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La carretera austral

1240 km de Puerto Montt a Villa O´Higgins. Más de 20 años de trabajo, 10000 trabajadores (en su mayoría, soldados) que se abrieron paso, en unas condiciones climáticas extremas, con pico y pala, a través de los Andes patagónicos, lagos helados y ríos turbulentos, campos de hielo y glaciares. Un pueblo enfrentado a la naturaleza más salvaje. La gran obra civil de la dictadura de Pinochet (algunos la han llamado “la pirámide del general”). Un proyecto que excede a la ingeniería y entra en los límites de la política internacional y la defensa del territorio. La Carretera Austral.

La primera vez que supe de la Carretera Austral fue en 2011, cuando viajé a la Patagonia argentina, y me topé con la compleja relación fronteriza entre los dos países patagónicos. En aquel entonces tuve que lidiar con mapas que variaban en función de la nacionalidad, y con sentimientos aún a flor de piel. Recuerdo aún la mirada turbia que me lanzaron mis encantadoras amigas argentinas del Calafate cuando comenté, como quien no quiere la cosa, que había leído en Wikipedia que los mapas que habíamos dejado  los españoles y el principio “uti possidetis” (que prima, en los procesos de descolonización, las fronteras dejadas por los antiguos colonizadores, para que las nuevas naciones puedan empezar su vida sin ponerse a guerrear con sus vecinos), daban la razón a Chile… La verdad es que hablaba con ligereza, no tenía mucho conocimiento del tema. Nuestros antepasados españoles, esos que subieron a Cuzco, navegaron el Amazonas, y cruzaron el desierto de Atacama, cuando iban bajando y divisaron los glaciares y campos de hielo de la Patagonia debieron pensar, y bueno, pues hasta aquí hemos llegado, y lo cierto es que no pisaron mucho la zona. Sí que navegaron sus costas, obvio, la región de Magallanes no se llama así de casualidad, y le dieron nombre a las regiones, Patagonia por el gigante Patagón, de las novelas de caballería, y la Tierra de Fuego, porque los tehuelches y resto de pueblos originarios avisaban de la proximidad de los barcos con grandes hogueras, que los navegantes españoles divisaban a lo largo del litoral, pero no tuvieron el grado de asentamiento de otras zonas de Latinoamérica, así que la delimitación de qué era Reyno de Chile y qué era Virreinato del Río de la Plata, no quedó precisamente clara. En el siglo XIX, Argentina miró hacia al sur antes que Chile, y allí que mandaron al Perito Moreno, entre otros, que como hormiguita iba contando cumbres y lagos y marcándolas en el mapa como argentinas. Sería con el Presidente Alessandri (que los chilenos aún recuerdan como el “león de Tarapacá”) cuando Chile empezaría a protestar y a defender su soberanía sobre la zona. Y así empezaron las broncas, que se extendieron durante todo el siglo XX y que llevaron en más de una ocasión a la guerra entre ambos países, como relaté en su día en este mismo blog (AMO autoreferenciarme, jejeje).

El problema fundamental es que en el reparto más o menos aceptado por todos, a Chile le tocó la Patagonia más salvaje y abrupta, mientras que Argentina disfrutaba de kilómetros y kilómetros de llanura. Eso llevó a que la Patagonia argentina tuviera una linda carretera (su famosa ruta 40, que surca todo el país, llega hasta el sur), mientras que a la Patagonia chilena estaba fundamentalmente conectada al mundo a través de Argentina, pues desde el mismo Chile sólo se accedía a ella por avión o barco. Y así se llegó al último tercio del siglo XX, con proyectos de trazado de los gobiernos de Frei y de  Allende, pero nada iniciado. La región de Aysen (que me cuentan es una españolización de la expresión inglesa “ice end/fin del hielo”) era un territorio muy poco poblado, pero sus habitantes eran chilenos apenas, toda su supervivencia pasaba por Argentina, y he leído que incluso las mujeres de los carabineros cruzaban los pasos fronterizos para dar a luz.  En esto llegan las dictaduras al Cono sur, que sí, mucho Plan Condor, pero que en lo que a la Patagonia se refería, mal rollito máximo. No es de extrañar que Pinochet viera claramente que el trazado de una carretera 100% chilena que conectara a esas poblaciones con el resto de su país, era un tema estratégico de defensa nacional (algunos hagiógrafos del dictador comentan que era un proyecto que le obsesionaba desde su juventud), y que encomendara al Ejército la construcción de la misma.

Durante toda la dictadura, miles de jóvenes chilenos cumpliendo el servicio militar obligatorio fueron enviados a construir la Carretera. Una obra faraónica que Pinochet supervisaba en persona, y que se relata con tintes de leyenda, pero que ahora esos soldados rememoran como una verdadera pesadilla: unas condiciones de trabajo espeluznantes, extremas, en régimen de semiesclavitud. Con escasos medios técnicos, a puro pico y pala, en los meses de invierno más fríos, con medidas de seguridad básicas brillando por su ausencia. Así se abrieron camino a través de montañas, lagos, ríos y bosques. Trabajaban por períodos de tres meses ininterrumpidos para lograr un permiso de 10 días, que muchos aprovechaban para desertar y no volver. No he encontrado datos sobre el número de personas que murieron en los 20 años de construcción, pero pinta que tuvieron que ser muchas. Se avanzó expropiando terrenos a los habitantes locales, que leo todavía muchos se quejan de que no se les dio ni de lejos lo prometido.

En 1996, ya en democracia, el Cuerpo Militar de Trabajo entregó la mayor parte del trazado actual, de Puerto Montt a Villa O´Higgins, la ruta Ch-7. Asfaltado sólo en la parte central, el resto sigue estando en ripio, y en condiciones desiguales, que varían cada poco en función del clima. Se supone que debería seguir avanzando hasta Puerto Natales, ya en la región de Magallanes, frontera de la Antártida chilena, pero la geografía lo hace muy complicado, se habla de proyectos que podrían concluir en 2040… La zona además todavía es sencillamente pobre, una pobreza que no he visto en otras partes de Chile, te preguntas de qué vive la gente en medio de una naturaleza tan exuberante y extrema.

Esa es la carretera que he recorrido por algunos tramos en los últimos días, dejando una fuerte impresión en mí. Ha sido un viaje soñado que me planteé como rito de celebración de mi próximo 40 cumpleaños. Voy a relatarlo, sin objetivo alguno de exhaustividad ni rigor histórico, y de hecho invito a todos a corregir los errores que puedan encontrar. Pero nadie podrá corregir la fuerte nostalgia que me ha quedado tras mi semana patagónica. Eso es algo mío.

 

Estimados lectores: con ustedes, la Carretera Austral.

 
la carretera austral 

 

Pedro e Inés, una historia de amor chilena (II)

Vale, nos dejamos a Pedro y a Inés todo ocupados fundando la ciudad de Santiago y decapitando indios. Tras la última incursión de éstos, la ciudad había quedado hecha unos zorros, cuentan las crónicas que sólo quedaban dos chanchos y tres pollos y un puñado de trigo que Inés había guardado. Ella misma, toda hacendosa, se encargó de cultivar el trigo, reservar la cosecha para sacar más y criar a los animales para que se reprodujeran. Mientras tanto, Pedro se dedicaba a conquistar tierras a los araucanos (a treinta años que peleo con diversas naciones de gente e nunca tal tesón he visto en el pelear… relataba él mismo), y fundar nuevas ciudades (La Serena, en honor a su pueblo natal, Valdivia, Concepción…). Luego le escribía al Emperador con las novedades, y en una carta dibuja un entusiasta cuadro de Chile:  

Y para que haga saber a los mercaderes y gentes que se quisieren venir a avecindar, que vengan, porque esta tierra es tal, que para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo. Dígolo porque es muy llana, sanísima, de mucho contento. Tiene cuatro meses de invierno, no más, que en ellos, si no es cuando hace cuarto la luna, que llueve un día o dos, todos los demás hacen tan lindos soles, que no hay para qué llegarse al fuego. El verano es tan templado y corren tan deleitosos aires, que todo el día se puede el hombre andar al sol, que no le es importuno… 

Corría el chiste en Santiago de que la mejor calefacción era la carta de Valdivia, “esa que dice que aquí en invierno no hace frío…” No hay mención a los temblores, quizá porque Zeus (que, insisto, es español) mantuvo quietita la tierra durante las primeras décadas de los españoles por estos pagos, que sólo tuvieron la fortuna de conocer esta entretenida faceta del país en 1570, con un terremoto sencillo que destruyó por completo la ciudad de Concepción.

Pero lo que estaba claro es que la empresa de Pedro en Chile iba viento en popa, y por fin, tras muchas idas y venidas, acusaciones, viajes a Perú, intrigas y conspiraciones, consiguió ser nombrado Gobernador de Chile… en lógica, Inés tendría que haber sido nombrada “gobernadora”, pero eran otros tiempos y de hecho, como fruto de algunas de las inquinas de cortesanos rencorosos con el poder de la pareja, la Iglesia finalmente tomó cartas en el asunto: nadie ignoraba que Inés no era la sirvienta de Pedro, sino que ambos estaban amancebados (me encanta esta palabra), por lo que en un momento determinado, se les exigió que pusieran fin a la situación, y que la esposa legítima de Pedro viajara desde España para instalarse en Chile. Pedro cedió finalmente, y casó a Inés con uno de sus capitanes, Rodrigo de Quiroga. He leído en algún sitio que Pedro obligó a Rodrigo a aceptar una exención de sus derechos conyugales, pero yo no me creo que, tal y como estaba el patio con las autoridades eclesiásticas, pusiera por escrito algo tan contrario a las normas religiosas sobre el matrimonio… sí que me creo en cambio que Pedro le montara a Rodrigo una despedida de soltero en algún “café con piernas” de entonces (nota para los no chilenos: un “café con piernas” es un café típico del centro de Santiago, en el que las camareras llevan minifalda para que los parroquianos puedan verles las piernas al tiempo que se toman un café… sí, como lo leen…) y que en un momento determinado se lo llevara a un aparte y le dijera, oye Rodrigo, guapo, en la noche de bodas, yo te recomiendo vivamente que te vayas a dormir al sofá… y también me creo que Inés se acostara con la espada que usó para decapitar a Quilicanta al lado, por si a Rodrigo le entraba un calentón en mitad de la noche… vamos, que estoy segura de que Pedro e Inés fueron amantes hasta el final.

Porque sí, llegamos al final de esta historia de amor chilena: la muerte de Pedro. Y aquí entra en escena un niño mapuche capturado por los españoles tras una victoria en la Guerra de Arauco: Lautaro. Pedro le tomó cariño y lo hizo su paje personal, lo educó, le enseñó a montar a caballo, a disparar armas, y solía confiarle sus estrategias de combate. Puedo imaginarlo en las largas noches en el campo chileno, contando a ese niño sus planes, confidencias, sueños, proyectos… Lautaro correspondió a estas muestras de confianza y afecto, fugándose y haciéndose proclamar “toqui” de los araucanos, iniciando la ofensiva definitiva contra Pedro. Hay historiadores que resaltan que Lautaro quedó traumatizado tras atestiguar un ataque español contra los araucanos y el modo horrible y cruel con el que castigaron a los prisioneros, pero yo pienso que igual la cosa también pudo ser como Theon Greyjoy criado en Winterfell y rencoroso contra los Starks, que, aunque fueran buenos con él, no dejaban de ser los que lo habían secuestrado y mantenido a modo de rehén en contra de la voluntad de su propia familia. Los niños sacados a la fuerza de su hogar suelen guardar suficientes rencores ya de por sí, sin necesidad de buscar razones añadidas.

El caso es que Lautaro acabó ganándole una batalla definitiva a Pedro (que no la Guerra de Arauco, que se alargó hasta el final de la Colonia española y se mantuvo latente ya con el Chile emancipado), y lo mató. Hay versiones distintas sobre su muerte, se dice que los mapuches le arrancaron el corazón y se lo comieron, pero ahora he conocido a chilenos que me dicen que son historias trasplantadas de los aztecas, que la historia popular tiende a igualar a todos los indios de América, cuando en realidad no se tiene constancia de actos de canibalismo por parte de los mapuches. Pero si es bastante probable que la muerte de Pedro no fuera rápida, sino que tuviera su dosis de tortura previa: los araucanos no estaban precisamente faltos de razones de las que vengarse del líder del ejército de hombrecitos barbudos que habían llegado a echarlos de sus tierras. Pero yo aquí voy a abandonar la corrección objetiva de los buenos historiadores y voy a ser sincera (again!): cuando aprendí esta parte de la historia en el colegio, confieso que toda mi empatía fue hacia Pedro. El responsable de ello es un chileno, Pablo Neruda, que escribió unos versos estremecedores sobre los últimos momentos de Pedro, que se me quedaron grabados:

Pensó en Extremadura pedregosa, en el dorado aceite,
en la cocina, en el jazmín dejado en ultramar.

Reconoció el aullido de Lautaro.

Las ovejas, las duras alquerías,
los muros blancos, la tarde extremeña.

Sobrevino la noche de Lautaro.

Sus capitanes tambaleaban ebrios de sangre,
noche y lluvia hacia el regreso.

Palpitaban las flechas de Lautaro.

De tumbo en tumbo la capitanía
iba retrocediendo desangrada.

Ya se tocaba el pecho de Lautaro.

Valdivia vio venir la luz, la aurora, 
tal vez la vida, el mar.

Era Lautaro.

 
No tengo por tanto mucho interés en indagar cómo fueron los últimos momentos de Pedro, y prefiero no pensar en el dolor de Inés. Veo el Chile actual, en donde es rara la ciudad que no tenga una calle o plaza dedicada a Pedro y son varias las que también recuerdan a Inés… Quizá los chilenos ven en ellos a los dos primeros europeos que creyeron en Chile y en su potencial.

Y yo, que en el fondo soy una romántica incorregible, me quedo con la imagen de Pedro e Inés bajo las estrellas de Atacama. El cielo estrellado de Atacama es el mejor cielo estrellado del mundo, (hay constancia científica de esto, por eso los mejores telescopios están en Atacama), y seguro que ellos fueron de alguna manera conscientes del privilegio de pasear bajo esas estrellas. Los puedo ver, caminando cogidos del brazo, pensando en el largo camino recorrido desde Extremadura, y felices de haber alcanzado, al fin, horizontes de grandeza.

Pedro e Inés: una historia de amor chilena

Esto era una vez un chico llamado Pedro, que conoció a una chica llamada Inés. Se enamoraron al instante, se arrejuntaron, y fueron felices, y conquistaron un nuevo territorio americano para la Corona de España, para lo que atravesaron el desierto más seco del mundo, ahorcaron insurgentes, ganaron batallas con ayuda del Apóstol Santiago, decapitaron indios, se enfrentaron a la Iglesia, y supongo que también comieron perdices. Una historia de amor común y corriente, vamos.

Pedro de Valdivia conoció a Inés Suárez en Cuzco, en torno al 1538, él estaba a las órdenes de Pizarro, y ella había conseguido unos terrenos por ser viuda de un soldado español. Los dos eran extremeños, jóvenes, atractivos y audaces, yo me apuesto que se liaron en seguida, pasando tres pueblos de que Pedro tuviera esposa en España, y a pesar del peso de la religión del momento: América era una burbuja en ebullición, y el océano Atlántico era mucho más grande en aquella época. Por aquel entonces, Pedro había recibido unas minas de plata en el Potosí, en premio a sus servicios, y como dije, Inés también estaba bien establecida, otros se hubieran quedado quietitos explotando sus propiedades, pero ellos estaban hechos de otra pasta, y buscaban más. Pedro, en concreto, se había empecinado en conquistar los territorios al sur del desierto de Atacama, que los indígenas conocían ya como “Chili”… Nadie entendía a Pedro, absolutamente nadie en el Virreinato del Perú veía el más mínimo interés a esta tierra considerada hostil, agreste, sin riquezas conocidas, y que encima se ponía a temblar cada poco. “No había hombre que quisiera venir a esta tierra, de la que como de la pestilencia huían” reconoció el propio Valdivia por carta el Emperador Don Carlos. Pero Valdivia, como buen extremeño terco, insistía en que “Chili” tenía posibilidades de establecer explotaciones agrícolas, y que no estaba enteramente probado que el territorio no contara con riquezas naturales. La realidad era más idealista, lo cierto es que Pedro estaba cansado de ser un encomendador más en Perú, y buscaba hacer Historia con mayúsculas (“Dejar fama y memoria de mí“), y las terribles historias que le llegaban del “tan mal infamado” Chile, no hacían sino animarlo: cuanto más complicada fuera la empresa, más mérito para el emprendedor. Así que Pedro se entrampó hasta las cejas, y consiguió finalmente financiación para su aventura, secundado a muerte por Inés, que vendió sus joyas, y se alistó en el grupo en calidad de sirvienta personal del jefe (aunque pasaran tres pueblos de los convencionalismos, las formas había que guardarlas). Y digo “jefe” porque aunque en principio Pedro iba en calidad de ejecutor de los cómodos inversores que se apoltronaban en Perú, y del propio Pizarro, que controlaba esa zona por mandato del Emperador, lo cierto es que Pedro tenía muy claro que él iba a ser gobernador de lo que conquistase.

Y así fue como 153 hombres llegaron en 1540 al Desierto de Atacama, bajando por la Ruta del Inca. Yo que he estado allí y lo he visto, sólo puedo expresar admiración por una gente que se atravesó ese inmenso secarral andando y a caballo, sin tener mucha idea de lo que les esperaba a cada paso, pues lo único que se encontraban eran cadáveres de hombres y animales. Marchaban despacito, en grupos chiquitos (para así dar tiempo a que las escasísimas fuentes de agua pudieran reponerse).  La fe ciega de Pedro e Inés encontraba resistencias a cada poco entre el grupo (sobre todo cuando todos asumieron que en el Reyno de Chile de entonces, por no haber, no había ni shoppings), resistencias que Inés finiquitaba dando golpes en el suelo para hacer brotar una fuente natural de agua (la actual “Aguada de Doña Inés”, a unos 20 kms del actual pueblo de El Salvador), y Pedro, ahorcando a los que aún no se convencían. Cada uno en su estilo, vamos.

Y así llegaron al actual valle de Copiapó, tierras de las que Pedro tomó posesión “en nombre del Rey de España” ( y no de Pizarro), las bautizó como Nueva Extremadura, en honor a la región natal de él y de Inés. Con todo esto, Pedro ya dejaba muy claro que él era el que llevaba el chiringuito, que Perú estaba muy lejos, y era él quien se había chupado el desierto de Atacama… Siguieron bajando y llegaron al Valle del Río Mapocho.

Era una zona fértil, extensa y con mucha agua, ideal para instalarse. Lo malo es que el valle tenía ya inquilinos, unos indios a los que no les hizo la más mínima gracia que unos tipos bajitos, con barba y mala uva, vinieran a instalarse a su casa, así que Pedro les envió unos regalitos, y se hizo fuerte, por si acaso, en el peñón de la isla natural que en aquel entonces quedaba entre los dos brazos del río Mapocho, llamado Huelén y rebautizado Cerro de Santa Lucía. Los indios se quedaron con los regalos, y luego, sin más contemplaciones, atacaron a los hombrecitos barbudos que montaban sobre animales extraños. La batalla pronto pintó color hormiga para los españoles, que ya estaban a punto de ser derrotados por el Cacique Michimalonco, cuando ¡chachán!… ¡apareció el Apóstol Santiago! Normalmente Santiago se dedicaba a matar moros, pero en aquella época que en España las cosas estaban muy mal, el santo se había visto obligado a reconvertirse laboralmente poniéndose a matar indios. No se le dio mal, las crónicas hablan de unos indios espantados, perseguidos por un jinete descendido de las nubes sobre un caballo blanco, que cabalgó siguiendo el cauce del Mapocho, guiado por la divina Providencia… Y por eso la ciudad que se fundó en torno al Cerro de Santa Lucía, se llama así, porque los españoles eran gente agradecida con las ayudas del Altísimo (que obviamente es español también, por si alguno le cabe alguna duda). Corría el 12 de febrero de 1541.

Entre tanto, a Pizarro lo asesinan en Peru, lo que aprovecha Pedro para terminar de nombrarse Gobernador de Chile. Ya con el cargo, sigue la ruta hacia el sur. Buscando oro, obvio. Incluso con Pizarro muerto, había muchas deudas que pagar esperando en Perú, pero bueno, también es verdad que a los españoles expatriados de la época no había cosa que les alegrara más la vida que un yacimiento de oro. (Ahora somos más modestos, nos conformamos con que el oficial de aduanas nos deje colar un paquete de embutidos y con encontrar un bar en donde hagan una tortilla de patatas decente y se pueda ver el fútbol…). En sus nuevas correrías, los indios, que eran cabroncetes, al darse cuenta de cómo los tipos bajitos barbudos y mala uva perdían la compostura con la simple mención del oro, pues empiezan a marearlos, oye, que el oro que le dábamos al Inca está ahí arriba, no, más abajo, a la izquierda, más abajo, arriba, no, un poco más a la derecha. La reacción fue inmediata: los españoles se pusieron de peor mala uva, y encima empezaron a conspirar entre ellos para ver quién se quedaba con el oro al final. El cacique Michimalonco aprovechó entonces para empezar a reunir a todos los indios de la zona. Entonces, Pedro tuvo una epifanía, y agarró como rehenes a varios caciques (Quilicanta y otros) de alrededores de la (Región Metropolitana) de Santiago. Pero luego metió la pata: se fue de Santiago con la mayoría de los hombres creyendo ir en pos del grueso de los indios. La ciudad quedó desprotegida tras él…

El 11 de septiembre (historiadores, antropólogos, astrólogos o quien sea, deben investigar qué problema tiene Chile con esa fecha), Michimalonco atacó Santiago con un ejército de 8000 hombres, que avanzaron prendiendo fuego todo lo que veían a su paso. Y con esa seguridad ignífuga, se dirigieron hacia donde Quilicanta y los otros caciques estaban encerrados. Y entonces fue cuando Inés, que hasta ese momento había desempeñado el papel de valiente enfermera en batalla, decidió mostrar una nueva faceta de su personalidad. Se fue hacia la celda en donde estaban los rehenes y ordenó a los guardianes que los mataran. Uno de los guardas respondió, aterrorizado, que cómo se suponía que tenía que matarlos.  Desta manera, exclamó Inés, y agarró una espada y los decapitó ella misma. Y luego se plantó en la plaza en donde se desarrollaba la batalla y enfrentó a los indios con un par de cabezas en la mano, al grito de “¡afuera, auncaes!” (traidores)…

Los indios echaron a correr por respuesta. Los historiadores aún no terminan de asumir que esa fuera la razón de la huida de un ejército tan numeroso. Desde aquí les digo a todos esos historiadores: yo me topo con una mala bestia dando alaridos con un par de cabezas en una mano y una espada goteando sangre en la otra, y echo a correr hasta que se me deshicieran los tendones…

Y es que la Inés era mucha Inés.

 (CONTINUARÁ)

Eugenia de Montijo, qué pena pena…

“O sea, que no quieren ni yonquis, ni putas, ni indios, ni rojos, ni maricones…” Catorce personas se atragantan, tosen repetidamente, beben agua y finalmente se me quedan mirando aterrorizados… pobre madrina mía, hay que ver el poco caso que le hago cuando me insiste en que soy demasiado bruta para este continente. En mi descargo, dire que el comentario no iba dirigido a las catorce personas en cuestión, sino a mi colega portuguesa, que estaba sentada a mi lado (y que es divertida y divina como mi añorada Raquel). Y que las catorce personas en cuestión no eran latinoamericanas, sino europeas. Los representantes culturales de los países UE presentes en el país, reunidos para concretar los últimos detalles del Festival de Cine Europeo. Las organizadoras nos comentaban que desde alguna de las sedes, vinculada a una universidad católica, les habían dejado caer que preferían no emitir películas con “temática conflictiva”. Y alguno preguntó que qué era “temática conflictiva”, y ahí es cuando yo hice mi comentario a mi colega portuguesa. No es mi culpa que en ese momento todos decidieran quedarse calladitos, de forma que mi comentario se escuchó claro y sonoro en toda la sala. Si le pasó a Mujica también me puede pasar a mí, digo yo… “Disculpad mi francés” dije, y entonces fue mi colega galo el que me lanzo una mirada acusadora…

Mis colegas franceses me acusan de ser francófoba. A mí me parece exagerado, vale que no haya cosa que me ponga de mejor humor que repasar detalles de la batalla de San Quintin, pero no me parece que eso conlleve automáticamente la etiqueta de francófoba… en cierto modo, lo mío es un determinismo onomástico-geográfico. Vamos, que es lo que tiene llamarse MªEugenia y ser de Granada.

Explicación histórica para aquellos que no han pillado la referencia: yo comparto nombre y lugar de nacimiento con la ilustre MªEugenia de Montijo, granadina que llegó a ser Reina de Francia pues se casó con Napoleón III. Invito a los lectores a revisar detalles reales de su historia, se dice que fue una mujer inteligente, que influyó en importantes reformas de la Francia de su tiempo, que además tuvo una juventud loca, y que fue por eso que conoció a Napoleón III, al que también le iba la farra, y que se casó con él, no tanto por ser reina, sino por fastidiar a su hermana, que se acababa de casar con el Duque de Alba. A mí me gusta esa Eugenia juerguista que se engancha a un emperador para ser más que la Duquesa de Alba, pero  no es esa la Eugenia de la imaginería popular con la que yo he crecido…

MªEugenia nació en Granada, la leyenda asegura que en un verano de intensos temblores, que obligó a la gente a dormir en la calle muchas veces, así que en la calle nació, sellando su destino errante. En “Violetas imperiales” vemos a una chica predestinada por la profecía de una gitana (Carmen Sevilla, bien évidemment) que lee en su mano que va a ser reina. Tras una conversación con Prospero de Merimée, en la que se comenta de pasada que Napoleón III ya es rey y aún soltero, se va de vacaciones a París con su madre y su primo (Luis Mariano, bien évidemment). Allí va a un baile de la corte y el Emperador se queda embelesado, tras verla poner firme a una francesita impertinente que la había insultado por ser española. Como la película es una coproducción hispano-francesa, Napoleón III queda bien retratado, un hombre de bien que en seguida habla con la madre de Eugenia para pedirle su mano, pero la imaginería española es mucho más radical, asumiendo que un politico republicano a fuerza debe de ser un lujurioso pecador (no, no voy a hacer chistes de Strauss Kahn en el Sofitel de Nueva York…). Cuántas veces he escuchado el relato de esa MªEugenia señalando majestuosa a la torre de la iglesia en respuesta a las demandas carnales prematrimoniales del francés: “sans passer par là, rien de rien…” Y de hecho yo creo que la firme decencia inquebrantable con la que la gitana Violeta/Carmen Sevilla se resiste a los requiebros coquetos de Luis Mariano, están inspirados en esa imagen…

Pero la película en cambio es 100% acorde con la idea generalizada en España sobre Eugenia… a ver, la tipa se engancha al rey de un imperio que por entonces se atrevía a tocarle las narices a los EEUU en América Latina (que les saliera mal, no les quita el merito), y cuando el emperador en cuestión cayó, ella no se lo terminó de montar mal, murió anciana toda tranquilita en Bayona… en fin, en la carrera de echarse un buen novio, Eugenia se nos licenció con honores, lo normal sería que se la considerara una triunfadora…

Pues no. Los españoles sienten lástima por Eugenia. Pobrecita… ¡Si se fue de Granada, qué necesidad, a ver, con lo a gusto que se está en Granada! Así se lo hacía ver la madre de Eugenia en la película al compositor Merimée: “¡Se va a París, con el frío que hace…! Su Carmen se le va a helar…” Y luego Luis Mariano le canta a Carmen Sevilla (que viaja a París acompañando a la ya Emperatriz Eugenia), “Piensa que en esta corte francesa, eres más que gitana princesa… vuelve a tu rincón de la Alhambra, donde copia la luna tus zambras, Violeta de España, tú en tierra extraña…” Y como nuestra Carmen se nos muere de nostalgia en París, al final la reina la deja volver, y solo en la Alhambra consigue Luis Mariano que acepte ser su esposa. Y se casan en la catedral de Granada, bien évidemment, qué Notre Dame ni qué ocho cuartos…

Y fuera de la pantalla del cine, a mi tocaya le quedan esas coplas de Concha Piquer, que dejan clara la inmensa compasión con que el español la mira, y que yo tantas veces he escuchado…

Eugenia de Montijo, qué pena, pena… Que dejas a tu España, para ser reina…

Y ahí está todo dicho. Ni para ser reina está justificado que una granadina abandone España. Yo es que no entiendo como los españoles hicimos las Américas y fuimos los primeros en dar la vuelta al mundo…

Por la lises de Francia, Granada dejas…

Ea, mira que preferir a una florecilla de lis a una buena granada… aunque ahí podíamos pensar que la canción compara al trajín de la corte francesa con la tranquilidad granadina. Vamos a concederle esa posibilidad al compositor, aunque en la siguiente estrofa, el tipo definitivamente entra en barrena y se le va la olla…

Y las aguas del Darro, por las del Sena…

¡Si al menos hubiera dicho el Guadalquivir! Y si no le cabía en el verso, que se hubiera permitido la licencia geográfica y hubiera dicho el Tajo o el Ebro. Pero no, así, tajante y claro, la copla popular iguala sin empacho un riachuelo de aguas residuales con uno de los principales ríos de Europa, de fama universal. Con un par. Orgullo hispano y popular, que no se diga.

Eugenia de Montijo, qué pena pena…

(Dedico esta entrada a mi amiga Nathalie, divina, simpatica, atenta, y francesa)