer), y lo cierto es que conocí a pocas mujeres con el pelo corto. De hecho, estoy convencida de que si policías uruguayos aparecen ante una escena criminal compuesta por un peluquero con unas tijeras en la yugular y una mujer furiosa, ¡me cortó demasiado el pelo!, se van sin pedir mayores explicaciones. En eso, Uruguay fue el paraíso.
Pero en Chile volví a la escena de siempre, como en España, peluqueras taimadas que consideran un derecho legítimo cortarte el pelo a voluntad (suya). Sin embargo, logré encontrar un local simpático y coqueto en Providencia, con estupendas profesionales que se distinguen de otras colegas en que no me regañan si vuelvo de España de vacaciones con otro tinte (ay, las broncas que me he comido sin rechistar porque se me ha ocurrido ir a otro peluquero distinto), y que no me aburren ofreciéndome productos absurdos. Y creí tener domesticada a la jefa, la que corta: un par de veces que accedí a que “me cortara las puntas”, la obligué a enseñarme todos y cada uno de los mechoncitos que iba recortando para que pudiera medirlos. Y accedió sin rechistar, un gustazo.
Pero hace un par de meses, fui muy cansada tras un día horrible de trabajo, y cuando ella me hizo la pregunta consabida, asentí medio dormida. Fue la suya. Me cortó el pelo. Durante varios días me resistí a aceptar la verdad. La gente me decía, anda, qué cambio, te cortaste el pelo, y yo reaccionaba furiosa, ¡no me lo he cortado, me he recortado las puntas nada más! Pero al final tuve que resignarme: la peluquera me había cortado el pelo.

Lo bueno es que todo el mundo lo celebró, no he dejado de recibir piropos y alabanzas, lo que me hizo pensar que quizá mi madre (y mi pobre tía) tenían un poquito de razón cuando me aconsejaban no llevarlo tan largo. Pero sólo un poquito… En fin, que llevada de un efervescente espíritu de renovación, cuando empezaba a crecerme de nuevo, me planté en mi peluquería y exclamé segura de mí misma, sin temor, con una sonrisa condescendiente, vale Vilma (se llama Vilma), te saliste con la tuya, me puedes volver a cortar el pelo.

Y entonces Vilma me miró muy fijamente y con calma me respondió: querida, yo no te corté el pelo, nada más que te recorté las puntas… Las dos nos medimos en silencio durante unos segundos… un duelo tenso, el aire se cortaba con un cuchillo (o unas tijeras, mejor dicho)… Y por supuesto, el duelo lo perdí yo. Me senté con la cabeza gacha y vocecita tímida, vale, de acuerdo, pues eso, que me recortes de nuevo las puntas
Y la cabrona sonrió.

peluquera cruel

 

1 Comment

  1. Forever 21...? - Bitacora de Bronte | Bitacora de Bronte - 14 febrero, 2016

    […] lectores que me conocen bien, saben el miedo pavoroso que me inspiran las peluqueras, así que entenderán muy bien la felicidad que me embarga estos […]

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