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Conociendo a Gabriela (Mistral)

Hace un par de años abrimos una plaza a concurso en la plantilla del Centro Cultural. En el examen de cultura general, una de las preguntas era: “¿qué persona nacida en Latinoamérica fue la primera en conseguir el Nobel de Literatura?” Atención a la neutralidad buscada del género, podía ser tanto un hombre como una mujer. Pues bien, un 90% de las respuesta fue “Pablo Neruda”. Solo unos pocos acertaron que la primera persona latinoamericana en ganar el Nobel de Literatura, fue una mujer nacida en Chile: Lucila Godoy, más conocida como Gabriela Mistral.

Creo que Gabriela ha sido el mayor descubrimiento literario que me ha dado mi estancia en Chile; el otro es Pedro Lemebel, del que ya escribiré. Los dos tienen en común una cosa: sufrieron el rechazo por su diferencia. Los dos se diferencian en que Pedro lo padeció en Chile, mientras que Gabriela se fue.

La Gabriela Mistral que yo conocía antes de venir aquí, era la pedagoga, la maestra, la poetisa dulzona. La que rechazó la línea de los cuentos clásicos occidentales y buscó en la tradición oral latinoamericana, para dar a los niños un placer estético en el relato, la que hizo que Blancanieves fuera velada por enanitos preocupados de que tuviera pesadillas con “lagartos azules y catalinas gigantas” (Catalina: chinita, mariquita). Aquí he aprendido que detrás de su crítica a los cuentos clásicos había toda una teoría pedagógica revolucionaria para el momento: criticaba unos relatos en excesivo moralistas, y con valores en ocasiones discutibles (como la astucia), cuando lo importante era que los niños disfrutaran la poesía y se educaran en ella. Conocía bien a los relatores europeos, y admiró a algunos, como al danés Andersen, al que le escribió un “padrenuestro” precioso: “Padre nuestro, abuelo de niños y viejos… regalador de nuestros sueños… yo te habría llevado junto al fuego y te habría contado la América que tus ojos no conocieron…” Gabriela quiso colocar a Latinoamérica en el mapa mundial, y por eso el acta de adjudicación del Nobel elogió que hubiera hecho de su nombre inventado “un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el continente americano”.

Esa es la Gabriela Mistral oficial, la que Chile reconoce como propia con una sonrisa, pero que para muchos, es una sonrisa falsa. Porque detrás había más, mucho más: una mujer luchadora, inconformista, que ya en su región natal, Coquimbo, fue rechazada como inspectora de liceos por leer a filósofos franceses y demás “libros subversivos”. La mujer que trató la causa indigenista, cuando nadie hablaba de los indios, ni ellos mismos. La mujer que se solidarizó con su género, cuando ni Simon de Beauvoir lo hacía aún (“Por mi voz habla la mujer de clase media y del pueblo… porque a todas nos contaron que íbamos a ser reinas y princesas, pero ninguna lo fue, ni en Arauco ni en Copán…”). La mujer que mostró activa y públicamente su rechazo a la invasión estadounidense en la Nicaragua de Sandino, cuando eso de estar contra los yanquis todavía no era moda en la región. Y, sobre todo, la mujer lesbiana. Esa es la Gabriela que incomoda a cierta sociedad chilena, la que aún rechazan, aunque sea solapadamente. El Neruda comunista es mucho más cómodo y vendible: el político activo de muerte simbólica contra una dictadura, el del bello discurso ante el rey de Suecia, el que dejó unas casas que todo el mundo quiere visitar. Gabriela no militó en ningún partido, murió velada por su compañera Doris, apenas dejó legado físico, y su discurso al recibir el Nobel fue muy discreto, aunque leyéndolo con cuidado se observa una moderna visión americana hacia Europa. Neruda escribió versos de amor que los estudiantes hoy aprenden de memoria en el colegio. La pasión inserta en la correspondencia de Gabriela a Doris, en cambio, hizo temblar a más de un político chileno, “¿qué hacemos con esta Gabrielita…?

Es impresionante como la Gabriela lesbiana despierta aún escozor en este Chile del siglo XXI, en que se está debatiendo el matrimonio homosexual. Yo soy muy contraria a sacar del armario a personajes fallecidos que nunca quisieron hacer alarde público de su condición, pero otra cosa distinta es ignorar lo evidente: en la Casa Museo de Vicuña, su ciudad natal, estaba la agenda diario de Doris, abierta por la página en la que anotó que Gabriela había muerto. “GM died tonight” y tres días más tarde, otra anotación, “first night I sleep alone”. Esta segunda parte no se traduce en el cartel explicativo, sólo si entiendes inglés y miras con atención el pequeño cuaderno te das cuenta de ese detalle. Se lo comenté a la señora encargada en la Municipalidad de Coquimbo de impulsar una ruta turística vinculada a Gabriela. Yo estaba allí con unos especialistas españoles, en unas jornadas que organizábamos con el CNCA chileno sobre turismo cultural. La señora me pareció una mujer estupenda, físicamente recordaba a Gabriela, y charlando de cosas varias le comenté la anécdota del cuaderno de Doris. La señora me miró espantada y me quiso convencer de que Gabriela no era lesbiana, que era todo una fabulación… y cuando se quedó sin argumentos, ante mi estupefacción, acabó suspirando: “con todo la que la rechazan, para qué añadir más leña al fuego…”.

¿Tenía razón? No lo sé, que lo respondan los chilenos que me estén leyendo. Gabriela Mistral se recorrió Chile de Punta Arenas a Arica, pero luego partió, a conocer el continente americano, cuya integración defendía, aburrida de un Chile ensimismada y encerrado entre la cordillera y el mar. Y apenas volvió. Fue recibida con honores en los años 50, la última vez que pisó Chile, acompañada de “su secretaria Doris”. La misma Doris que luego se negó a donar el archivo personal de la escritora mientras que su país no reconociera que había sido una autora del máximo nivel. El más importante centro cultural de Santiago lleva su nombre, pero disimulado, “Centro GAM”. Los billetes de 5000 pesos llevan su rostro. Pero no conozco a muchos chilenos que sepan versos suyos de memoria. Y, aparentemente, pocos saben que fue la primera persona en conseguir el Nobel de Literatura para Latinoamérica, antes que Neruda o García Márquez.

Y en su Coquimbo natal, en una de las sesiones de turismo cultural, uno de los especialistas españoles, Jordi Tresseras, hablando de las distintas opciones novedosas en este campo, mencionó el “turismo gay”. “Muchos homosexuales hacen rutas de artistas homosexuales conocidos, podría hacerse aquí lo mismo con Gabriela Mistral…”. Un murmullo sordo de varios segundos fue la única respuesta…

 

Gabriela Mistral

 

 

La buena de Tatiana

Vale, mi última entrada ha despertado una cierta conmoción entre mis amigas solteras (el 90%, vamos), que alegan que ellas tampoco levantan ni sospechas (o no enganchan ni las medias, como me ha apuntado un lector anónimo) pero que encima no han logrado la epifanía divina de tener aparcamiento asegurado. Lo que pretendía ser un desahogo freudiano de mis desventuras amorosas ha acabado convirtiéndose en el mantra de chicas que miran al cielo y ahora claman: “Zeus, ya que no me concedes al mayordomo de Batman, al menos dame estacionamiento gratuito…”

Pues bien, yo siempre solidaria con mis congéneres, mucho más si son lectoras, a modo de consuelo voy a compartir con ellas la que ha sido mi arma secreta desde hace años, un arma con la que he ayudado a decenas de chicas con el corazón roto, un mecanismo infalible que ha devuelto la sonrisa a toda amiga que me ha llegado temblorosa tras un ataque pérfido de un histérico suelto…

Se trata de Eugenio Oneguin. O de la Tatiana de Eugenio Oneguin, en realidad. Estoy hablando de un libro, sí, qué pasa, soy una chica culta. Una novela rusa decimonónica, de Alexander Pushkin. Está en verso, y yo la leí en la Facultad, entonces me gustó mucho, pero mi relación especial con el libro empezó un tiempo después que fui al cine a ver una adaptación de la novela con una amiga. Una amiga a la que yo estaba llevando al cine para que olvidara por un rato sus penas.  A mi amiga un chico la había dejado unos días antes, rompiéndole el corazón a resultas de ese abandono. Cansada de escuchar sus llantos (qué dura es la amistad a veces), me la llevé al cine.  La adaptación era un horror, respetaba bien la historia, pero era un horror, así que yo salí furiosa comentando lo poco que me había gustado hasta que reparé en la sonrisa de mi amiga. Era la primera vez que la veía sonreír desde que su novio la había abandonado. Era una sonrisa peculiar, no era simple felicidad o alivio… era una sonrisa reivindicativa, de despecho satisfecho, de venganza cumplida… y en aquel momento, lo comprendí. Tatiana podía ser el mejor antídoto para un corazón roto.
Pero déjenme resumirles la historia para aquellos que no la han leído, y así me entienden: Eugenio Oneguin es un joven urbanita intelectual que se va al campo a descansar unos días, y allí conoce a Tatiana. Como Eugenio es el típico jovencito presuntuoso de ciudad que se cree “el uno”, mira a Tatiana con condescendencia, por el simple hecho de que es una chica de campo, sin reparar en que es una chica especial. Tatiana tiene inquietudes,  sueños, esperanzas, más allá del simple deseo de todas las que le rodean de enganchar un marido y ponerse a parir cual coneja. Pero Eugenio no ve eso, él asume que ella es “como todas” y “como a todas” la desprecia un poco. Pero como es un tipo especial distinto del resto, Tatiana sí que se fija en él, y se acaba enamorando. Como una idiota, como suele decirse, las mujeres inteligentes siempre se enamoran como idiotas, y Tatiana no es excepción. Y como una tonta le escribe una carta conmovedora (“toda mi vida fue testigo de una entrevista segura contigo…en mi alma resonó tu voz varias veces…”), con la que  Eugenio se descojona y responde con aires de superioridad. En realidad, Eugenio está super conmovido con la carta, pero esa especie de chip nervioso “anti compromiso” que se implanta a los hombres al nacer, se pone a cien, y le impide actuar en consecuencia, así que no contento con rechazar a Tatiana, para dejar claro que no siente nada por ella, se pone a coquetear con su hermana  delante de sus narices. La hermana de Tatiana es un cliché de todos los defectos que suelen atribuirse a las mujeres: frívola, inconsecuente, irresponsable, coqueta, tontita… pero es linda y astuta para lo que quiere, así que tiene un éxito despampanante con todos los hombres que desprecian a las mujeres “que son como todas”. Lo clásico, vamos. El tema es que el mejor amigo de Eugenio se moría por los huesos de la hermana, así que el amigo se agarra un mosqueo, lo reta en duelo, y de resultas Eugenio lo mata. Arrepentido, se las pira, y allí se quedan la pobre Tatiana y la hermana (la cual tarda exactamente dos segundos en encontrarse un tercer pretendiente con el que se acaba casando).

Eugenio vuelve al cabo de los años a Moscú. Y allí se encuentra con que Tatiana se ha casado también finalmente, con un militar retirado que tiene más medallas que poros en la piel, valiente, buena presencia, admirado por todos, el invitado obligado para cualquier fiesta que se precie, y ella está hermosa, y luce como la esposa ideal del marido perfecto. Y obviamente, es entonces cuando Eugenio se enamora hasta las trancas de Tatiana. En realidad, es la típica reacción de querer todo aquello que no podemos tener, yo os apuesto que si se hubiera encontrado a Tatiana solterita, hubiera pasado tres pueblos, pero bueno, Pushkin no juzga, se limita a escribir que Eugenio se enamora de Tatiana o que sencillamente descubre al amor dormido que siempre tuvo por ella. Así que Eugenio empieza a coquetear con Tatiana, pero ella no le hace ni caso, por lo que Eugenio comprende que no le va a quedar otra que bajarse un poco si la quiere conseguir… y le escribe otra carta de amor. “Habiéndola conocido por casualidad, me pareció notar en usted un destello de ternura hacia mí; pero no me atreví a creerlo, y, temiendo perder mi libertad, que hoy en día no representa para mí nada, no quise ligarme a usted…”. Es decir, algo así como, mira tía, que creo recordar que te morías por mis huesos, pero es que me pillaste en mal momento, pero, chachán, alégrate, ahora sí que es buen momento, qué bueno verdad???!!!

Tatiana no responde a la cartita. Al principio, Eugenio asume que lo está histeriqueando, así que no se inquieta y deja pasar unos días más. Pero la respuesta sigue sin llegar, así que Eugenio empieza mosquearse, a ver si no le ha llegado la carta, y decide plantarse en su casa. Tatiana lo recibe en el salón, haciéndole ver que su marido está en la planta de arriba, pero Eugenio no se corta un pelo: oye, Tati, linda, que te he abierto mi corazón, y yo no le abro mi corazón a cualquiera, así que ubicate, ¿vale?, porque te quiero mucho que si no… histeriqueos los justos, los míos y ya sobran…

Y entonces Tatiana majestuosa le recuerda que ya tuvo que aguantar su “lección” en su día, y que ahora le toca a ella. Atención, chicas, ojo, que conozco alguna que ha explotado de la felicidad en este momento. “Yo era más joven y más guapa, y lo amaba, y sólo encontré sequedad en su corazón por respuesta, aún se me hiela la sangre recordando la frialdad de su mirada y su sermón…” Lo acusa de no amarla realmente, de pretenderla únicamente porque tiene un marido famoso y con éxito en la corte, e incluso de querer seducirla por la vanidad de querer marcarse el éxito de conquistar a una mujer conocida por su honradez. Acaba reconociéndole que no es feliz, que todo ese éxito que tiene ahora le es indiferente, “podríamos haber sido tan felices los dos…”. Pero ya es tarde, está casada, y ni loca va a ponerle los cuernos a su marido, arruinando su vida solo porque Oneguin por fin haya logrado desactivar su “chip anticompromiso”… Demasiado tarde, querido. Y se va, dejándolo con la boca abierta…

Mi amiga se recuperó al instante de sus penas, y tiempo después me dijo que la fantasía de imaginarse a sí misma mandando a la porra a su novio arrepentido fue el mejor bálsamo… en su caso, el novio no se arrepintió, pero la fantasía bastó para que se pusiera las pilas y moviera pieza hacia delante… y ahí fue cuando me di cuenta del poder de Eugenio Oneguin. Fue entonces cuando empecé a regalar ese libro a toda amiga despechada que se cruzaba en mi camino.
Y así llegué a la República Oriental del Uruguay. Ahí hice lo mismo, empecé a regalar el libro como medicina… lo que no esperaba es que acabé a un tris de convertirme en la mejor gestora de los derechos de autor de Pushkin, perdí la cuenta de cuántos libros compré, en la librería de mi barrio me llegaron a aplicar un descuento por comprarlos al por mayor… y es que Uruguay me aportó muchos momentos hermosos, muchos amigos inolvidables, mucha felicidad… pero también me permitió conocer a muchas chicas con el corazón roto necesitadas de la firme seguridad de Tatiana… yo misma tuve que acudir a ella en más de una ocasión… Y ahora, a este lado de la cordillera, parece que vamos a seguir necesitando a la buena de Tatiana.

Mi regalo para vosotras, chicas. Usadla con precaución y mesura.

File:Tatianaandonegin.jpg

Una madre conceptual

Desde que vivo expatriada en el hemisferio sur, mis padres abandonan el invierno del norte y aprovechan el verano austral para pasar unos meses conmigo. Yo feliz, me encantan mis padres, son atentos, cariñosos y divertidos (y leen puntualmente mi blog…). Una cosa que me gusta observar en ellos, es que, llegados a una edad, tras haber sobrevivido a Franco y la transición, al felipismo y al guerrismo, a la foto de las Azores y a la alianza de civilizaciones, a estas alturas no se guardan una opinión así se encuentren en frente del Rey o del Papa o de Zeus reencarnado en mariposa. No se cortan un pelo, vamos, dicen lo que se les canta el culo. Ambos en su estilo, mi padre agarra la verborrea (que yo he heredado,todo hay que decirlo), arranca con las memorias de su Ceuta natal y puede acabar con John Ford o con lo que se le tercie. Mi madre es más directa. Y brutal. Es particularmente brutal con el arte, mi madre es una mujer culta que no soporta el arte mediocre. A mí me me parece perfecto que sea honesta ante supuestas manifestaciones artísticas que no son más que tomaduras de pelo, el problema es que cuando una tiene una labor de representación en el ámbito cultural, esa sinceridad puede ser complicada de gestionar en ocasiones…

Una exposición de Van Dyck y Rubens fue uno de sus últimos momentos geniales. Un centro cultural de zona bien de Santiago inauguraba una exposición de dibujos y grabados flamencos, propiedad de un coleccionista particular. Las curadoras eran españolas, así que allí que me plante yo. Y conmigo mi madre, qué mejor acompañante para una exposición de pintura flamenca. Llegamos, saludamos a las curadoras, que no se diga que no hemos ido, mi madre se pone a estudiar los cuadros y yo me topo con mis colegas del Instituto Francés… Yo con mis colegas franceses siempre adopto la misma actitud de frialdad cortés con la que pretendo dejar claro que no se me olvidan las cobardías de su reyezuelo Francisco con nuestro buen Emperador Don Carlos, así que allí que estaba yo toda augusta chuleando de curadoras y de exposición (yo es que me apropio cualquier cosa que tenga a un español de por medio), cuando mi madre aparece de vuelta en voz en grito (voz en grito que yo he heredado, todo hay que decirlo): “Vaya birria de exposición, un par de dibujos de Van Dyck y un cuadrito de Rubens, el resto morralla tonta…” Afortunadamente mis colegas franceses se han chilenizado y no entienden ya el español de España, y luego las curadoras se enamoraron de mi madre, y le explicaron el concepto de la exhibición: en América les encanta el arte europeo que no tienen en sus museos. Del mismo modo que los europeos flipamos ante sus pirámides, sus cataratas, sus glaciares o sus altas cumbres, a los americanos les encanta el arte europeo, no necesariamente el contemporáneo, es más el clásico, el de siempre, el Renacimiento y el Barroco de toda la vida, vamos. Y claro, sus museos apenas tienen de ese arte, tienen mucho del XIX (a veces más que en Europa, menudos fondos de arte decimonónico español que tenía el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo), pero de antes apenas nada, por razones obvias. Por eso les gusta mucho, porque no lo tienen; y por eso se emocionan con una exposición de pintura barroca, aunque sea de cuadros cuyo destino natural sean las bodegas del Prado, el Louvre o el Rijksmuseum. Es ahí donde entra en marcha el juego de demanda y oferta que fundamenta al arte (yo estoy convencida de que la tribu que vivía en Altamira era la más pudiente de la zona y que pagaron para que les decoraran las paredes…), y por eso a Latinoamérica están llegando más y más muestras del formato “one painting exhibition”. Son expos que giran en torno a un cuadro o dos de cierta envergadura, de un autor clásico consagrado, y el resto son añadidos. La curadoría es esencial entonces, y nuestras chicas habían hecho un buen trabajo, mi madre lo reconoció, y todos felices.

Aunque su momento de mayor gloria vino de una muestra de arte conceptual. A mi madre le impresiona poco el arte conceptual, uno de sus libros de crítica artística favoritos es “La palabra pintada” de Tom Wolff, en la que se ridiculiza ese arte que necesita de una explicación escrita de varios folios para que la obra tenga algo de sentido… esta muestra era así, necesitaba de mucha explicación, hablada o escrita, y el curador se lo había currado poco… nada, en realidad, estaban las obras, los títulos y punto pelota, y el concepto no aparecía por ninguna parte… y eso es un problema para una muestra de arte conceptual. Yo estaba allí porque uno de los artistas era español, uno de los artistas conceptuales más reconocidos de la actualidad, así que allí que me planté. Con mis padres, por supuesto. Saludamos al artista, y nos enfrentamos a la obra, consistente en grandes murales de recortes de periódico… y entonces observé con terror como la cara de mi madre se iba nublando…

Esto requiere una explicación para el lector: todo matrimonio tiene sus momentos complicados, incluso los más felices. El de mis padres conoce sus horas más bajas cuando mi padre agarra el periódico y se pone a recortar noticias, recortes que luego no guarda, sino que deja diseminados por toda la casa, para gran furia de mi madre, que los acaba tirando, despertando a continuación las iras de mi padre… Pues bien, en aquella galería, enfrentada ante aquellos gigantescos recortes, mi madre no vio ni arte ni concepto, ni leches en vinagre, mi madre sólo vio a otra víctima mujer como ella y su innata solidaridad femenina se disparó al máximo nivel: exigió saber donde recortaba el artista y cuál era el destino inmediato de esos recortes. “En mi estudio, y los voy guardando…” se defendió el artista. “¿Seguro que los guardas bien, no los dejas en cualquier lado?” El artista le aseguró que guardaba los recortes en cajas. “¿Cajas bien cerradas, estás seguro, no se abrirán facilmente dejando todo perdido en un santiamén?!!” El artista le aseguró que no, pero mi madre aún no respiraba tranquila: “¿y qué haces con el resto del periódico?” “¡Lo reciclo!” lloró el artista…

La autora de mis días contempló entonces la obra en silencio reprobatorio: “así que recortas periódicos…” “Bueno, también hago otras cosas…” murmuró tímidamente el artista. “Bien, haces otras cosas, eso está bien” concedió ella. Por fin, el artista asumió el quizá mayor desafío de su carrera profesional: explicarle su obra a esa señora de pelo blanco con una aplastante seguridad en sí misma. Y lo hizo, se dedicó un buen rato, la fue guiando por los recortes de periódico, ilustrándola con los conceptos que quería transmitir, hasta que mi madre le reconoció que era un proyecto interesante. Entonces ahí el artista sonrió, como uno sonríe cuando recibe la aprobación de una madre.

Yo pensaba que el arte conceptual había ganado una nueva adepta, pero luego me dijo en voz baja que toda la muestra le parecía una soberana chorrada, afirmación que mi padre secundó, pero que el artista español era muy simpático, eso también lo secundó mi padre (creo que con algo de envidia de alguien que podía recortar periódicos sin que nadie se los tirara por detrás).

Porque lo único que corta a mis padres a la hora de hablar, es el temor a herir sentimientos. Porque son buenas personas.

 

Terapia en la cocina

Empezó casi como una broma del grupo, deberíamos hacer un libro de cocina, decíamos, con la cantidad de recetas que estamos probando… así que empezamos a hacerle fotos a los platos, muy rudimentario, Eli con su iPhone, aunque alguna vez Marcela y Gus se ocuparon de armar un decorado bonito…luego yo escribí algunas anécdotas, Alfonso escribió una suerte de prólogo, y así tuvimos nuestra primera versión de “Terapia en la cocina”, pensada para regalar a los amigos. En aquellos días no hablábamos mucho del cáncer de Andrea, porque en realidad no éramos conscientes de la importancia que el grupo y de la dinámica de las clases habían tenido para su recuperación.

Nos empezamos a dar cuenta en realidad cuando Andrea empezó a decir que le gustaría hacer un proyecto más amplio, algo que pudiera ayudar a personas que hubieran pasado por su enfermedad, y con lo que se pudiera recaudar dinero para la lucha contra el cáncer. Yo me ofrecí a colaborar, pasé mis vacaciones de enero escribiendo a partir de las entrevistas a Andrea, su familia, al grupo y de mis propias impresiones, junté las recetas con algunas de las anécdotas, y al final salió esto, algo modesto, chiquito, pero creo bastante digno. No se trataba de escribir el libro definitivo sobre el cáncer. No se trataba de publicitar una terapia milagrosa. Ni siquiera se trataba de hacerun compendio de recetas fuera de lo común. Sólo queríamos transmitir un poco del empuje vital de nuestro grupo, y de la felicidad interior que nos proporcionaban esas horas cocinando juntos. Y Andrea quería contar a gritos que había sobrevivido al cáncer y que si ella lo había hecho, los demás también podían.

 Andrea peleó como una campeona hasta conseguir, peso a peso, los auspicios necesarios para que el libro se imprimiera, y ya está, ya lo tenemos, increíble me pareció pasar las páginas de nuestro librito… y hoy lo presentamos y lo vendemos, todo a beneficio de la Comisión Honorariade Lucha contra el Cáncer en Uruguay. Salimos en la tele, en la radio y en algunos periódicos, ayer en el gimnasio unas compañeras a las que apenas conozco me preguntaban por la presentación, y bueno, es bastante probable que logremos vender toda la edición y que recaudemos un buen cheque para la Comisión, pero sobre todo, hoy tengo la felicidad de haber colaborado en que un proyecto sencillo y bonito haya visto la luz.

Porque todos tenemos o hemos tenido un grupo de amigos geniales con los que se ha compartido momentos inolvidables. Todos tenemos una afición que nos ha aportado alegría de vivir y paz interior. Y muchos consiguen aunar ambas cosas. Pero no todo el mundo logra que esos momentos inolvidables y esa alegría de vivir queden plasmados en algo físico, para compartir con todo el mundo y con un objetivo final generoso.

Es razón más que suficiente para que me sienta feliz, ¿verdad…?

Rumbo a las Reducciones jesuíticas (I): amores lorquianos en Salto

Iniciamos nuestro viaje a las Reducciones jesuíticas del Paraguay en Salto, posiblemente la ciudad que más me gusta del interior del Uruguay, sobre todo porque es una de las pocas que merece el apelativo de “ciudad”… pero además me gusta porque tiene mucha personalidad, se notan aún los vestigios de cuando Salto plantaba cara a Montevideo en actividad, de cuando los salteños se fijaban más en Buenos Aires, que técnicamente les pilla más cerca, que en su propia capital, a la hora de construir edificios, por ejemplo, y de cuando las grandes compañías que circulaban por Argentina incluían a Salto en sus giras (Salto tiene de hecho uno de los teatros más lindos del interior). Además están las termas, y hoteles como el Horacio Quiroga, al que mis padres y yo nos declaramos adictos por el entorno impresionante, uno de los mejores sitios para desconectar. Aunque esta vez nos quedamos en el Concordia, en pleno centro, muy bonito aunque con ese aire decadente (y falta de acondicionamiento en definitiva) que adolecen tantos edificios en Uruguay lamentablemente.

En mi primera visita a Salto, con mis padres, ya hace tres años, tuvimos un guía de primera, Edmundo, un profesor de arquitectura de la facultad, hijo del arquitecto responsable de algunos de los edificios recientes más emblemáticos de la ciudad. Edmundo es un verdadero enamorado de Salto y nos la enseñó con todo el cariño… en esa visita conocimos a una pintora y escultora, Elsa Troilo, que es una de las mujeres más interesantes que conozco. Vive en una casa art déco maravillosa, llena de cuadros y esculturas, de todos los materiales imaginables, trabajó mucho inspirándose en poemas de San Juan de la Cruz, dorados y cera sobre las letras de los versos, y ahora está con Rafael de Courtoisie. Elsa es un volcán de actividad, cuando no imparte un taller, está dando clases, u organizando a un grupo de artistas locales, o participando en una exposición colectiva o mandando cuadros a Punta del Este para coleccionistas brasileños.

Hoy nos vamos al Museo Gallino (museo de bellas artes de la ciudad, muestra clara del poderío que tuvo en su momento), en donde Elsa exhibe una escultura de un taller en el que trabaja y en el que también está su hija Gabriela. Elsa ha hecho para la ocasión un ángel de tamaño humano, mientras que su hija ha hecho una especie de virgen con huesos de vaca y cemento, una mole impresionante que desde lejos parece un manto de encaje, y con el que Gaby ha querido resaltar los huesos de los animales que dieron la riqueza a Salto en su día, en un museo que fue construido gracias a esas vacas.

Estos días en Salto la gran comidilla es el libro de Rafael Rocangliolo, “El amante uruguayo”, en el que relata los supuestos amores entre Enrique Amorim y Lorca. El autor se ha documentado bastante para hacer el relato, aunque está por ver la realidad de lo que cuenta. Elsa nos comenta que la supuesta homosexualidad de Amorim produjo sorpresa en la ciudad, en donde se le tenía por un mujeriego. Edmundo, por su parte, tiene escasa simpatía por el personaje, en la línea de cómo lo describe Roncagliolo en realidad, al que califica del “primer cholulo del Río de la Plata”, siendo “cholulo”, un tipo que gusta acercarse a los famosos y demás… el libro termina insinuando que los restos de Lorca están en Salto, en el monumento que Amorim hizo construir en su día en honor al poeta.

Paseamos hasta allí, es un túmulo de piedras, moderno y original, rodeado por el Río Uruguay, muy bonito. Se construyó por los años 50, Edmundo duda de si su padre fue el diseñador pues era encargado de obras de la Intendenciaen aquella época, y fue el primer monumento de homenaje que tuvo Lorca en todo el mundo. Tiene inscrito los últimos versos del poema de Machado: Labrad, amigos/ de piedra y sueño en el Alhambra/ un túmulo al poeta/ sobre una fuente donde llore el agua / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Pienso en Granada y en nuestro poeta más universal, y pienso que quizá no sería un mal fin, que igual Lorca hubiera estado conforme con que su última sepultura fuera este lindo rincón a orillas del Río Uruguay, construido con todo el cariño por alguien que como mínimo lo admiró enormemente, y financiado por un pueblo que respiraba civilización y libertad cuando nosotros vivíamos en dictadura…

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